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La ley nunca acabará con las novatadas: el abuso está en nuestro ADN

Logotipo de El Mundo El Mundo 25/09/2017 Christopher Kavanagh

En el otoño de 1900, a Oscar Booz, estudiante de la academia militar de West Point de 17 años, sus compañeros cadetes le hicieron una novatada. Lo forzaron a tragar tabasco tres veces y a boxear con un

estudiante

corpulento que le propinó una tremenda paliza. Tras la pelea, enfermó, volvió a casa, y murió.

El episodio se convirtió en un escándalo nacional, sobre todo cuando el Congreso decidió iniciar una investigación al respecto. Al final, la cámara estimó que West Point no era responsable de la muerte de Booz, pero fue muy dura en su informe sobre la academia. El congresista Edmund Driggs denunció: «La novatada fue atroz, de gran bajeza, detestable, vergonzosa, deshonrosa, odiosa, ignominiosa, dañina, nefasta, indignante, escandalosa, vil y retorcida». Fue un capítulo bochornoso para West Point, y figuras militares de renombre pidieron acabar sin miramientos con la cultura de las novatadas. No se logró. En 2015 una pelea de almohadas organizada por estudiantes veteranos provocó que 30 novatos resultaran heridos. Pudo ser así porque en varias almohadas se escondieron objetos pesados. Veinticuatro cadetes sufrieron conmoción cerebral.

Las novatadas o ragging son abusos ritualizados y humillaciones a las que se somete a los recién llegados a un grupo, a menudo como ceremonia de iniciación. El antropólogo Aldo Cimino, de la Universidad del Estado de California en Santa Bárbara, explica que sus principales características es que son coercitivas, temporales y raramente se repiten. Además son unidireccionales: los coaccionados son siempre los novatos.

Estas prácticas no se circunscriben a determinadas clases sociales: se dan tanto en privilegiados clubes de escuelas de élite como en las más pobres bandas callejeras. Tampoco son propias de una sola cultura. Desde los clubes alemanes de esgrima a las tribus de Papúa Nueva Guinea llevan a cabo intensos rituales de novatadas. Quizás lo que más llama la atención de estas prácticas es que siguen siendo tremendamente populares y perduran a pesar de los esfuerzos oficiales por prohibirlas y erradicarlas.

En EEUU hay numerosos ejemplos de programas y organizaciones antinovatadas. Los medios de comunicación se ocupan de estos casos y 44 de los 50 estados del país han aprobado leyes anti ragging. Aun así, investigaciones al respecto señalan que entre un 10% y un 20% de los estudiantes han sufrido algún tipo de novatada, porcentaje que aumenta hasta el 50% en asociaciones deportivas. Yo mismo realicé una encuesta entre más de 700 practicantes del arte marcial jiu-jitsu, el 53% de los cuales afirmaba que entre las actividades para subir de nivel se contaban retos como propinarse latigazos en la espalda con cinturones los unos a los otros.

© Proporcionado por elmundo.es

¿Qué tienen de atractivo novatadas tan desagradables que hacen que algunas personas se arriesguen a penas legales, lesiones o incluso la muerte por mantenerlas vivas? La disonancia cognitiva es un concepto teórico introducido por el psicólogo social Leon Festinger en 1962, según el cual las personas sienten compulsión por mantener la armonía en sus creencias, actitudes y acciones. El ejemplo más clásico para ilustrarlo es el experimento firmado por los psicólogos Elliot Aronson y Judson Mills en 1959. En él, los participantes tenían que pasar por situaciones incómodas en diferente grado para acceder a un grupo de debate. El experimento tenía tres niveles: alto, medio, y control. En el alto, a los participantes se le pedía que leyeran 12 palabras obscenas al resto, así como dos descripciones sexuales explícitas. En el nivel medio, leían cinco palabras de cariz sexual que no eran tan obscenas, y, finalmente, en el de control, no se requería prueba de iniciación para acceder al grupo.

Superadas las pruebas, los participantes escuchaban una conversación grabada relacionada con la psicología del sexo que Aronson y Mills habían diseñado para que fuera «lo más inútil y aburrido que uno pueda imaginar». Los participantes tenían que valorar entonces cuánto les había gustado el debate consiguiente y los otros participantes según diferentes escalas. Los resultados demostraron que quienes habían pasado por ceremonias de iniciación más duras mostraban mucho más agrado hacia el contenido de la discusión y del grupo. Los investigadores concluyeron que los participantes del nivel más alto buscaban reducir la disonancia producida por tener que realizar una prueba dolorosa sólo para entrar en un grupo de lo más aburrido exacerbando su valoración retrospectiva de dicho grupo. Esta disonancia explicaría por qué la gente mantiene una percepción positiva de los grupos que los acosan con novatadas.

Una explicación alternativa, respaldada por el antropólogo cognitivo Harvey Whitehouse de la Universidad de Oxford, es que soportar experiencias colectivas dolorosas crea un recuerdo compartido que sirve como pegamento social, uniendo a sus miembros. Esta argumentación también ha sido respaldada por experimentos psicológicos tales como los estudios de Brock Bastian, de la Universidad de Nueva Gales del Sur (Australia), y colegas que han demostrado recientemente que las personas que pasan por situaciones traumáticas de manera colectiva (por ejemplo, tener que comer cayena, o sumergir las manos en agua helada) muestran vínculos más fuertes y mayor generosidad hacia miembros del mismo grupo que aquellos cuyas experiencias de iniciación fueron comparativamente más moderadas.

La teoría de Cimino de la acumulación automática sugiere que las novatadas representan una solución a un problema adaptativo recurrente de nuestra especie durante su historia evolutiva: cómo valorar acertadamente las intenciones y la calidad de nuevos miembros. Habitualmente, con el paso del tiempo, las coaliciones pueden llegar a acumular importantes recursos como propiedades y estatus. Surge entonces la pregunta de cómo prevenir que vividores que no aportan se aprovechen de estos recursos.

Las novatadas tienen una larga historia y son universales, lo cual les permite perdurar y hará que probablemente nunca se lleguen a erradicar. Aun así, se hace imperativo que asociaciones deportivas modernas, hermandades universitarias, etc. intenten combatir estas prácticas y sus peligrosas consecuencias, incluyendo celebraciones eufóricas. Ojalá Oscar Booz hubiera podido entrar de otra manera en ese grupo de West Point que tanto admiraba.

*Christopher Kavanagh es doctor en Antropología Cognitiva por la Universidad de Oxford. Estudia el comportamiento ritual y los efectos vinculantes de la disforia compartida. Publicado originalmente en

Aeon Media

. Síguelo en Twitter:

@aeonmag

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