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La leyenda de Dani Rovira

EL PAÍS EL PAÍS 18/05/2014 Patricia Ortega Dolz
© Dani Riera

No se lleven a engaño. Por mucho desparpajo que gaste, Dani Rovira, el actor español del momento, está un poco muerto de miedo: “Yo no he cambiado, es el mundo el que ha cambiado con respecto a mí”. Padece cierta “psicosis”. Lo peor no son los paparazzis que hacen guardia a la puerta de su casa de Madrid y de los que le da cuenta cada mañana el portero de su finca, sino los millones de smart­phones que le rodean. Mira con cierto recelo los móviles que hay a su alrededor: en el gimnasio, en la calle, en la playa… “El otro día me subí en un avión de vuelta de Ibiza y saltaron 15 o 20 flases mientras llegaba a mi asiento, me siento un poquito como Copito de Nieve”, cuenta. “No es que me importe, yo soy un tío muy normal y no me van a pillar en un renuncio, pero se me hace muy raro”. Efectivamente, este malagueño de 33 años que dice tener “cara de caricatura” es un tipo de apariencia normal, natural, espontáneo, simpático, gracioso (sin pasarse), hablador pero prudente, de esos que busca maneras de decir que no sin decir “no” cuando, por ejemplo, en una sesión de fotos una estilista le quiere poner un jersey sobre los hombros al estilo de un señorito andaluz: “Yo soy más abertxandal; de sota, caballo y rey, vaqueros y camiseta lisa, y cuando me sobra el jersey me lo pongo así”. Lo estira, lo dobla un poco y se lo cuelga sobre un solo hombro. Ahí está: “El pardillo con carisma”, que siempre fue y que dice ser.

Sumido en una suerte de extrañamiento, siendo él mismo para él y otro para los otros, cruza la frontera de la fama. En su vida siempre habrá un antes y un después de Ocho apellidos vascos, su primera película, su primer papel protagonista en la gran pantalla. Una comedia romántica dirigida por Emilio Martínez Lázaro que ironiza sobre los tópicos del norte y del sur de España a través de una historia de amor entre un sevillano y una vasca, y que se ha convertido en un acontecimiento cinematográfico. Ha llenado las salas de todo el país con 7,5 millones de espectadores y ha superado a –valga el juego de palabras– Lo imposible, hasta entonces la más taquillera de España. Más aún –pese a que Dani Rovira no haya jugado nunca al tenis y tuviera una habitación de adolescente forrada con pósteres de Paco Buyo–, ha conseguido que Rafa Nadal e Iker Casillas se “peleen” por echar una pachanga con él en la Caja Mágica de Madrid durante la celebración del Charity Day el pasado 2 de mayo.

“¿Qué ha pasado?”, se pregunta todo el mundo. “¿A qué se debe ese éxito desmesurado en un tiempo en el que el cine parecía estar de capa caída?”. Hay quien, como su amigo y director teatral Rojo (Miguel Rojo), dice que Dani Rovira tiene “estrella”. Quien, como Yolanda Serrano y Eva Leira, las directoras de casting que lo propulsaron para dar el salto a la pantalla grande, hablan de que tiene “mucho corazón y que por eso conecta con el público”. Y quien, como Iñaki Urrutia, amigo y compañero de profesión, le atribuye “un halo, un factor X, una magia que hace que la gente le adore”. Lo cierto es que ni él mismo lo sabe. Veamos...…

–¿Qué tal?

–Uy, esa pregunta tiene muchas respuestas –bromea.

–Con una podría bastar.

–Pues ya ves, aquí.

Así arranca una conversación en la que Dani Rovira se desnudará –piernas y trasero de atleta– y se vestirá cinco veces con atuendos distintos. Y hablará de su infancia feliz, de su primer amor y de algunas locuras de los últimos. De los kilómetros de carreteras secundarias que lleva a sus espaldas. De días y noches de soledad y ovación. De sus proyectos y de sus miedos. De sus errores y de sus aciertos. Del antes y el después del “boom”.

Antes de ser Rafa haciéndose pasar por Antxo Gabilondo Urdangarin Zubizarreta Arguiñano Igartiburu Erentxun Otegi y Clemente en la ficción, Dani Rovira, crecido a los pechos de la Paramount Comedy, era un actor que interpretaba a un periodista becario en la serie de Telecinco B&B, de boca en boca y un monologuista que le hacía cantos a la valentía en su función¿Quieres salir conmigo?, con la que por cierto volverá a estar en el Teatro Compact Gran Vía de Madrid entre el 22 de mayo y el 2 de junio con 10 últimas funciones. “Es un canto a la valentía porque habla de ese momento en el que te gusta una chica y tienes que tener el coraje de pedirle de salir de manera oficial, porque si no no es oficial y te la pueden levantar en cualquier momento”. Con este hombre, tonterías las justas: “Había algunos que ensayaban una segunda opción muy rastrera que era: ‘¿Y de rollo?’, ¡pero eso qué mierda es!”.

Él, hijo de “madre coraje” y padre obrero pluriempleado (“camionero, quiosquero, segurata, vendedor de coches…”), segundo de cuatro hermanos y curtido entre los portales y las puertas de la barriada de La Paz de Málaga. Él, que hizo la comunión vestido de marinerito. Él, que llevó zapatos ortopédicos hasta los 13 años porque tenía los pies zambos. Él, que siempre era “el amigo de las chicas” y al que siempre le pedían como portero porque era malo al fútbol. Él… no le pidió salir a una chica hasta los 18 años: “Fui un poco tardío”.

Apasionado. Lo dejó todo, se fue a Argentina por amor y regresó por desamor. “Aprendí a no cambiar mi camino por nadie, cada uno debe ser el protagonista de su vida”. Dejó a una novia en Oporto y se la encontró de vecina en Granada dos años más tarde cuando “habían cambiado las tornas”. Reconoce que, como ocurre en la película, las mayores locuras las ha hecho por amor. Ahora, a la espera de empezar a rodar en el próximo mes de abril la segunda parte de Ocho apellidos vascos, está escribiendo su próxima función que se estrenará en diciembre y que, adivinen, versará sobre el miedo.

Pero antes aún de llenar los teatros de Barcelona y Madrid con esos cuentos de ligoteo juvenil, Dani Rovira era una especie de cómico trotamundos con piso de estudiante de INEF (Universidad de Ciencias de la Actividad Física y el Deporte) en la ciudad de la Alhambra y el aspecto de un perroflauta de libro –rasta incluida–. Recorría los pueblos y las ciudades de España con un Peugeot 306 primero, con un 206 después y luego con un Citroën Picasso al que le hizo 120.000 kilómetros en dos años de local en local, de bolo en bolo. Así se curtió: “Todas las tablas me las han dado esos bares: yo era mi agente, mi roadmanager, el que se subía al escenario… Me han tirado servilleteros, he actuado para dos personas, me han puesto de sustituto de otro artista sin avisar, me han suspendido sin avisar”. Vamos, que él se lo guisaba y se lo comía todo, aunque habitualmente tenga la nevera vacía y solo le salgan bien las lentejas –“ligeritas: con su morcilla, chorizo picante y costillas”– y la pasta, en las diferentes versiones que aprendió compartiendo piso con dos italianos durante su beca Erasmus en el último año de carrera. Pidió ir a Tallín (Estonia) –“quería irme lo más lejos posible, por vivir una experiencia”–, pero la nota no le dio más que para llegar a Oporto.

–¿Una palabra en portugués?

Saudades.

Responde al vuelo con ese término que no tiene una traducción exacta en español y que vendría a ser algo así como “morriña”, “añoranza”. Se considera muy afortunado porque, como proclamó cuando fue pregonero de la Feria de Málaga en 2012, vive echando de menos muchas cosas y a muchas personas. “Al contrario de lo que dice la gente, a mí me faltan dedos de las manos para contar los buenos amigos que tengo”. Es difícil encontrar a alguien que hable mal (o regular) de Er Rovi, como le conocen en su entorno cercano. A lo máximo que llegan es a decir que es “un poco cabezón”. Pero quien ha trabajado o convivido con él destaca su “humildad”, “honestidad” y, sobre todo, su “lealtad” y su “coherencia”. La misma que usó en un ramalazo de compromiso social para dirigirse por Twitter a Esperanza Aguirre: “¿Me va a decir usted lo que yo siento por España?”, le espetó en 48 caracteres a la expresidenta de la Comunidad de Madrid al hilo del pregón que leyó la lideresa en la Feria de Abril de Sevilla, en el que hablaba de que “los españoles que quieren dejar de serlo” luchan contra la Fiesta Nacional y que los “antitaurinos” son esencialmente “antiespañoles”. A Dani Rovira no le gustan los toros, pero le encanta España.

“Soy un animalista incoherente porque como carne y porque es muy difícil ser coherente todo el rato: adoro a los animales, pero veo una cucaracha y la piso, digamos que soy un especista, amo algunas especies”. Sus actuales compañeros de piso son Carapapa, un perrito carlino negro que responde a su nombre a la perfección –“un cruce entre una pantera y un hámster”–. Y Buyo, “un porterazo”, una especie de labrador color canela recogido de la sociedad protectora de la que es padrino.

Por un tiempo, allá por 2006, cuando aún vivía en el Realejo de Granada, también compartía su piso a ratos con su amigo Rojo, que todavía recuerda una tripotera histórica de pollo asado con patatas –“un pollo y medio”– que se dieron un buen día caluroso de verano: “Pa habernos matao”. A Rovi, “aunque ahora venda esa imagen de runner, yo le he visto comer como un gorrino, no perdona un postre, le gusta comer mucho y bien”, ratifica Iñaki Urrutia, con quien, aparte de ir a ver todas las películas de superhéroes de la cartelera –bolsa de palomitas en mano–, se fue a ver hace unas semanas Ocho apellidos vascos en sesión nocturna y en la última fila del cine. “Yo no la había visto aún y fue muy gracioso verla con audiocomentarios del actor principal, me reí mucho”, comenta Urrutia. “Rovi está muy bien, pero el mejor es Karra Elejalde”. Ahí queda eso. O “ahí ha dejado el listón, el que quiera que baje a por él”, que dice Rojo.

Durante sus añosen Granada, este corredor habitual de Madrid Río licenciado en ciencias del deporte, organizó maratones, sí, pero de cuentacuentos. Y ligas, también, pero de improvisación. En realidad ese es un poco el germen de todo. Se fue de casa para estudiar en la ciudad andaluza después de haber sido animador sociocultural y monitor de campamento voluntario. Se puso el traje de perroflauta característico y comenzó a contar cuentos en las calles de las teterías granaínas. Aprendió la técnica –“línea-risa-línea-risa-línea-risa”– de la stand-up comedy (comedia en vivo) de la mano del argentino Osqui Guzmán. Recorrió miles de kilómetros interpretando sus monólogos y sus cuentos. Luego grabó una cinta de vídeo con uno de ellos y la mandó a la Paramount. Le llamó Ángel Martín, entonces coordinador de cómicos, y se plantó en Madrid camino del estrellato en 2008 hasta que un día llegó a sus manos un guion para una película titulado Perdiendo el Norte (el título original de Ocho apellidos vascos). Así de fácil o de difícil, como el nudo de una corbata:

– Te la dejo sin hacer y te la terminas tú, le dice la estilista levantándole el cuello de la camisa.

– La última vez que me dijeron eso fue una putada, responde provocando la carcajada.

Ahora, con la fama a cuestas, dice ser un Dani Rovira “mucho más inseguro y miedoso que antes”. Pero añade: “Eso sí, me subo a un escenario y mandan mis cojones”. Las peticiones se acumulan en su agencia, la Promotora 600’ns. Todos le quieren: “De invitado, de colaborador, para funciones de teatro…”, comenta Santi Fernández, su sombra y su representante, que se fue con él en solitario después de haberlo fichado para el Club de la Comedia “por su naturalidad y porque me moría de risa”.

Dani Rovira nunca fue bueno en matemáticas –“en cuanto empezó a haber más letras que números no pasé del cero”–, y en sus cálculos no entraba ser un ultrafamoso tipo normal de la noche a la mañana y salir en bañador con fotos robadas para las portadas de las revistas del corazón. Las que sí parecen sumar, restar y dividir bien y vieron claro su potencial fueron Yolanda Serrano y Eva Leira, responsables de otros exitosos castings como el de Celda 211 o el de Primos. “Son muy arriesgadas y muy hippies, no tienen prejuicios, salen a la calle a buscar, son unas visionarias muy valientes”, dice Rovira.

Le descubrió Leira por casualidad: “Mi hijo Rómulo de 12 años era fan de él y su abuelo iba a llevarlo al teatro pero se puso malo, así que fui yo con el niño. Cuando le vi sobre el escenario, cómo transmitía, no tuve ninguna duda de que teníamos que trabajar con él”. Días más tarde, toda la cúpula de Telecinco –patrocinadores de la película– y de la productora La Zona tomaban sus asientos en el patio de butacas y lo confirmaban: habían encontrado a Rafa.

Luego tuvo que desdoblarse para ser a ratos vasco y a ratos andaluz. Y vinieron las clases de acento euskaldún –el otro le viene de fábrica–. Las grabaciones de voz en el iPhone y las repeticiones de las frases en casa hasta que podía pasar por Antxon, ese joven de Zarautz o de Guetaria que finge ser el novio de Amaia –la actriz Clara Lago en la ficción–. Y con kilos de gomina sobre esos pelos largos bien estirados para atrás, luciendo caracolillos sobre la nuca, se convertía en Rafa, un sevillano de pro, con su gracejo, su polito rosa, su jersey por los hombros, sus mocasines/náuticos sin calcetines y su banda sonora de Los del Río y todo.

De esa guisa alcanzó la gloria en la ficción. En la realidad se trata de un malagueño “mu sentío”, con miedo a perderse por los derroteros del éxito, que si tuviera que escribir un libro lo titularía Soledad y ovación, en honor a la “coraza de independencia” fabricada en esos días y noches de hoteles de tercera y pensiones de pueblo como cómico viajante solitario. Un buen tipo con pinta de buen tipo, al que de vez en cuando se le ve un poco el plumero de perroflauta y se le dispara un discursito de paz y amor: “Me gustan las buenas noticias, las que no venden, el telediario me resulta agresivo, por eso leo el periódico y me dosifico la información sin que me la metan a empujones”. Por algo hizo también sus pinitos en el programa de información en clave de sátira Estas no son las noticias de Cuatro.

Y hasta aquí la leyenda de Er Rovi que, si le pides que te cuente o que siga con un cuento, arranca potente: “Total, que me la follé…”

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