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La melodía de los dos escritores

El Mundo El Mundo 05/06/2014 JUAN BONILLA

La prosa de Banville. 200 palabras al día. El mismo confesó que cuando es Banville no puede adelantar más, ésa es su velocidad máxima y fue una de las razones para crear otro escritor, Benjamin Black, con cuya máscara puede alcanzar las 2.000 palabras de velocidad diaria. No tiene por qué decir nada de un escritor el número de palabras que sea capaz de escribir en una jornada de trabajo, estamos de acuerdo en eso, pero es indicativo de una de las características de Banville: la precisión, el mimo, la necesidad de que la prosa sea música con independencia de qué melodía van a ensayar sus instrumentos. Cuando Banville es Banville escribe a mano, con pluma, en unos cuadernos artesanales que le confecciona un amigo. Cuando es Black escribe directamente en la computadora. Cuando es Banville no hay apenas diálogos en sus novelas y se solaza en las descripciones y en los detalles. Cuando es Black sus novelas se llenan de diálogos y mala leche (que no falta, por cierto, en algunas novelas de Banville, por ejemplo en las andanadas que le suelta a la Iglesia -muy poderosa en Irlanda-, son memorables y una de las razones por las que se decidiera a homenajear a los científicos Kepler, Copérnico y Newton).

La melodía, por supuesto, es muy importante, de ahí que uno, entre las novelas que ha leído de Banville, prefiera aquellas en las que la sustancia narrativa va cargada de una ambición pedagógica, una ambición que tantas veces -por la propia comercialiciación del género- se minusvalora en las novelas históricas. Las de Banville son espléndidas. Su trilogía de los científicos -que leyó uno fascinado allá a comienzos de los 90 en las ediciones en tapa dura de Edhasa- son deliciosos ejemplos de cómo hacer novela histórica con prosa precisa e información preciosa: de esos libros que devuelven a la adolescencia, cuando uno leía sin tener a la historia de la Literatura agujereándole el placer de leer. Cargada de un lirismo que casi nunca es meloso -de vez en cuando hay que reconocer que se le va la mano, como en la que es considerada su obra maestra, El mar, una convincente exaltación del arte de recordar y echar de menos que en algunos momentos llega a ser un poco pegajosa-, Banville no se encarcela en su propio estilo, es decir: su estilo no es un fin en sí mismo, sino un vehículo para llegar a alguna parte. Se ve bien en Kepler, en Doctor Copérnico o en la muy fascinante Libro de las pruebas. Su condición de poeta de la prosa, no le impide ser un narrador eficaz.

Precisamente su estilo detallista, a veces recargado, siempre lírico, es medida de cuándo acierta y cuándo no, siendo siempre el mismo: tomemos una novela como Eclipse, en la que un actor enmudece y necesita encerrarse en la vieja casa familiar para reencontrarse: la presencia del estilo Banville es tan aplastante, que nos parece estar sólo ante eso, un gran ejercicio de estilo donde la emoción se diluye. Se acaba la novela con algo de fatiga, como cuando se escucha unas melodías dulzonas y apacibles durante demasiadas horas.

Tomemos ahora El mar, en la que un historiador, tras la muerte de su esposa, necesita retirarse al pueblo de sus veranos infantiles y poner en marcha la máquina de recordar, para salvarse: ahí la sustancia narrativa es tan poderosa que doma al estilo en que viene expresada, y el resultado es una honda y emocionante reflexión sobre el arte de perder, que como decía Elizabeth Bishop, es fácil dominarlo: tantas cosas parecen querer que las perdamos, que perder unas cuentas no puede ser tan malo.

Comparadas ambas obras -con ese aliciente de encontrarse personajes banvillianos, que necesitan encerrarse y hacer introspección, apnea, a sabiendas de que las aguas en las que van a meterse son imaginarias, porque el pasado es imposible de reconstruir- nos situamos ante la potencia y el riesgo más evidentes de Banville: la magia y el truco. Por fortuna, a los escritores hay que juzgarlos por sus obras mejores, aunque sean las peores aquellas que mejor nos muestren cómo están confeccionadas sus obras maestras, las que nos permiten ver los andamios que se han utilizado para el diseño y construcción de una catedral.

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