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La mirada iluminada de los gigantes

Logotipo de El Mundo El Mundo 25/09/2017 LUIS MARTÍNEZ
© Proporcionado por elmundo.es

Al monstruo, antes que nada, le define su visibilidad, su claridad, su presencia. Aparece una criatura extraña y ya no se puede ver nada más. Si hacemos caso a ese viejo precepto que dice que amar es antes que nada ver, reconocer; nada tan entrañable y querido como un monstruo. Odiar, en consecuencia, consistiría en lo contrario, en ocultar, en negar la existencia. De todo esto habla Handia, la película de Aitor Arregui y Jon Garaño a la vez fantástica, alegórica y profundamente poética. Además de, a su manera, política.

Situémonos, estamos en el fragor convulso del siglo XIX. Tras haber combatido con los carlistas, Martín (Joseba Usabiaga) regresa a su caserío familiar para ser testigo de un raro prodigio: su hermano Joaquín (Eneko Sagardoy) es todo un gigante, una criatura extraña que no ha parado de crecer y, por tanto, monstruosa. Lo que sigue es la historia, basada en el episodio a la vez real y legendario del gigante de Altzo, de un hombre entregado al esforzado ejercicio de ser reconocido. Primero será admirado, como la maravilla que es; luego quizá despreciado, como la amenaza que representa a eso que el tiempo ha dado en llamar decencia, normalidad tal vez.

Los directores (uno de ellos corresponsable de Loreak) confeccionan así una película itinerante que recorre Europa entera desde lo más profundo de un pueblo perdido. En realidad, la cinta pasea casi a tientas por un espacio misterioso, casi sagrado. Se habla de siglos pasados, pero se apela a la memoria colectiva de una leyenda forzosamente milenaria. Y compartida por todos. La cámara se limita a levantar acta de su propia extrañeza y lo hace de forma tan detallada y precisa como sonámbula. Brillante sin duda.

Si se quiere, la cinta tiene mucho de mitología de un pueblo entero. Las metáforas están para eso. No es difícil trazar líneas, tal vez demasiado obvias, entre la rareza descomunal de un hombre que habla una lengua necesariamente distinta y Euskadi entera. Pero eso sólo si se está por la labor. Lo que cuenta es lo otro. Y eso otro discurre precisamente por la piel de un relato que se sabe fábula. El gigante no sólo exhibe su tamaño inabarcable por las ferias del mundo, también hace visible su propia leyenda y, ya puestos, su deseo de ser aceptado, de ser reconocido, de ser, finalmente, amado. Y es ahí donde Handia crece ante la mirada del espectador como un cuento iluminado que es a la vez relato fiel de una historia del pasado y leyenda de todos los tiempos posibles.

Bien es cierto que la película, por momentos, cae enamorada de su propio ritmo sin tiempo, sin espacio ni lugar. Todo discurre de hecho en ella lejos de cualquier atisbo de emotividad, demasiado pendiente de cada detalle y de su propio lirismo. Ensimismada, quizá cansada. Sea como sea, queda una historia de monstruos, de colosos, de gigantes; queda la puntual descripción de la necesidad más íntima de la mirada. Ver no tanto para creer sino para reconocer, para amar. Y, en medio, un monstruo.

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