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La moda Zagajewski

Logotipo de El Mundo El Mundo 28/09/2017 LUIS ANTONIO DE VILLENA

No sé si es dable hablar de modas poéticas o literarias (algo más de estas últimas) pero en el minoritario nivel que se quiera, el polaco Adam Zagajewski -72 años- es hoy un poeta y ensayista de moda. Y fue un logro del fallecido editor de Acantilado adelantarse a traducirlo o editarlo. Ahora rema a su favor el premio Princesa de Asturias y también el que sea un autor cuyo nombre figura en las listas del Nobel desde 2007, claramente.

Zagajewski nació en Lwów (en español sería Leópolis) que ahora ya no es Polonia sino Ucrania, por la fragilidad de las fronteras centroeuropeas tanto tiempo. Estudió y se inició en Polonia -todavía comunista- hasta que en 1976 se marchó a dar clases en Houston por disidencia política. Y ya en 1982 se marchó de una Polonia cuyo régimen político no soportaba, y fue a París detrás de una mujer, pero la disidencia política es clara. Luego anduvo mucho más tiempo por EEUU (Chicago) o por Berlín. No volvió a vivir a Cracovia sino en 2002. Suele decirse -con harta razón- que el exilio es de entrada un mal. Pero yo creo que a Zagajewski le hizo bien porque conoció de cerca a otros autores y otras escrituras y ello sin duda le ayudó a su talante claramente cosmopolita en todo.

Este año Zagajewski tiene ya un sonado éxito en español, un librito muy lúcido sobre el que muchos escribimos, Releer a Rilke, donde consigue en un ensayo refinado y agudo que un gran poeta como fue Rainer Maria -en apariencia lejos de este presente tan gris- nos cautive de nuevo. No con mera erudición, sino con el análisis de un poeta sobre el minucioso quehacer de otro. Ahora, junto a varias reediciones, aparece también en Acantilado Asimetría, hasta donde sé su último libro de poemas editado. Zagajewski en estos poemas (muchos bellos y conmovedores) logra algo importante para el decir poético -y que en España muchos juzgan por separado- y es que un poema pueda a la vez, narrar, reflexionar y producir imágenes, algo esencialmente poético.

Nuestras ciudades del norte (también hay una lección de Cavafis) describe ese mundo duro, sólido y frío de las ciudades del norte europeo y el deseo de buscar "los paisajes agostados del Sur", pero con la idea básica de que "no nos está permitido abandonar/ nuestras oscuras ciudades , sus largos inviernos..." Lo real se une a lo metafórico, a lo simbólico, y de ahí al correlato de una vida moral, de manera que los tres niveles del poema son perfectamente perceptibles y gustables. Igual ocurre con En ningún lugar (que habla del entierro del padre) o en los varios poemas en que aparece una madre a la que quiso y respetó más de lo que supo mientras ella vivía...

Todo se mezcla con alusiones culturales -la música de Bach, su personal Chacona-; entendiendo que el poeta ha de moverse en el humus de la tradición o aún de muchas tradiciones, y hablar alto y bajo como su admirada y espléndida Szymborska. La reflexión deja sentencias e imágenes, "Vivimos, pero no siempre sabemos qué significa". Y esos casi dicta se mezclan con el fluir cercano de la vida contada y con el fogueo natural de imágenes, en elegías a amigos muertos o en los otoñales esplendores de Venecia (Venecia, noviembre). Un libro que cumple -en general- lo que el lector espera de la poesía: magia, vuelo, relato y flujo emocional de cercanías.

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