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La noche que enterró la primavera china

El Mundo El Mundo 04/06/2014 DIEGO TORRES

La noche del 3 de junio de 1989, Zhang Xianling mantuvo un diálogo con su hijo que no ha logrado olvidar en 25 años. "¿Dispararán los soldados contra la gente?", le preguntó Wang Nan, un joven que había estado retratando con su cámara de fotos las protestas estudiantiles de la capital y organizando a sus compañeros de instituto para participar en las movilizaciones. "El Ejército Popular de Liberación nunca ha disparado contra su pueblo; no lo harán", lo tranquilizó la madre que, sin embargo, le advirtió que no saliera a la calle aquella noche, pues un golpe en la cabeza con una porra también podía ser muy peligroso. "Tranquila, mamá, no voy a salir", le aseguró Wang, quien antes de regresar a su habitación le pidió que a la mañana siguiente tendiera al aire la ropa que acababa de lavar.

Fue la última vez que Zhang Xianling, cofundadora del grupo de presión Madres de Tiananmen, vio con vida a su hijo, de 19 años. El Gobierno nunca le ha dado una explicación de cómo ni por qué falleció el joven. "Me llevó alrededor de seis meses encontrar a los testigos y descubrir cómo murió realmente", asegura por teléfono a EL MUNDO.

Wang Nan salió sigilosamente de casa a alrededor de las once y media de la noche. Dejó la luz de su cuarto encendida. Agarró un casco y la cámara de fotos y se dirigió en bicicleta a la plaza de Tiananmen. Para entonces, miles de soldados se habían infiltrado en la capital vestidos de paisano, transitando en metro y autobús, y habían alcanzado el Gran Palacio del Pueblo, en el ala oeste de la explanada. Varios miles habían llegado a los alrededores de la plaza a bordo de camiones y tanques desde las afueras de la ciudad. El secretario general del Partido Comunista Chino, Zhao Ziyang, partidario del diálogo con los estudiantes, era un cadáver político. El hombre fuerte del régimen, Deng Xiaoping, había tomado la decisión de suprimir a toda costa la "rebelión contrarrevolucionaria".

Como la mayor parte de la prensa internacional presente en aquellos momentos en Pekín, Juan Restrepo, corresponsal de Televisión Española, había viajado a la capital días antes para cubrir la visita de Estado del líder de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, y se había topado con un desafío a gran escala contra el régimen. "Pekín era una fiesta, todos pensábamos que iba a ocurrir lo mismo que en Polonia, que el comunismo iba a caer", afirma el periodista.

Restrepo y su equipo, el cámara José Luis Márquez y el asistente Fermín Rodríguez, salieron del hotel Sheraton a alrededor de las diez de la noche del 3 de junio. Tomaron un taxi y se dirigieron a Tiananmen. "Se escuchaban disparos y explosiones por la ciudad, había muchas barricadas y coches en llamas", relata Restrepo. "En una de las intersecciones del anillo periférico, vimos bicicletas aplastadas, un chico muerto con toda la masa encefálica esparcida por el suelo y un camión del Ejército retenido por la multitud", describe. Finalmente, después de muchas vueltas, los periodistas de TVE lograron a media noche entrar en Tiananmen por el sur. Quedaban entonces entre 2.000 y 3.000 estudiantes en la plaza, la mayoría agrupados en torno al monumento de los héroes. "En cuanto nos vieron, empezaron a cantar la Internacional", cuenta.

El movimiento estudiantil, que había comenzado el 15 de abril como un homenaje póstumo a Hu Yaobang, el reformista ex secretario general del PCCh, se transformó pronto en una inmensa ola de descontento popular a la que se sumaron trabajadores, intelectuales, funcionarios del Gobierno, periodistas de la prensa estatal y que se extendió, si bien con menos fuerza, a buena parte de las capitales de provincia del país.

Los estudiantes trataron de asaltar por la fuerza Zhongnanhai -el complejo residencial donde habitan los líderes comunistas-, organizaron una huelga de hambre, pidieron a gritos la dimisión de la cúpula del Gobierno, pararon el avance de las tropas cuando se decretó la ley marcial y lograron sentar en una reunión televisada al propio primer ministro, Li Peng, quien tuvo que aguantar estoicamente el chaparrón de reproches que, en tono soberbio y vestido en pijama, le lanzó Wu'er Kaixi, uno de los líderes estudiantiles, que tenía 21 años.

Para aquellos que han vivido recientemente en el país asiático, las escenas que se vivieron aquellos días parecen sacadas de la ciencia ficción. El Partido Comunista Chino no solo sobrevivió a las protestas y a la caída del bloque soviético, sino que hoy, 25 años más tarde, lidera la segunda potencia del planeta y nada, salvo una catástrofe económica, una humillación militar o un improbable harakiri amenaza su supremacía. En 1989 el partido purgó al sector más aperturista de la dirigencia, con Zhao Ziyang a la cabeza, y desterró hasta hoy todo intento de reforma democrática.

Los líderes comunistas, además, aprendieron la lección de Tiananmen y desarrollaron nuevas tácticas represivas más flexibles, menos sangrientas y más efectivas. La gente sigue protestando hoy en día en China. Todos los años hay cientos de miles de incidentes. Pero el Gobierno se las arregla para mantener atomizados a los descontentos, evitar que se organicen y resolver de forma enérgica y rápida los altercados, utilizando operaciones quirúrgicas de represión contra los líderes y cediendo en ocasiones a las demandas de los ciudadanos.

Unas 50 personas han sido detenidas, encarceladas o puestas bajo arresto domiciliario en las semanas previas a este aniversario, de acuerdo a Amnistía Internacional. Zhang Xianling, por ejemplo, se encuentra bajo estrecha vigilancia para evitar que hable con la prensa. Las autoridades han advertido también a varios medios de comunicación extranjeros y han arrestado a una asistente del diario japonés Nikkei. Y la censura en internet está funcionando con intensidad para tapar cualquier intento de conmemoración.

Cuando el Ejército comenzó a abrir fuego el 3 de junio, Wang Dang, otro de los líderes estudiantiles, se encontraba en su dormitorio de la Universidad de Pekín, al norte de la ciudad, discutiendo la situación con algunos compañeros. "No pensamos en ningún momento que el Gobierno fuera a utilizar las armas para reprimir las protestas", asegura Wang, que se situó en el número uno de la lista de los "más buscados" por las fuerzas de seguridad en la caza de brujas posterior al 4 de junio. "Cuando llegaron algunos estudiantes de la calle Chang'an y comenzaron a describir la masacre, me quedé en blanco, completamente incapaz de pensar en nada", relata.

Wang había tratado en vano de convencer a los estudiantes que ocupaban la plaza de que se retiraran en los días anteriores, tratando de imponer una actitud más conciliadora frente a las autoridades. "Queríamos luchar por la democracia, por supuesto, pero lo más importante entonces era que todos nos preocupábamos por el destino de este país, que todos compartíamos ese sentido de la responsabilidad", explica Wang, que pagó con cuatro años en prisión su participación en las protestas y que ahora vive en el exilio, entre Taiwán y Estados Unidos. "Todo esto ya no existe ahora, el pueblo ha renunciado a su responsabilidad", asegura.

Los principales líderes del movimiento sobrevivieron. Algunos escaparon al extranjero. Otros no lo lograron e ingresaron en prisión. La mayoría de los muertos fueron obreros y estudiantes rasos, además de unos pocos soldados. No se sabe con certeza cuánta gente falleció aquella noche. El recuento oficial chino preliminar hablaba de 241 muertos, incluyendo 23 militares. La Cruz Roja del país asiático hizo una estimación de 2.600 personas, pero retiró las cifras posteriormente por presiones diplomáticas.

Wang Nan, el hijo de la fundadora de las Madres de Tiananmen, fue uno de ellos. Llegó con su bicicleta hasta la calle Chang'an, en una esquina al noroeste de la plaza. Allí fue tiroteado por las tropas. La gente de los alrededores trató de acercarse para ayudarlo, pero los soldados no lo permitieron. Luego llegó una ambulancia, a la que tampoco dejaron acercarse al joven, que yacía sangrando en el suelo. Horas más tarde, los soldados trasladaron el cadáver de Wang y otras dos personas que habían muerto a su lado y los enterraron en el jardín de un instituto público de los alrededores tratando de eliminar toda prueba de lo ocurrido.

Para entonces, las tropas quemaban los restos de las tiendas de campaña, los carteles y las fotografías que habían acumulado durante siete semanas los estudiantes en la plaza de Tiananmen, cuyo desalojo había sido pacífico, como describe Juan Restrepo: "A eso de las seis de la mañana, salieron los últimos estudiantes por el sur de la explanada, a través de un pasillo que les hicieron los soldados: portaban las máquinas para escribir los comunicados y los altavoces para hacerse oír en las asambleas, caminaban llorando, algunos sin zapatos, y cabizbajos".

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