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La Normandia del Ché

El Mundo El Mundo 16/06/2014 ORFEO SUÁREZ

Los días festivos son los únicos que conceden una tregua al tráfico en Río de Janeiro. Por ello, ninguno de los conductores se explica, este sábado, la interminable caravana que da acceso al túnel para entrar en Copacabana. Unos kilómetros más adelante, la explicación se muestra en colores: "Se viene la albiceleste, se viene la Argentina".

Dos días. Para ser exactos, 52 horas, explica Marco que han tardado en una furgoneta desde Buenos Aires para asistir al debut de Argentina, mientras talla una Copa Jules Rimet en un tronco de madera, junto a un fuego sobre la arena. Según cuenta, hay quienes han echado nada menos que seis días en la carretera para llegar desde la Patagonia.

© Proporcionado por elmundo.es

Atardece. Esta 'barra brava' se pertrecha para pasar la noche, junto a otras llegadas del gran Buenos Aires, Rosario o Córdoba. Todas levantan sus estandartes en una playa tomada por un rostro: el Ché Guevara. Es posible observarlo junto a Maradona o Messi en esta especie de Normandia tomada por un icono del que la mayoría lo único que puede decir es que fue un rebelde. "¡Listo, loco, no más!", sentencia Marco.

Eso basta para estos hinchas de arrabal, muchos "villeros" para los que únicamente "la pelota pone en el olvido una vida de mierda". Lo escribió Jorge Valdano, que se encuentra también en Río, pero no en Copacabana, sino en Ipanema, en la siguiente playa. Lo encontramos al bajar del avión que nos trajo de Madrid. Había volado con nosotros, pero por su aspecto parecía que hubiera llegado al aeropuerto a esperar a alguien. Ni una arruga en la americana. Cuando Antón Meana, un periodista antiguo, de los que siembra, en el cuerpo de un joven, se lanzó sobre la cinta de las maletas con esa pequeña ansiedad que produce el riesgo de qudarse sin cepillo de dientes, Valdano lo detuvo: "Aquí la pelota va al jugador, no al revés". La primera en salir fue la suya. Ni siquiera en el campo, la pelota le quiso tanto.

La reivindicación del Ché por parte de Maradona, me contó Valdano, es simplemente la de aquellos que deciden vivir de alguna forma contra el sistema sin entrar en detalles. El Diego, a su manera, es uno de ellos. La némesis es Pelé, complaciente con la FIFA, al que los más críticos con el organismo siempre han tildado de Tío Tom. En el pasado Mundial, el Diego agarraba un pequeño rosario que llevaba en su muñeca. Es el rosario de los niños "villeros", me ilustró David Gistau, más que un amuleto, una seña de identidad.

Mardona siempre ha sido provocador con Pelé, también en Río. En su caso, está en otra de las playas que continúan, Barra de Tijuca, residencia de alguna de las estrellas del fútbol brasileño. El litoral de Río marca la división de los estatus sociales. Mientras sus seguidores lo jaleaban en Copacabana, El Diego compartió un asado con unos compatriotas en Barra. Después, un buen habano. Recordó que, en Sao Paulo, al acudir al partido inaugural, la 'torcida' no le gritaba el nombre de Pelé, sino el de Garrincha. Habló otra vez sobre Casillas. Dijo que su amigo Mourinho, otro 'maldito' al que le encanta el lujo, aunque no sean los habanos, le había dicho que el portero ya no estaba para esto.

Marco, en cambio, alude al capitán español con lástima. "Pobre Casillas, después de todo lo que ganó, no merece esto. Tienen ustedes que ser justos", afirma, serio, antes de ponerse de nuevo a gritar y a saltar: ¡Vamos, vamos... Argentina, vamos, vamos... a ganar...! Se acaba la arena, de vuelta al paseo, pero no los argentinos, aunque ese pequeño trayecto es como ir de la Boca a Palermo. En una mesa, 'caipirinha' en mano, unos pudientes matrimonios hablan de cuánto disfrutaron con Elektra este año en el Teatro Colón. Todos visten la albiceleste. La idiosincrasia de ese vasto país es divisible en unos pocos metros: el peronismo, los 'cabecitas negras', el olor a entraña muy pasada, la barra brava, las letras... Se agradece que un tango en el paseo no haga de todo esto un tópico.

El peronismo ha dado al país uno de sus grandes iconos, Eva Perón, Evita. Ese panteón nacional lo completan Carlos Gardel, el Ché Guevara y Maradona. Son personajes complejos, que también dividen. 'Santa Evita', del fallecido Tomás Eloy Martínez, es una lectura imprescindible y fascinante para descubrir la significación de un icono, en este caso Evita, aunque sobre los cuatro escribió el sociólogo Juan José Sebreli un interesante libro titulado 'Ensayo contra los mitos'. "Gardel era la voz del pueblo, el cantor nacional y también el lumpen y el gigoló; Evita, la protectora de los pobres y la fanática perseguidora; el Ché, el luchador por un mundo mejor y el delirante que se sacrificaba a sí mismo y a los demás en aventuras absurdas; Maradona, el jugador más grande y, a la vez, el dopado, el tramposo", afirma Sebreli.

El sociólogo afirma que Maradona "necesita que existan prohibiciones para violarlas" y aborda la figura del revolucionario como la de un aventurero caprichoso y cruel, a quien le importaba la lucha por encima de sus fines. Recupera cartas en las que el Ché se refiere a la necesidad de "mantener vivo nuestro odio hasta el paroxismo". Una visión diferente a la de esta playa donde hay cosas que no se debaten. Ni Mardona, ni el Ché. Veremos que sucede con Messi... De momento, es sólo un jugador. ¡Vamos, vamos... !

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