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La nueva ambición de la dinastía Kennedy

EL PAÍS EL PAÍS 23/05/2014 Rocío Ayuso
La nueva ambición de la dinastía Kennedy © REUTERS La nueva ambición de la dinastía Kennedy

Les llaman los cinco reyezuelos por algo. Ese es el mote que tienen los cinco miembros de la junta de supervisores del condado de Los Ángeles, esos que manejan un presupuesto anual cercano a 20.000 millones de euros para una población que roza los 10 millones. Hablamos de un condado, conocido como el gran Los Ángeles, que incluye 88 ciudades y donde el número de votantes supera al de 42 Estados en EE UU. Una influencia considerable para un quinteto de desconocidos fuera de la región o de la esfera política. Un grupo además inamovible, hombres y mujeres aferrados durante décadas a sus puestos. De ahí las comparaciones a los reinados de por vida. Pero la llamada realeza angelina está a punto de perder el anonimato si los votantes confirman como a uno de sus nuevos monarcas a Robert Sargent Shriver III, el sobrino de John Fitzgerald Kennedy.

También es conocido por ser hermano de María Shriver y, por tanto, excuñado de Schwarzenegger. Además del hijo de Eunice y Sargent Shriver —en el origen de los Juegos Paralímpicos y de las fuerzas de paz, respectivamente— y sobrino de Bobby y Ted Kennedy. Un linaje lo más cercano a un apellido de sangre azul en EE UU. Y ahora es uno de los ocho candidatos a ocupar el puesto de supervisor del condado de Los Ángeles que tras dos décadas deja vacante Zev Yaroslavsky.

“Tío, tengo 60 años. No hay ningún problema con ello, pero he hecho algo más que ser el sobrino de John Kennedy”, le gruñó Shriver recientemente a la prensa durante su campaña electoral. De hecho, con un apellido así es fácil entender sus ambiciones electorales. Pero por mucho que de casta le venga al galgo, la carrera de Bobby Sargent Shriver III comenzó hace una década en el jardín de su casa. Cuando, como muchos otros vecinos, se opuso a la exigencia municipal de que cortara sus setos. Fue ese el momento en el que este empresario, inversor y millonario con acciones en Starbucks y Harley-Davidson, además de tabacaleras y compañías de crudo, el periodista y filántropo, amigo de Bono y parte fundamental del proyecto Product Red para acabar con el sida en África, decidió meterse en política.

Desde entonces ha pasado por varios cargos municipales, incluida la alcaldía de Santa Mónica, ciudad costera en la que salió elegido edil con el mayor número de votos en la historia de la urbe. Ahora es diferente. El poder que acompaña al cargo de supervisor del condado cuando se trata de Los Ángeles es muy superior a lo que el heredero de los Kennedy ha manejado hasta hoy.

También son los nombres que le apoyan. California al fin y al cabo es un Estado en el que el cine y la política se dan la mano, una simbiosis que ha parido presidentes (Ronald Reagan), congresistas (Sonny Bono), embajadores (Shirley Temple) o gobernadores (Schwarzenegger), además de dinero para campañas, sobre todo si son demócratas. El mejor ejemplo, los 2,2 millones que donó Jeffrey Katzenberg, al frente de los estudios DreamWorks, a Obama.

De ahí que, como es de esperar con un apellido así, entre los que le han tendido una mano a Shriver en esta campaña, que concluye el 3 de junio, estén algunos de los más grandes de Hollywood: Steven Spielberg, Tom Hanks, David Geffen, Oprah Winfrey o Reese Witherspoon. Además del dueño de la tercera fortuna mundial, Warren Buffett. “Es un candidato con buenas conexiones”, reconoció Bill Boyarsky, de la Universidad del Sur de California y encargado de moderar alguno de los debates electorales, subrayando a la prensa que se trata de una persona “con privilegios”. Aunque Shriver no es que necesite el dinero de los que le apoyan: su fortuna ha sido valorada sobre nueve millones de euros, de los que parece haber gastado más de 220.000 en su campaña. Algo que el político justifica asegurando que es uno de esos a los que les gusta “arreglar” las cosas, apoyando su apuesta con su dinero.

Shriver no es la única conexión con Hollywood de una campaña electoral donde su mayor rival es Sheila Kuehl, de 73 años, la primera lesbiana reconocida en la legislatura californiana y quien en su día fue actriz infantil, un claro producto de la industria que se asienta en un condado donde hasta las dependientas tienen un guion debajo del brazo. Alguien en apariencia más cercano al distrito que tiene que elegir nuevo supervisor, residentes del valle de Los Ángeles donde viven no las grandes estrellas, sino aquellos con carreras más precarias y parecidas a la de Kuehl. Además, ironías de ironías, el apellido de más renombre entre los demócratas no cuenta con el apoyo del partido, algo que se ha ganado Kuehl. Eso no quita para que los dos candidatos más reñidos defiendan agendas similares, preocupados por el tráfico de Los Ángeles y pensando en la mejor manera de implementar nuevas vías de transporte público o deseosos de construir un plan de ayuda de viviendas para los veteranos de guerra que alivie el problema de los sin techo. Eso además de fomentar el empleo en un condado afectado con gran dureza por la crisis.

El próximo monarca del condado tiene bastante trabajo por delante, y ahí es donde al heredero de los Kennedy le cae la bronca, especialmente entre los que le describen como un “diletante”, un niño rico metido a la política porque le obligaban a cortar los setos. Pero ahí es donde viene muy bien eso de llamarse Kennedy, incluso cuando uno intenta —de boquilla— separarse de su linaje. “Vengo de una familia con una larga tradición de dejar huella”, espetó Shriver a sus críticos. O como suele decir en sus mítines, su rival es el PC en una pugna donde él es el Mac.

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