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La nueva edad de oro

EL PAÍS EL PAÍS 08/06/2014 Quino Petit

A Peter Grant no le dio por comprarse un Porsche con la crisis de los 40. Lo hizo a los 65. De hecho, el señor Grant nunca ha sentido nada parecido a la llamada “crisis de los 40”. Toda su existencia ha consistido en una sucesión de crisis, victorias y derrotas, amenazas de prejubilaciones, aventuras y reinvenciones tras media vida entre Argentina e Inglaterra, la tierra de sus padres, y la otra media en España. La jubilación que afrontaba con unos suculentos ahorros tras varios lustros como directivo en la casa Ford se presentaba para él como una oportunidad. Y se lanzó a quemar rueda.

Hoy, a punto de cumplir 79 años, el mayor de sus placeres confesables sigue siendo pisar a fondo el acelerador de su flamante Porsche gris plata, modelo 911 Carrera de 1987. Lo compró de segunda mano en 2000 y desde aquella adquisición ha participado en decenas de competiciones amateur por circuitos desde el Jarama hasta Montmeló, donde comenzó a rodar peinando canas. Sigue pisando a fondo cada vez que tiene oportunidad, como en la vigésima edición del rali de regularidad del pasado 24 de mayo organizada por Porsche Club España. O como hará una vez más esta soleada mañana casi veraniega sentado sobre los sillones de cuero negro de su bólido. Con los ojos azul purísima parapetados tras unas gafas de sol, el señor Grant mira al periodista convertido en su copiloto durante un paseo por la sierra de madrileña y, antes de poner al rojo vivo las revoluciones en una recta, entorna una pícara sonrisa de niño malo. “¡Esto es excitación! El sonido de esos tubos de escape saca el crío que llevo dentro. Cuando los oyes al entrar en un túnel… es la excitación máxima. Creo que nací con un poco de gasolina en las venas”.

No cabe duda de que al señor Grant le va la marcha. Su esbelta silueta luce aspecto impecable. Nada en su actitud, en su biografía, ni en su estilo de vida hace sospechar que ronde los 79. Vive solo en su chalé en una urbanización al norte de Madrid donde las casas están flanqueadas por una espesa vegetación perfectamente recortada y a media mañana de un día laborable se escucha el canto de los pájaros. Llegó desde Buenos Aires a la capital española con su esposa y sus dos hijos en 1976. Continuó con su trabajo en la compañía automovilística Ford hasta su jubilación, tras la cual enviudó de Simonetta, su esposa. Acababa de comprarse el Porsche y de empezar su nueva etapa llena de desafíos sin ataduras laborales. No tardó en rehacer su vida sentimental con Marie Sue, una amiga argentina del matrimonio que también había quedado viuda y acabó convertida en la actual pareja del señor Grant.

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Peter Grant, de 79 años y corredor de carreras con su Porsche. / Caterina Barjau

"¿Quién me iba a decir que me jubilaría, enviudaría y, al poco tiempo, acabaría teniendo novia y participando en carreras con mi Porsche?”, se pregunta hoy el señor Grant. “Nuestro romance se fraguó por e-mail. Marie Sue tiene 10 años menos que yo y vive en Argentina, donde están sus hijos –muy amigos de los míos–. Paso temporadas allí, y ella también viene a verme a Madrid. En verano siempre nos vamos de crucero. Hemos recorrido medio mundo así. Próximo destino: Irlanda. Nos saldrá por cinco o seis mil euros. Me ha quedado una pensión como el doble de lo que gana un mileurista. Tengo la casa pagada y pienso disfrutar lo que me queda al máximo”.

–Y la pasión en pareja, ¿cómo la vive hoy?

–Eso, con calma… Y hay otras cosas. Te aseguro que no me aburro un solo segundo. Quizá la única diferencia con mi vida anterior está en que necesito una ensalada de pastillas cada mañana porque las tuberías están taponadas. Me operan el 7 de julio de la carótida. Será por la buena vida. Una vida rumbosa.

Mientras siga en este mundo, Peter Grant ha decido vivir a muerte. Poco a poco hay más personas que comparten su actitud entre los 600 millones de mayores de 65 años que habitan el planeta. Una cifra que se doblará en los próximos 20 años, según estimaciones de Naciones Unidas. Viajamos sin remedio hacia un mundo más envejecido, pero no por ello agotado y sin fuelle. En cada vez más países desarrollados emerge un nuevo estereotipo que arrincona los tópicos de la recta final de la existencia. Sin facturas pendientes, con las hipotecas pagadas, los hijos fuera del nido y lo que queda de vida –cada vez más– por delante. Activos física e intelectualmente. Y con una capacidad progresivamente superior de ejercer de factor de cambio de la economía global. “Gerontolescentes”, les llama Alexandre Kalache, exdirector del programa de envejecimiento de la Organización Mundial de la Salud y hoy al frente del Centro Internacional de Envejecimiento de Brasil, con sede en Río de Janeiro.

Los mayores de 65 años conforman hoy 600 millones de la población mundial. Una cifra que se doblará en los próximos 20 años

Desde esta institución, Kalache ha dado forma al término gerontolescencia. En sus palabras: “Una transición desde la época adulta hasta la senectud, el primer capítulo del envejecimiento. Un concepto para expresar el fenómeno que crece a lo largo y ancho del planeta: la existencia de personas mayores de 65 años y hasta más allá de los 80 que se mantienen activos y con un estado de salud mejor que el de cualquiera de las generaciones equivalentes anteriores. Beneficiados por los avances tecnológicos de la medicina y por un mayor nivel de formación, a lo que se une la emancipación de la mujer: se encuentran mucho más a gusto con su cuerpo, saben lo que quieren y son cientos de veces más independientes que cualquier generación anterior. Y si hablamos de los hombres, solo hay que mencionar la viagra para imaginar lo que eso supone en su propia estima. Obviamente no encuadro este fenómeno entre los habitantes de edad avanzada en zonas deprimidas de África o en los suburbios de Río de Janeiro, sino principalmente en el mundo desarrollado. Ahora bien: los nuevos estilos de vida pueden emerger en Occidente, pero las sociedades en desarrollo acaban siguiendo su estela”.

Quizá el más hedonista de los modelos de gerontolescencia que menciona Alexandre Kalache ha brillado recientemente en la figura del inefable Jep Gambardella, personaje protagonista de la oscarizada La gran belleza. Inmerso en una suerte de dolce vita del siglo XXI, Gambardella proclama en este filme de Paolo Sorrentino toda una declaración de principios tras compartir alcoba con una bella dama mucho más joven que él a la que abandonará de inmediato para entregarse de nuevo a sus paseos por una Roma nocturna y bohemia: “Si a alguna conclusión he llegado al cumplir los 65 es que no quiero perder el tiempo con cosas que no me interesan”.

Es más, el problema puede residir precisamente en tener demasiados intereses en juego a partir de ese momento. Para el pintor y arquitecto Juan Navarro Baldeweg (Santander, 1939), cuya obra atesora un prestigioso reconocimiento internacional, seguir en activo a las puertas de cumplir 75 años es una cuestión de pura necesidad vital. Sentado a media mañana de un viernes en el despacho de la planta superior de su estudio madrileño, rodeado de papeles, libros y un torbellino de ideas merodeando su mente, este veterano creador de espíritu renacentista, capaz de establecer nexos entre pintura y arquitectura a través de la luz, explica por qué: “Siempre me ha gustado trabajar en varios frentes. Con la madurez encuentro haber ganado en entusiasmo y libertad. Y me queda mucho por hacer. El artista es un colonizador. Y el arte tiene que ver con ser pionero. Seguir ejerciéndolo es una forma de mantener esa actitud. Ahora preparo una recopilación de textos y una exposición antológica de mi arquitectura para finales de septiembre-principios de octubre. Actuar de manera transversal ha sido algo natural a lo largo de toda mi trayectoria”.

Autor, entre muchas otras, de la magistral obra del Palacio de Congresos de Salamanca y de la Biblioteca Hertziana en Roma, Navarro Baldeweg ha impartido sus conocimientos en reputados centros como el MIT de Boston y la Universidad de Yale. Hoy es partidario de proyectos arquitectónicos “que trabajen sobre lo ya hecho, reinterpretando lo existente para defender un modelo sostenible y de austeridad en tiempos de crisis que nos ayude a cambiar de mentalidad en cuanto a la concepción de las ciudades; el mundo está demasiado construido, hay que transformarlo”.

La planta baja de este chalé custodia su estudio de pintura. El lugar al que Navarro Baldeweg acude como acto de liberación. Sobre el suelo reposan algunos de sus últimos lienzos de gran formato que acabarán formando parte de su próxima exposición el año que viene en la galería Marlborough de Madrid que representa su obra pictórica. “Lo más difícil sigue siendo para mí la pintura. Su valor máximo es su carácter directo. Lo que eres capaz de expresar con la mano y el papel en blanco brinda una satisfacción estupenda con muy poco. En ciertos aspectos artísticos hay algo que solo se consigue en la madurez”.

En España viven ocho millones de personas mayores de 65 años. La esperanza de vida alcanza 20 años más, una de las tasas más altas del mundo

Pese a las dificultades, concebir el envejecimiento como conquista. Para los integrantes de la generación de Navarro Baldeweg, la crisis económica no es nada nuevo. Los setenteros españoles como él atesoran varias debacles económicas a sus espaldas. Criados en una posguerra repleta de carencias, han sabido inventarse y reinventarse a sí mismos. Hoy viven en España ocho millones de personas mayores de 65 años (17% de la población). Y subiendo. Las previsiones del Instituto Nacional de Estadística doblan esa cifra para mediados de siglo. De los ocho millones actuales, cinco y medio son pensionistas. Tras la jubilación se vive de media hasta 20 años más, una de las tasas de esperanza de vida más altas del mundo que junto a la progresiva reducción de la natalidad vislumbran una nación paulatinamente envejecida. Las empresas tendrán que adaptarse, así como los bienes de consumo y servicios, para este segmento de población. La revolución económica de las canas ya está en marcha. Las políticas tendrán que afrontar el desafío de ajustar el gasto público a un nuevo mapa demográfico mientras que la tozuda realidad es que la crisis ha laminado penosamente el Estado de bienestar español. En este contexto, cada vez más mayores de 65 años sostienen el tejido familiar con sus ingresos, además de hacerse cargo del cuidado de los nietos y en muchos casos también de los hijos. En 2010, el 7,8% de familias con todos sus miembros en paro dependían de un pensionista. Pero en esta generación que sobrepasa la edad de jubilación y está actuando en muchos casos de punta de lanza para capear la crisis también ha florecido un grupo de personas que se rebelan contra la imagen de la tercera edad como mero sostén familiar. Reclaman espacio para desempeñar un papel de cambio social activo.

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El arquitecto y pintor Juan Navarro Baldeweg, de 74 años. / Caterina Barjau

Para Myrtha Casanova (La Habana, 1936), recibir al periodista en el Círculo del Liceo de Barcelona a media mañana, poco antes de participar en un encuentro bajo el tema ¿La crisis es real?, significa tener que abrir un hueco en su apretada agenda. Presidenta del Instituto Europeo para la Gestión de la Diversidad y de la Plataforma de Artistas Diversos para personas con discapacidad, Casanova arrastra una dilatada trayectoria como emprendedora y forma parte de la Asociación de Mujeres Empresarias de Barcelona. Los estragos de la crisis se deben en parte, según ella, a que los cambios que nos acechan “viajan a mayor velocidad que la capacidad de las instituciones para asimilarlos”.

Los espléndidos 78 años que luce Casanova deben mucho a la hora diaria que dedica al yoga y a las varias que dedica los fines de semana al reiki y a la reflexoterapia, así como a una dieta vegetariana y a llevar una vida “activa, pero moderada”. También se desvive en el cuidado de sus nietos y de su hijo Mario, con parálisis cerebral. Tiene tiempo para todo y niega la vigencia de los estereotipos. “El más ridículo de todos es el de la edad. No soy ninguna excepción, el problema es que no soy visible. Una cosa es que yo me jubilé fiscalmente. Pero no me he retirado de la aportación que puedo hacer al entorno. Hoy, en vez de hacerlo en las empresas, lo hago a través de las ONG que he fundado. Cortar la cabeza a la experiencia es un coste que las compañías no tienen calculado. Pero ya empiezan a pagarlo”.

El envejecimiento de la economía global hacia el que nos encaminamos sin remedio ha protagonizado recientemente la portada del semanario The Economist. En sus páginas aparecía esta advertencia premonitoria: “Una economía cada vez más grisácea será más lenta y desigual a menos que las políticas comiencen a adaptarse ya”. El distanciamiento se agravará entre los más preparados y los menos; los primeros trabajarán más años y más horas, incide The Economist: “La división es más extrema en Estados Unidos, donde los mejor formados baby-boomers están postergando el retiro mientras muchos jóvenes menos preparados han sido expulsados de la fuerza del trabajo”.

Cortar la cabeza a la experiencia es un coste que las compañías no tienen calculado. Pero están empezando a pagarlo”

Mientras que en países como Dinamarca ya se baraja la opción de retrasar la edad legal de jubilación a los 69 años, en España comenzó a implantarse el año pasado la prolongación de la vida activa de los 65 a los 67 años, que se alcanzará en 2027. Como advierte el informe Un perfil de las personas mayores en España, publicado por el CSIC, “la generación del baby-boom (1958-1977) iniciará su llegada a la jubilación en torno a 2020”. La presión sobre los sistemas de protección social está de camino, agravada con casi seis millones de parados –de los cuales un millón tienen más de 50 años– que de estar trabajando constituirían un empuje a la cotización de las pensiones. Un desafío, el de la prolongación a futuro de la vida laboral, ante el que Manuel Alfaro, profesor de Dirección de Marketing de ESADE Business School, quiere poner un pero: “Cuidado con insistir mucho en esta idea, no vaya a ser que el Gobierno no nos deje jubilarnos hasta los 80 años”.

“¡Pues a mí no me jubila nadie hasta que yo lo decida!”, proclama en su consulta madrileña la dentista y afamada coleccionista de arte Pilar Citoler (Zaragoza, 1937). “Cuando llegué a los 65 me quedé pensando: ‘¿Yo por qué me voy a jubilar?’. Mientras no me tiemble el pulso… Me gusta vivir así, sin horarios, sin prácticamente tiempo libre, llevando una vida bohemia cuando quiero, alternando con artistas que son mis amigos y también mis pacientes”.

Recientemente galardonada con el Premio Arte y Mecenazgo 2014 por la Fundación Arte y Mecenazgo, que preside Leopoldo Rodés con el apoyo de La Caixa, Citoler pilotó en 2007, desde el patronato del Museo Nacional de Arte Contemporáneo Reina Sofía, los cambios en la dirección que lidera desde entonces Manuel Borja-Villel. La dedicación al arte y el mecenazgo es solo uno de los muchos campos en los que se mantiene al rojo vivo esta zaragozana afable que ha donado su apabullante colección de 1.200 piezas, conservada durante años por Alfonso de la Torre bajo el título de Circa XX, al Gobierno de Aragón para ser acogida en el IAACC Pablo Serrano. “Mi forma de coleccionar arte ha sido y sigue siendo muy visceral”. Su entusiasmo y su vitalidad hacen difícil imaginarla algún día dando de comer a las palomas en un banco del parque. Una estampa esta última que puede hacer saltar chispas con solo mencionarla.

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La dentista y afamada coleccionista de arte Pilar Citoler, de 77 años. / Caterina Barjau

“Eso que hacen ustedes los periodistas de poner la foto de un viejo dando de comer a las palomas en el parque o jugando a la petanca para ilustrar cualquier información sobre los mayores es indignante”, protesta Agustín Bastante en su despacho en el centro de mayores del Ayuntamiento de Tres Cantos, cedido a la Federación de Asociaciones de Alumnos Mayores vinculados a las Universidades de la Comunidad de Madrid (FAMUCAM), de la que es presidente. Desde luego su imagen dista mucho de esa escena en el banco del parque. A sus 69 años, prepara su tesis sobre el envejecimiento activo en la Facultad de Antropología de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Tras una prejubilación forzosa, este perito industrial de formación nacido en 1945 en una familia humilde de Puertollano (Ciudad Real) ingresó en el programa PUMA de la UAM para mayores de 55 años. Tras aquella espoleta –“quiero llegar al límite de mis capacidades intelectuales”–, regresó a las aulas para completar la licenciatura de Antropología y compartió bancada con veinteañeros de los que ha aprendido, entre muchas cosas, “a entender movimientos como el 15-M” y a quitarse “algún que otro prejuicio machista de la cabeza”.

Ver a Agustín caminar por el campus de la UAM a media mañana con su carpeta de apuntes es una inyección de vitalidad. Los practicantes como él del “envejecimiento activo” se sienten ante una oportunidad. En algunos casos, incluso, una nueva juventud. “Los 70 son los nuevos 30”, ha llegado a proclamar el gurú de las tendencias globales y director de Monocle Tyler Brûlé en su columna semanal del Financial Times. Meses después de aquel artícu­lo, Brûlé reflexiona hoy desde Suiza sobre el fenómeno: “No estoy seguro de que lleguen a conformar un nuevo soft power. Pero sin duda se trata de un sector incomprendido e ignorado por instituciones públicas y privadas. Desde Monocle observamos a una gran cantidad de lectores de nuestra publicación en esas edades que agradecen una aproximación madura hacia nuestros contenidos. En Japón [el país con la mayor expectativa de vida del mundo, exceptuando Mónaco] he comprobado cómo los minoristas y las marcas sí entienden este mercado apropiadamente. Mucha gente allí de 70 luce un aspecto funky, vitalista y con peinados modernos, algo difícil de ver todavía en Occidente”.

En este sentido, el profesor Alfaro, de ESADE Business School, ha estudiado el perfil de las personas mayores de 65 años mediante sus hábitos de consumo en España. “Cuantitativamente ya tienen un peso. Y más que van a tener. Cada vez más están soportando su carro de la compra y el de sus hijos y nietos. No son un colectivo homogéneo, pero por lo general prefieren el comercio de proximidad y hacer sus compras a diario como forma de no aislarse. Son fieles al punto de venta y a las marcas, pero sobre todo a la proximidad física o mental de una marca. En términos de marketing es cierto que existe un déficit hacia este tramo de edad avanzada, mientras que muchos de sus integrantes se sienten insatisfechos porque demasiados productos y servicios no se adaptan a sus necesidades”.

Las industrias de consumo han despertado a la revolución de la longevidad, el mercado de crecimiento más rápido”

Paralelamente, el sector del lujo y el consumo de alta gama, que mueve en España cerca de 5.000 millones de euros anuales, también comienza a echarles el anzuelo. Por su arrojo y su poder adquisitivo, que en algunos casos ha esquivado la crisis mejor que otras generaciones. Sin obviar a los extranjeros que eligen la Península para el retiro, entre los cuales Reino Unido y Alemania constituyen las dos principales nacionalidades de donde proceden las personas mayores de 65 años afincadas en España. Balnearios, cruceros de alto standing, redes residenciales en la costa, complejos hoteleros con actividades exclusivas, tratamientos de belleza y cirugía plástica… El sector de la belleza, el más pujante dentro del lujo ibérico, ha estudiado al detalle esta tipología de cliente. Desde la filial española del gigante L’Oréal estiman que “cuando las mujeres que hoy tienen 50 años lleguen a los 65, se prevé que mantendrán sus hábitos de belleza y no bajarán el gasto en este tipo de productos, entre otras razones porque muchas de ellas trabajan fuera de casa y mantendrán sus rutinas a partir de esa edad”. En un estudio realizado por L’Oréal con cerca de mil mujeres de entre 50 y 74 años, la firma cosmética llegó a la conclusión de que en esos tramos se detecta “una fase de renacimiento” en mujeres “que comienzan una etapa de hedonismo”. Alexandre Kalache apostilla desde el Centro Internacional de Envejecimiento de Brasil: “Estas industrias han despertado a la revolución de la longevidad. Representa el mercado de crecimiento más rápido”.

Una longevidad de aspecto saludable. Es la que practican Montse Vives y María José Pi, de 71 y 72 años. Guapas y con tipazo, las dos acuden cada mañana al gimnasio Arsenal mixto de Barcelona, donde pagan una cuota de 150 euros mensuales. “Más que sentir fortaleza, entreno para verme ágil y comprobar que no me canso”, dice Montse, jubilada desde los 67. “Y la pasión con mi marido la mantengo intacta”. María José, también jubilada, contraataca: “Yo además bailo rock todos los fines de semana. ¿Lo mejor del momento que estoy viviendo? Hacer lo que me da la gana”.

Días antes del encuentro con Montse y María José, al final de un paseo por el campus de la Autónoma de Madrid en compañía del universitario de 69 años Agustín Bastante, vimos jugar felices a los niños de un colegio cercano.

–¿Cree que esos muchachos serán tan activos como usted cuando tengan su misma edad?

–Estarán obligados a serlo. No tendrán elección. Ellos no darán de comer a las palomas en el parque. Se las comerán… si es que queda alguna viva para entonces.

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