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La nueva era, ¿la vieja desventura?

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 27/09/2017 Claudi Pérez
El presidente francés Emmanuel Macron durante su conferencia en la Sorbonne en París este martes. © LUDOVIC MARIN El presidente francés Emmanuel Macron durante su conferencia en la Sorbonne en París este martes.

El estilo no es más que la convicción absoluta de tener un estilo. ¿Lo tiene Emmanuel Macron? En un momento de colapso de la confianza en las élites políticas y financieras, con populismos de toda índole asomando los cuernos, Macron supo ganarse a los franceses a pesar de ser la quintaesencia de las élites políticas (fue ministro del muy olvidable François Hollande) y financieras (se hizo millonario en la banca Rothschild, fundada por el autor de aquel inolvidable “compra cuando la sangre corra por las calles”). En una era de desengaño con la globalización y con el proyecto europeo, ha sabido nadar a contracorriente con un mensaje a favor del libre mercado —que de vez en cuando, oh, paradoja, salpimenta con propuestas proteccionistas— y un discurso rabiosamente proeuropeo. Y en pleno declive del eje francoalemán por incomparecencia francesa, el joven inquilino del Elíseo ha pronunciado un discurso kennediano sobre la refundación de la UE solo 48 horas después de las elecciones alemanas, que dejan serias dudas sobre la agenda europea de la canciller Merkel.

Macron tiene un aura romántica. Y ambición, y carácter. Y pulmones: este martes habló por los codos, durante más de 100 minutos. Aunque también presenta zonas más turbias: antes de llegar a la presidencia gastó decenas de miles de euros en cenas privadas en su ático con vistas al Sena para regar con Borgoña de 100 euros la botella una de las carreras políticas más fulgurantes de los últimos tiempos. Ya en el Elíseo, en sus primeros 90 días pagó 26.000 euros en maquillaje (la tentación de la metáfora, aquí, es colosal). Con o sin afeites, Macron, en fin, tiene estilo: pero en el mar de los sargazos de la política europea hace falta algo más que estilo.

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En una Europa cada vez más cargada de euroescepticismo ciudadano y en medio de un extraño repliegue hacia lo nacional, Macron se atreve con un discurso seminal para enderezar las patas cojas de la UE, que son muchas, y protegerla contra las amenazas exteriores y las derivas populistas en el interior. Presenta un interminable paquete de reformas sobre defensa, migración, unión fiscal, medioambiente y hasta para la maltrecha zona euro. Y anuncia, en ese tono tan rematadamente francés, la “refundación de Europa”. ¿Alguien se acuerda de que allá por 2008 otro presidente francés pertrechado con un estilo inconfundible, Nicolas Sarkozy, apeló a la “refundación del capitalismo”? Las nuevas eras suelen acabar en viejas desventuras, dice Sánchez Ferlosio: casi 10 años después, los problemas que nos llevaron a la Gran Recesión persisten; incluso se han intensificado. Macron debe demostrar que es capaz de hacer en casa las reformas que prometió, y sobre todo que es capaz de convencer a Merkel de la necesidad de activar esa batería de medidas que propone. Además de estilo, dicen que el presidente de Francia tiene mucha suerte. La va a necesitar con la canciller: si le falla, su refundación y su carrera, y hasta los divinos ropajes de Europa, podrían quedar en manos de una tal Marine Le Pen.

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