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La pareja... ¡al diván!

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 24/05/2014 Patricia Ramírez
La pareja... ¡al diván! © Scott Camazine La pareja... ¡al diván!

Los datos que arrojan las estadísticas de 2012, y posiblemente 2013 siga en la misma línea, son demoledores: entre nulidades, separaciones y divorcios, se rompieron en España más de 110.000 parejas. Es la cifra más alta desde 2008. Sin duda, la mayoría de parejas desea que el amor sea eterno. Cuando decimos que el amor es ciego nos referimos a que el estado de su enamoramiento le dice que este nivel de plenitud le va a durar siempre, que su amor será capaz de superarlo todo, y en ese estado ingenuo, usted termina contrayendo matrimonio o compartiendo vida. Pero ni es oro todo lo que reluce, ni el amor se mantiene de por vida, a veces ni con el mejor de los abonos.

¿Por qué se rompen tantas parejas? Muchos dirán que se han perdido los valores, o que las parejas de hoy día no aguantan la mínima; otros, que las personas se han vuelto egoístas y piensan solo en ellas, que el acceso a las redes sociales permite conocer y estar en contacto con cientos de personas que son potenciales nuevas parejas, que la incorporación de la mujer al mercado laboral le permite tomar decisiones gracias a su independencia económica, que las personas quieren vivir felices y no solo soportarse, y un largo etcétera. Hay cientos de motivos, y todos respetables.

Lo cierto es que la mayoría de las rupturas llegan por el simple motivo de no querer seguir compartiendo la vida con el otro. Nadie necesita justificarse. La sociedad ha evolucionado y nuestro estado de bienestar también. La pareja es alguien con quien se convive, y cuando se deja de sentir junto a ella, por el motivo que sea, también se deja de ser feliz muchas horas al día.

En demasiadas ocasiones, cuando una pareja acude a terapia suele ser tarde, porque lo habitual es ir a un profesional ante la inminencia de una separación, cuando se piensa que esta puede ser la última oportunidad. Normalmente una de las partes continúa enamorada y desearía seguir conviviendo. La otra hace tiempo que se ha planteado que la relación ya no funciona y accede a dar este paso, antes de romper definitivamente, por los años compartidos o por los hijos.

La experiencia aconseja no perder ni el tiempo ni el dinero si tiene claro que no desea seguir con su pareja y que cede solo para no le echen en cara no haberlo intentado todo. Sea honesto. La mayoría de las personas no necesitan compasión, necesitan sinceridad para saber qué decisiones tienen que tomar. Solo debe intentar una psicoterapia si sinceramente cree que le puede ayudar y que puede volver a estar bien con él o ella.

Tampoco vale la pena realizar el intento si está viviendo una situación de acoso, insultos, falta de respeto o maltrato del tipo que sea. Hay personas que, por el dolor que han causado, no merecen otra oportunidad, ni siquiera por los hijos. Deje de tener en casa un modelo de conducta basado en la humillación, el grito, el sistema de control y el autoritarismo. Usted es libre, la soledad no debe darle miedo. Amar significa respeto, estima y consideración.

Para poder participar en una terapia de pareja de forma exitosa, empiece por desmitificar la idea de que es para los que están locos o para los débiles incapaces de solucionar solos sus problemas. A veces invertirá tanto empeño y esfuerzo en arreglar los conflictos por su cuenta que los convertirá en algo más temible. Hay parejas que llegan a consulta y dicen: “Lo hemos intentado todo y no funciona”. Pero intentarlo todo no siempre es intentar lo correcto. Igual se han quemado de tanto querer discutir de otra manera, de probar a ser flexibles, pedir cambios al otro, y han agotado sus respectivas paciencias.

Y lo más importante. No siempre se tienen recursos personales para dar solución a todo en la vida. Hay personas que a través del aprendizaje de otros modelos o de educadores han aprendido a comunicarse de forma asertiva, a ser generosos en la pareja, a respetarse o ser flexibles, a superar las vivencias anteriores que les condicionan. Aunque ahora mismo no se entiendan, no significa que, si ambos lo desean, no puedan llegar a conseguir soluciones con un adecuado entrenamiento.

Se debe acudir a terapia de pareja cuando se sientan mal con lo que comparten. Puede que no sepan repartir las tareas domésticas, o que se hablen sin respeto, que haya uno al que le gusta imponerse, que no se sienta integrado con la familia o los amigos del otro, que no hagan cosas juntos, que el sexo no funcione, que no dediquen tiempo a hablar, que no compartan los mismos valores para educar a los hijos… No se recreen en el sufrimiento y dejen de sentirse frustrados. Hay soluciones para los que tengan el propósito de ser felices.

Los conflictos por pequeñeces van cambiando la percepción positiva de la pareja. Discuten siempre de la misma manera y cada vez se van distanciando más el uno del otro. Llegan a dejar de contemplarse como esas personas cautivadoras y cómplices que eran cuando se conocieron, y cada vez centran más la atención en todo lo que les separa. Y así hasta que llega el día en el que se deja de ver al otro como alguien a quien se desea, con quien le gusta hablar y estar, y pasa a ser lo más parecido a un compañero con quien comparte casa, hijos, responsabilidades, economía y poco más.

La convivencia conlleva obligaciones, buenos y malos momentos, cansancio, responsabilidades, ceder, priorizar, encajar. Para que no se marchite, sigan estos consejos y partan de cero desde hoy mismo. No se echen nada más en cara. Piensen que los dos desean estar bien y que para eso hay que perdonar.

1. No está en guerra, solo en pareja. Hágase esta pregunta antes de iniciar un reproche: ¿qué busca, herir o que el otro cambie algo que le molesta y limita el buen funcionamiento de la pareja? Preste más atención a lo que le llevó a enamorarse, qué le atrajo, dónde está el encanto de la persona con la que convive. Dirija su atención a lo que une, a lo que desea, en lugar de lo que detesta y le distancia. Él o ella son los mismos de entonces, lo que ha cambiado es la actitud entre los dos.

2. Hagan cosas en común. Realice actividades consensuadas, relacionadas con el placer y el disfrute. Hay que estar unidos, tanto en las obligaciones y la rutina como en el ocio. Eso no significa hacer todo juntos, pero sí compartir momentos que inviten a reír, a disfrutar de un poco de calma, de conversaciones relajadas, de recuerdos y de tiempo para el sexo. Aprenda a relajarse con su pareja.

3. Pida. Muchas personas en pareja se sienten insatisfechas y desdichadas porque su compañero no es capaz de satisfacer sus necesidades, incluso las más vitales como son las sexuales. ¡Pero cómo le van a satisfacer si no pide por su boca lo que necesita! Nadie tiene capacidad de adivinar. Si quiere algo de su pareja, como colaboración en casa, hablar de algún tema o que le diga que la comida está exquisita, solo tiene que preguntar o pedir. La confianza está para esto, no solo para compartir el cuarto de baño.

4. Sea generoso. Si existe el interés por romper con la dinámica negativa, tiene que estar abierto a las solicitudes de cambio del otro. No ceda en nada que vaya contra su escala de valores o en algo que le suponga un sacrificio enorme. Esta no es la solución. Se trata de compaginar y compenetrarse en lo que sea sencillo. A veces basta con poner un poco de atención a las necesidades del otro y complacerle. Y no compare lo que da con lo que recibe.

5. Piense en lo que le agrada y aprecia. Si atraviesa por un mal momento, lo normal es que esté muy centrado en lo que le hace sentir mal. A partir de hoy, lleve un registro de lo contrario. Obligue a su cerebro a buscar lo que le complace, los detalles, la sonrisa, un gesto de complicidad o un momento agradable. Anote todo y compártalo con su compañero en un momento de relax por la noche. Es agradable que se aprecie el cambio y saber qué tiene valor para el otro.

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