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La Policía está pegando a mis vecinos en el 1-O

Logotipo de El Confidencial El Confidencial 01/10/2017 Juan Soto Ivars

Estoy en contra de la independencia pero os digo una cosa tras mucha calle: España ha perdido hoy el norte y está más cerca de perder el nordeste. La cola en la puerta del colegio electoral es un animal con muchas cabezas. Cada cual piensa a su manera. Hay testimonios inauditos en esta cola. "Yo votaba al PP y he venido a votar cuando he visto policías pegando a señoras de mi edad. Ponlo". Me lo pide una señora de 78 años. "Soy charnego, pero yo voto hoy mi no a la independencia aunque me den de hostias. Ayer no pensaba hacerlo". Me lo dice un hombre que me cubre con su paraguas mientras tomo notas.

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El tiempo anuncia una tormenta de palos en la ciudad. Domingo, día gris en el que la violencia rompe el frágil equilibro de los grises, eso que todos los nacionalistas llaman equidistancia. En esta cola cada cual piensa a su manera y tiene sus motivos para acudir al colegio, pero los golpes de la Policía no distinguen. Los hemos visto estrellarse contra gente mayor y contra jóvenes. Hemos visto cómo tiraban a una mujer por unas escaleras. Y yo, defensor del gris durante todo este proceso, defensor de la ley también, pienso ahora en lo mucho que han cambiado las cosas durante este domingo negro.

Agentes de la Policía Nacional forman un cordón policial en el IES Tarragona. (EFE) © EFE Agentes de la Policía Nacional forman un cordón policial en el IES Tarragona. (EFE)

España ha perdido los papeles reprimiendo a gente que iba con un papel a una urna. El Estado podría haber detenido a los instigadores de la sedición pero la ha emprendido con el eslabón más frágil y más inocente. A quien se atreva a justificar la violencia le diré algo: la Policía no está golpeando a los políticos que se saltan la ley, ni al independentismo. La Policía está pegando a mis vecinos. Los matices y las discrepancias se acaban en estos golpes.

No me importa lo que piensen mis vecinos. No me importa si ofenden lo que para mí es importante, no me importa que yo piense que muchos están muy equivocados. Esta gente que guarda cola mientras rulan los vídeos de otras colas brutalizadas son los peatones que me encuentro por la calle cada día. Algunos cuelgan banderas en sus casas y otros se niegan a hacerlo. Seguro que algunos me han insultado por Twitter cuando publico mis opiniones sobre el referéndum de Puigdemont. Pero las hostias interrumpen la complejidad. No me importa quién sean. Son nosotros, piensen lo que piensen.

La cola a las puertas del colegio electoral es una masa heterogénea de gente que acude a votar. Otro día hablaremos de la responsabilidad del Govern y de la responsabilidad del Estado sobre este desenlace indefendible. Aquí hay una legalidad violentada, un doble llamamiento a la democracia que carece, en las dos partes, de honestidad. Pero no es el día para esto, porque hemos visto en las calles de Barcelona cosas inaceptables. Amigos míos que no pensaban votar acuden a hacerlo después de ver lo que está pasando. El “a por ellos” se ha materializado.

Esto hay que verlo, hay que vivirlo y hay que respirarlo, no sirven de nada las redes sociales y toda su morralla manipulada. Cuento lo que he visto con honestidad, mientras cada cual se agarra a lo que le conviene para justificar sus opiniones. Yo seguiré teniendo las mías: no a la independencia, sí a un cambio constitucional y a un referéndum pactado que nos saque del laberinto, no a cualquier acto de fuerza unilateral. Pero esa gente que hace cola son mis vecinos y no me importa lo que piensen. Tampoco me importa lo que pienso yo.

A las once y media de la mañana, en la cola del colegio electoral de la calle Bailén, hay niños que tienen los ojos muy abiertos y están memorizando lo que ocurre. No lo olvidarán nunca. Hoy en Cataluña hemos creado una generación que podrá decir que corrió delante de los grises. Dirán que iban a votar y que llegó la Policía y empezó a repartir hostiazos. Y a nadie le va a importar que el referéndum fuera ilegal. Urnas contra golpes.

De pronto se oyen furgones y la cola, como si tuviera voluntad, se mueve para bloquear la calle. Son personas normales y corrientes de todas las edades que han visto lo que está pasando en otros colegios pero nadie se larga acobardado. Se hace un silencio espeluznante, se oyen las sirenas de la policía. "La fuerza nuestra es pasiva y callada", me dice un hombre. Las furgonetas han pasado de largo esta vez. Varios jóvenes estaban pidiendo a un bus lleno de turistas que se atravesara para bloquear el tráfico en la calle Balmes.

En las redes se leen cosas: si estos votantes no hubieran obstaculizado el paso de la Policía no se habría desatado la violencia. Pero es un argumento sin ningún tipo de peso, porque lo que hay en la calle es gente que no ha quemado una papelera y permanece pasiva cuando se abren las puertas de los furgones. Nadie le puede negar a esta gente de la calle que ha recibido palos y se ha resistido de manera pacífica. Su referéndum no tiene validez. Ni siquiera está claro el censo. No confío en que haya recuento.

Pero hoy la democracia era estar en la calle. La cola a la puerta del colegio ha sido una expresión democrática, por más opacas y fraudulentas que sean estas urnas.

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