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La red de seguridad de Yarga

El Mundo El Mundo 02/06/2014 ALBERTO ROJAS

La supervivencia no es un desafío menor para Yarga Hamidanoupoa. Cada día recorre varios kilómetros por el desierto con un bebé a cuestas para conseguir varios litros de agua potable y un poco de leña, cada vez más difícil de encontrar. El aire quema como si estuviéramos rodeados de varios incendios, pero Yarga no puede detenerse y muele el sorgo en un gran mortero. Trabaja duro al amanecer porque luego, cuando el sol llegue a lo más alto, cualquier esfuerzo la debilitará, y si se debilita puede enfermar y morir. Y eso es algo que no puede permitirse una madre en el Sahel. Es la ley del desierto.

"La inundación llegó por la mañana. En pocos minutos el agua nos llegó al pecho y arrasó nuestra aldea", recuerda Madiega Guandou, sentada a la sombra de un enorme baobab mientras el viento arrastra briznas del infierno. "Mi familia consiguió llegar a aquella colina y salvar la vida, pero mucha gente murió arrastrada por la corriente. Nunca habíamos visto algo así", y le señala los campos baldíos por las riadas al periodista blanco, ese ser caído de otro planeta en este desierto.

Madiega, madre de nueve hijos y víctima de las inundaciones de 2010, que arrasaron parte de sus escasas cosechas en pocas horas, es una de las beneficiarias de la ayuda al desarrollo que la Comisión Europea distribuye por estas tierras. "Tenemos miedo de que esas lluvias vuelvan. Nosotros dependemos del agua para sobrevivir, y aquí cada vez llueve menos, pero últimamente lo hace con mucha más violencia". El 80% de los 17 millones de habitantes de Burkina Faso, uno de los países más pobres del mundo, tercero por la cola en mortalidad infantil, son agricultores que viven cara a cara con la arena desnuda, intentando obtener algo más que un arbusto espinoso.

En pleno proceso de formación del Parlamento Europeo, los responsables de esta ayuda miran con recelo los buenos resultados de los partidos euroescépticos, que tienen en su punto de mira estos programas de ayuda al desarrollo, una auténtica red de seguridad alimentaria a 18 millones de personas desde Costa de Marfil hasta la frontera con Libia: "La gente debe saber para qué sirve la UE. Si nos vamos de aquí se acabó esta labor que tanto nos ha costado poner en marcha. Y de este trabajo dependen vidas", dice Eric Pitons, responsable de la ayuda europea en la zona del Sahel.

La aldea de Goudebo, en Burkina Faso, es un buen ejemplo de cómo esa ayuda, coordinada por la Comisión Europea y gestionada por ONG como Oxfam o Acción Contra el Hambre, marca la diferencia entre seguir viviendo en un medio hostil o tener que emigrar. Todo el programa del Sahel se basa en una palabra: "resiliencia", es decir, la capacidad de los sujetos para sobreponerse a períodos de dolor emocional y situaciones adversas. "Un 20% de esta gente sobrevive con medio dólar al día. La clave es dotar a estas comunidades de ciertos recursos para que, cuando lleguen las catástrofes, estén preparados y puedan hacer frente al hambre y la enfermedad". Y de fondo, no tan lejos, la guerra de Mali, el terrorismo de Boko Haram y la acción de los especuladores de alimentos resultan mucho más letales que cualquier catástrofe natural en la zona. Hay comida en los mercados, pero muy pocos pueden pagar por ella.

Goudebo tiene un perfil arrasado donde se asentaba la antigua aldea. La Unión Europea ha construido diques para evitar una nueva inundación, pero lo más importante se desarrolla al otro lado del pueblo: con una sencilla motobomba, un sistema de regadío ha convertido una porción de desierto en un vergel. En esa huerta crecen tomates, pepinos, pimientos, cebollas, varios cereales y hasta melones. "Es evidente que nuestro presupuesto no es muy alto, pero con poco dinero puede hacerse mucho", afirma Pitons. "De esta plantación come una aldea completa. Y tenemos una motobomba en cada pueblo de esta provincia de Gnagna", dice Malata Lompo, de Acción Contra el Hambre, una simpática burkinesa que aún habla el español que aprendió en Cuba muchos años atrás.

A pocos kilómetros de allí, la Unión Europea ha montado una pequeña factoría de harina infantil a base de varios productos locales, como cacahuetes, fruto de baobab, azucar... No necesita frío y las madres aprenden rápido a cocinarla. "Es una pasta muy energética, ideal para los niños. Podemos abastecer gratuitamente a muchas aldeas con un coste ridículo y reducir considerablemente la mortalidad de los menores de cinco años", comenta Pitons. "No podemos permitirnos que mueran cientos de miles de niños como sucedió en 2011". Tres centros de salud, que atienden a 650.000 personas al año, sobre todo niños malnutridos, se han levantado en las regiones más castigadas por el hambre. En total, la UE dejará en este país 25 millones de euros para potenciar esa "resiliencia". Teniendo en cuenta que las subvenciones al cine español en 2012 fueron 80 millones de euros, lo mismo que se gasta Defensa en un caza de combate Eurofighter o la Comunidad de Madrid en su canal autonómico cada año, no parecen demasiado esos 25 millones europeos en un programa de ayuda al desarrollo para 6,8 millones de beneficiarios, sobre todo niños en riesgo de morir por desnutrición.

Para evitarlo, la UE ha puesto en marcha un sistema gratuito de alimentación escolar: los niños, a la salida del colegio, se lavan las manos por turnos y esperan disciplinados a que una cocinera les sirva su ración bajo un sol que duele. "Así nos aseguramos que todos los pequeños hagan al menos una comida energética al día". Más de 1,4 millones de niños sufren cada año malnutrición severa en el polvoriento cinturón del Sahel.

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