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La Roja, una marca a explotar

EL PAÍS EL PAÍS 08/06/2014 Miguel González

Si el Barça es más que un club, ¿puede ser La Roja más que una selección? En vísperas del arranque del Mundial de Brasil, el Ministerio de Asuntos Exteriores estudia cómo potenciar la “diplomacia deportiva” —o, más específicamente, la diplomacia del fútbol— para sacar algún rédito extradeportivo a la popularidad de la selección nacional.

“El éxito del fútbol español […] debidamente entendido y difundido puede ayudar a reforzar la identidad nacional de los españoles, […] servir de modelo para el aprovechamiento de este privilegio geopolítico en otras áreas de actuación y proyectar internacionalmente una imagen de España que vincule sus logros con sus raíces”, señala el documento El éxito del fútbol español; clave geopolítica y potencial diplomático, elaborado por la Oficina de Análisis de dicho departamento.

El texto repasa casos de utilización política del fútbol, desde el partido jugado por el Dinamo de Kiev contra un conglomerado nazi bajo la ocupación alemana (el primero ganó y todos sus jugadores fueron fusilados), hasta la victoria de la selección argentina en el mundial de 1976, que reforzó la dictadura militar; o el encuentro entre las selecciones de El Salvador y Honduras, en 1969, que desencadenó la llamada Guerra del Fútbol, con un saldo de 6.000 muertos.

Pese a estos antecedentes, alega, “el fútbol ha demostrado ser un factor de unión más que de discordia”, como prueba que la FIFA cuente con 208 miembros (15 más que la ONU), y tiene “una capacidad de penetración [social] muy superior a cualquier otro deporte”.

Un informe propone asociar la selección a un proyecto como el sistema de trasplantes

El ministerio de Exteriores reconoce, no obstante, que “el fútbol tiene un impacto muy amplio en la sociedad, pero no muy profundo” y que los recientes éxitos de la selección española han coincidido con el auge de las corrientes separatistas en Cataluña o el País Vasco. Y ello, argumenta, “porque sólo si un equipo significa algo; es decir, si se identifica con unos valores socialmente compartidos y ayuda a promoverlos, puede esperarse razonablemente que sus éxitos tengan algún impacto real en las actitudes de la gente”. En consecuencia, propone asociar la imagen de La Roja “con algún proyecto nacional y con significación ética”. Por ejemplo, el sistema nacional de trasplantes de órganos.

El fútbol, agrega la nota, también sirve para promover o escenificar la reconciliación después de un conflicto. Así sucedió con la organización conjunta del mundial de 2002 entre Corea y Japón; el partido jugado en 2010 entre las selecciones de Armenia y Turquía; o la visita de la selección brasileña a Haití en 2004. Este último encuentro no solo sirvió para reforzar la misión de paz de la ONU, que mandaba un general brasileño, sino que permitió avanzar en el desarme, porque “alguien tuvo la brillante idea de distribuir las entradas a cambio de armas”.

“La selección española de fútbol tiene en este momento un potencial diplomático comparable a la brasileña”, subraya la nota. “Es conveniente que la diplomacia española tenga presente ese potencial para ponerlo a disposición de algún proceso político comparable al de Haití”.

Pero no solo La Roja en su conjunto, sino jugadores individuales o clubes de fútbol podrían “servir a otros propósitos, como la cooperación al desarrollo”. Exteriores constata, “con cierta perplejidad, que no hay un solo español” en la lista de embajadores internacionales de buena voluntad de la UNICEF, a pesar de que España cuenta con deportistas de proyección internacional y algunos, como Pau Gasol y Fernando Alonso, son embajadores de UNICEF Comité Español. “Hay un inmenso capital humano insuficientemente desaprovechado”, se lamenta.

Pero la diplomacia deportiva no consiste sólo en utilizar el deporte para otros fines (la cohesión nacional, la mejora de la imagen de España o el apoyo a causas altruistas), sino también en practicar la diplomacia dentro del deporte; lo que incluye “la promoción de candidaturas para organizar eventos deportivos, el reforzamiento de la presencia nacional en organismos deportivos internacionales o la promoción de empresas nacionales en los mercados relacionados con el deporte”. Aunque no proponer expresamente imitar lo, recuerda que el ministro de Asuntos Exteriores francés, Laurent Fabius, ha creado en su departamento el cargo especial de Embajador para el Deporte.

Ni siquiera se olvida el informe de citar la “extraña relación” entre el jugador de la NBA Dennis Rodman y el líder norcoreano Kim Jong-un, que interpreta como una forma de mantener “un hilo de comunicación” entre Washington y Pyongyang “ante situaciones de crisis en que los canales diplomáticos pudieran estar cerrados”. En cambio, pese a la profusión de ejemplos que incluye la nota, se olvida del más cercano: el partido jugado por la selección española en Guinea Ecuatorial en noviembre pasado, lo que se interpretó como un gesto hacia el régimen dictatorial de Obiang. Un caso práctico de la diplomacia del fútbol que ha existido siempre.

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