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La sala de montaje que casa a los tróspidos

Logotipo de El Mundo El Mundo 27/09/2017 EDUARDO FERNÁNDEZ

Una madre y un hijo casamentero discuten con vehemencia mientras la presentadora Luján Argüelles, aparentemente impasible, se sirve y mastica tortilla de patatas. Ambas escenas ocurrieron, aunque no al mismo tiempo. En el equipo de edición ensamblaron las imágenes y entregaron el resultado a los jefes. Esta broma en particular no superó la criba, pero sí muchas otras, hasta convertir un proyecto de dating show al uso en un género propio, como si las lecciones de montaje del cine soviético de Eisenstein se aplicaran actualmente en color rosa y con la risa como única ideología. "Nos encontramos con un material con potencial para convertirse en comedia. Cuando nos dimos cuenta, estábamos editando algo que casi no se había visto en televisión. Los jefes vinieron y dijeron '¿qué es esto?', y luego 'pues es divertido, que lo vea el cliente'. El cliente, es decir, la cadena, dijo después 'uy, me mondo, tirad para adelante'. Aun así, algunas piezas se nos iban de las manos. Hubo que ceder en algunos chistes que tengo clavados en el corazón [como la deglución de tortilla por parte de la presentadora], pero ahora ya no se nos asuntan por nada", repasa Marta Torres, productora ejecutiva y guionista de ¿Quién quiere casarse con mi hijo?, que este miércoles a las 22.45 horas se emite en Cuatro.

Max Teszkiewicz, jefe de edición del formato, ya trabajaba con Marta Torres entonces, allá por 2011.En las redes sociales celebraron la osadía y bautizaron a los solteros como los tróspidos. El tiempo pasa, pero el amor no caduca. Ambos profesionales rematan estos días la quinta entrega de la producción de Warner Bros ITP, origen de otros programas de los mismos responsables como Un príncipe para Corina. En un edificio al norte de Madrid, ante dos pantallas de ordenador, un monitor y un televisor plano en lo alto de la pared, rememoran, entre risas e interrupciones, otro de sus primeros hallazgos:

- Había dos candidatas peleándose y se escuchaba a Pimpinela.

- O lo hacíamos así o eso no había forma de editarlo.

- Ni de enterarse.

- Tenía más sentido Pimpinela.

- Contaba más la canción que las palabras que se oían, que no contaban nada, así que decidimos doblar las voces de las chicas.

Los dos representan a una veintena de profesionales dedicados a la edición, un área "mayor de lo habitual" en comparación con otros programas, tal y como reconoce Torres. "No nos inventamos la realidad, sino que exageramos situaciones", defiende Torres, si bien admite que hacen "un caldito concentrado" con cada participante, seleccionando lo más característico de la personalidad de quienes se presentan a conquistar a los solteros protagonistas.

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Grabación y edición, asegura Torres, funcionan de manera independiente. Ambos trabajos se dan la mano cuando el material registrado pasa por cabinas de montaje en las que se precorta. "De unas tres, cuatro o cinco horas, se dejan sólo alrededor de 15 minutos", calcula Teszkiewicz, aunque "el ratio varía". Con la paja ya separada del grano, elaboran "pequeñas historias, por ejemplo, que el soltero sale a tomar café con las candidatas o que van todos juntos a montar a caballo", secuencias aparentemente anodinas... hasta que entran en la sala de edición. Torres apunta: "Cada cinco minutos en pantalla pueden haber supuesto tres o cuatro horas de grabación, una salvajada". Reunidas todas las "piezas", como las llaman, toma forma el capítulo completo -en la escaleta en la que trabajan se cuentan 26 para componer el octavo episodio de la presente temporada-.

El humor del programa ha elevado progresivamente sus límites, hasta el absurdo. "Aquí, alguien mira al techo, ve la Capilla Sixtina... y no pasa nada", indica Torres. En la labor de edición, Teszkiewicz tan sólo esboza esos fingidos frescos, que luego se incorporan en postproducción, un departamento que dirige Javier Caballero. Finalmente, se considere un mero pegote o puro arte, todo casa... a la espera de que, camino al altar, no se tuerzan las relaciones.

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