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La subversión millonaria de Banksy

EL PAÍS EL PAÍS 06/06/2014 Patricia Tubella

“No puedo creer que vosotros, idiotas, realmente compréis esta mierda”, fue la respuesta de ese misterioso personaje del arte urbano apodado Banksy a la elevadísima cotización de tres de sus trabajos en una subasta de Sotheby´s en 2006. El hoy grafitero más famoso del mundo, que por entonces comenzaba a afianzarse como un fenómeno cultural de nuestro tiempo, estampó la misiva en una litografía colgada en su web y que, vaivenes de la vida o del mercado, pende desde esta semana en la sala de exposiciones de la misma firma londinense como parte de la primera retrospectiva “no autorizada” de la obra del artista. La subversión, encerrada entre las cuatro paredes de una galería enclavada en el exclusivo barrio de Mayfair, vale millones.

El autor de esas siete decenas de obras que desde el próximo miércoles exhibirá el espacio S|2 de Sotheby´s por supuesto no ha acudido hoy a su presentación. “¡Odia la idea!”, nos confirma el comisario de la muestra y su antiguo agente, Steve Lazarides, sobre la proclamada aversión de Banksy a la comercialización de sus trabajos en galerías de arte al uso. Así se lo ha hecho saber el artista a través de un correo electrónico -hace años que no se hablan- aunque tampoco puede hacer nada al respecto, porque él mismo vendió en su día esa producción que abarca desde sus primeros años aerosol en mano y perseguido por la policía en las calles de Bristol hasta la consagración de su firma a mediados de la pasada década. Y ahora Lazarides se dispone a “reajustar” el nuevo valor en el mercado de esas imágenes que ilustran a un Winston Churchill con cresta de punk, a dos bobbys besándose apasionadamente o a la estampa de la reina de Inglaterra transmutada en un mono, gestionando su reventa al mejor postor.

Al margen de los réditos pecuniarios que acabe entrañando la operación, el despliegue de esos trabajos ejecutados entre 2000 y 2009, año de la ruptura entre ambos, “conforma el relato de una trayectoria que explicará al público el fenómeno Banksy”, defiende Lazarides, un antiguo fotógrafo que en su juventud documentaba las primeras incursiones nocturnas del grafitero en su Bristol natal y acabó formando equipo con él, convirtiéndose en su agente de facto. Fueron los años en los que el artista urbano transitó desde los abstractos del aerosol hacia una narrativa definida por un mensaje antisistema a través de piezas satíricas sobre política, tensiones sociales o la cultura pop. Los estarcidos con plantilla son el sello de Banksy plasmado en los espacios públicos de tantas ciudades, pero la exposición de Sotheby´s también ilustra su faceta menos conocida como escultor o pintor al óleo: la figura, por ejemplo, de una bailarina que emula a las de Degas pero el rostro cubierto con una máscara antigás, o ese cuadro del mar bajo un cielo soleado cuyo carácter bucólico rompe la presencia en la playa de un preso con el “uniforme” de Guantánamo, el mono naranja y una capucha en la cabeza.

La identidad del autor sigue siendo desde entonces un gran interrogante que alimenta el mito, y también la promoción de su firma. Por eso Lazarides no suelta prenda sobre el personaje, de quien se especula que es un varón blanco de treinta y pocos años e inglés. Lo único que confirma es que se trata de un artista autodidacta a quien él mismo contribuyó a afianzar en la escena del arte organizando los famosos stunts de Banksy, como su incursión del 2004 en el Museo de Historia Natural de Londres donde logró colgar una de sus piezas, nada menos que una rata disecada y pegada a un cartel: “Se vistió de operario, lo colgó en la pared sin que nadie se percatara y contactamos con la prensa para contarlo”. El célebre roedor que ahora cuelga en una de las paredes de la exposición de S|2 está valorado hoy en medio millón de libras.

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Cuando el Street art entra en la ecuación del mercado, gracias en gran medida a la publicidad recabada por Banksy, los murales concebidos como “arte público” empiezan a ser desgajados para su subasta por los propietarios de los inmuebles en cuyas paredes ha aparecido una noche un grafitis. Esa práctica es calificada de “inmoral” por Lazarides, porque esas obras “que nunca fueron concebidas para la comercialización son arrancadas de su contexto, del barrio que el artista ha elegido para relacionarlas con el entorno”. En ese punto coincide con su antiguo amigo Banksy, a quien todavía define como un “activista social” cuyas tretas publicitarias, asegura, sólo persiguen hacer llegar su mensaje a un máximo de público.

Separados sus caminos en 2009, los dos se han hecho muy ricos dentro y fuera del sistema. Lazarides fundó una galería en Londres considerada líder en el mercado internacional del arte urbano, del que ha sido uno de los grandes artífices. Banksy continúa con sus incursiones en el llamado “arte de guerrilla”, una de las más recientes el pasado otoño en las calles de Nueva York donde cada noche estampaba una obra en alguno de los inmuebles de la ciudad para dar después cuenta mediática en su portal. La ambigua recepción de los neoyorquinos sugiere que el fenómeno comienza a “quemarse”. Quizá por ello piezas nunca exhibidas en público, como la imagen de ese niño africano moribundo que el artista ha coronado con el lema de una hamburguesería global, salen ahora a la luz en una galería londinense para su exhibición y, sobre todo, su venta todavía en el pico de la cotización.

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