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La tierra prometida

EL PAÍS EL PAÍS 02/06/2014 Mauricio Vicent

No hay un solo Haití. Hay muchos Haitís y lo sabe bien el antropólogo y sacerdote Ambroise Gabriel, director nacional de las 17 escuelas que la organización jesuita Fe y Alegría tiene abiertas en el país, en las que se educan más de 3.000 niños y jóvenes haitianos. También lo sabe Stéphanie Balmir Villedrouin, la ministra de Turismo de la isla caribeña, a cargo de la difícil tarea de convertir su sector en pilar del desarrollo económico de uno de los países más pobres de la tierra. Ambos están en contacto con dos realidades distintas. El padre Gabriel lidia cada día con uno de los grandes problemas nacionales, la educación, en un país en la que solo el 12 % de los colegios son públicos, el 50% de la población tiene menos de 20 años y todavía hay demasiados niños sin escolarizar. La ministra Balmir Villedrouin se mueve en la parte superior de la pirámide. Sus interlocutores son élites y empresas extranjeras que empiezan a buscar oportunidades en la isla, como las compañías norteamericanas Best Western o Marriott, que prevé abrir el año próximo un hotel de 175 habitaciones en Puerto Príncipe.

1-Canaán

El nombre de la tierra prometida es también el de uno de los campamentos de refugiados más grandes del país. Establecido tras el terremoto de 2010 en unos terrenos inclementes a las afueras de la capital, el lugar, hoy reventado de hogares que en algunos casos son solo tiendas de campaña y en otros chabolas hechas de latón y maderas, ha ido creciendo anárquicamente y sin ningún tipo de servicio básico. No hay electricidad, ni agua corriente, ni sistemas de eliminación de desechos… no hay casi de nada en Canaán.

En la escuela de Canaán los padres tienen que participar, algunas madres cocinan, otros pintan paredes cuando hay que pintar

Nadie sabe con exactitud cuanta gente vive aquí (70.000, 100.000 de hasta 250.000 personas se habla). Pero sí es seguro que una gran parte de sus habitantes son niños -y si un tercio de los 10 millones de haitianos tienen menos de 15 años, basta calcular-. Ante la situación extrema de Canaán, Fe y Alegría abrió una pequeña escuela comunitaria en 2010, germen de la de hoy.

El padre Gabriel recuerda que al principio las clases se impartían en carpas en uno de los terrenos que facilitó la comunidad dentro del campamento. 50 niños recibieron educación el primer año. La escuela fue creciendo poco a poco y gracias a ayudas diversas se construyeron aulas e instalaciones donde hoy estudian 488 alumnos, desde preescolar hasta octavo grado.

Alumnos de la Escuela Comunitaria Du Bas de Canaán, en Puerto Príncipe. / maurico vicent

Dina Sánchez, la monja puertorriqueña que dirige el plantel, tiene 101 niños en las aulas de preescolar y dice que allí se ven cosas “tremendas”. “Muchos pequeños solo comen cuando vienen a la escuela. Los padres salen temprano a buscarse la vida en la ciudad y vuelven de noche, así que los niños pasan casi todo el tiempo solos. A veces llega el lunes y se desmayan de hambre porque no han comido en todo el fin de semana”, cuenta.

El colegio, subvencionado por distintas ONG, gasta mensualmente 1.500 dólares en comida y otros 3.700 en pagar los salarios de los 18 profesores y 7 colaboradores de la escuela (el salario promedio de un profesor en la enseñanza pública es de 130 dólares mensuales, y en la privada es inferior). Pero la labor, explica el padre Gabriel, no consiste solo en formar a los niños, Fe y Alegría también trata de educar a los padres y al Gobierno.

En la escuela de Canaán los padres tienen que hacer trabajos para el plantel: algunas madres cocinan, otros pintan paredes cuando hay que pintar o ayudan a construir cuando hay fondos para levantar una nueva aula. El 80% ya asisten a las reuniones de padres. En Haití, donde hasta en los colegios públicos hay que pagar por el uniforme, la comida y los libros (un gran sacrificio en un país en el que hay 7 millones de padres), la gente tiene que implicarse o no se llega a ningún lado.

El padre jesuita Ambroise Gabriel (centro) en la escuela de Canaán. / fe y alegria

El padre Gabriel asegura que “Fe y Alegría es defensora a ultranza de la enseñanza pública”. Reconoce que el Gobierno ha hecho un esfuerzo en materia de educación –según datos oficiales, gracias al programa Educación Gratuita para Todos, 1.300.000 niños han sido escolarizados en los últimos años -, pero dice que “para que las cosas funcionen la politiquería debe salir del debate de la educación y se debe trabajar por una enseñanza de calidad”. De poco sirve escolarizar a los niños si después solo terminan el ciclo de primaria el 50% de los que empezaron. “La calidad de la enseñanza es lo primero”, repite, señalando que el actual sistema educativo en este punto falla. “Hay que realizar una reforma estructural que permita crear un sistema educativo sostenible y de calidad, y para ello es necesario la voluntad política”, dice. No vale con que venga una ONG y resuelva el problema en tal o cual lugar, y que cada cual haga lo que le dé la gana. “El ministerio de Educación debe tomar las riendas y ordenar el actual descontrol”, enfatiza. Pone como ejemplo de las cosas positivas que pueden hacerse el contrato firmado por el Gobierno con Fe y Alegría, según el cual Estado debe de hacerse cargo del pago a los profesores en sus colegios, al menos eso. “La firma ya está pero el cheque se demora”, bromea…Aún así, admite, son los primeros pasos en la buena dirección.

El padre Gabriel es haitiano. Y sabe que de la educación - también de las autoridades- depende el futuro de su país. Aunque el Gobierno durante décadas ha estado ausente, este jesuita quiere pensar que la situación puede cambiar.

2. Cotes-de-Fer

Si Haití quiere dejar de ser un país receptor de cooperación internacional y generar sus propios recursos tiene que desarrollar el turismo

Stéphanie Balmir Villedrouin es la ministra más joven del gabinete de Michel Martelly y tiene una de las responsabilidades grandes: desarrollar la industria turística en un país sin infraestructuras y con una miseria galopante. No es fácil, admite, pero es “vital” si Haití quiere dejar de ser un país receptor de cooperación internacional y generar sus propios recursos para desarrollarse.“Este país tiene potencialidades, recursos naturales y una cultura que no pueden subestimarse”, defiende.

En enero estuvo en FITUR y antes había pasado por otras 15 ferias internacionales con el propósito de “reposicionar Haití en los mercados” y cambiar la imagen del país. El mes próximo vuelve a España para mostrar a posibles inversionistas los planes de desarrollo que tiene su Gobierno en la costa suroeste, desde Cotes-de-fer a Ile a Vache. El plan es construir allí miles de habitaciones para el turismo internacional, en varias fases, tomando como modelo de desarrollo el de Punta Cana y la Riviera Maya. “Uno de los proyectos es trabajar con programas multidestino en la región, hay muchos planes en marcha”, dice con vehemencia.

La ministra de Turismo de Haití, Stéphanie Balmir Villedrouin / m. vicent

Balmir Villedrouin irradia entusiasmo: “Estamos solo empezando y ya vemos los primeros resultados. En 2012 visitaron nuestro país 320.000 personas y el año pasado fueron 100.000 más. Se estima que este año llegaremos a medio millón e importantes cadenas hoteleras norteamericanas ya han entrado en Haití. También está la española NH, que gestiona el hotel El Rancho en Pétionville”. Dispara cifras y proyectos sin pausa, y uno se pregunta si es consciente de que la ausencia de infraestructuras o de un sistema de salud fiable, no hablemos de la formación de los empleados del sector o de la pobreza extrema, atentan contra sus propósitos. ¿Qué inversionista en sus cabales podría arriesgar su dinero aquí?, es la pregunta.

Para todo tiene respuesta. Sobre el tema de la educación, explica que ya hay funcionando varias escuelas de turismo en la isla y que el año pasado ella misma inauguró con Martelly el Instituto de Formación en Hostelería y Turismo de Les Cayes, primero que el Gobierno abre fuera de la capital como parte de los esfuerzos para descentralizar la oferta de formación turística. Sobre las infraestructuras, en el caso de Cotes-de-fer, por ejemplo, dice que se han construido 15 kilómetros de carretera para unir el lugar donde se construirán los resorts con el futuro aeropuerto. Sobre la salud, afirma que en Puerto Príncipe hay hospitales de calidad y que en todos los polos turísticos estará garantizada la asistencia. Sobre el turismo de gueto también tiene respuesta: “No lo queremos. Promoveremos un turismo que entre en contacto con el país y sus valores, que se relacione con la gente y sirva para promover el desarrollo local…·

Cayo virgen haitiano. / Ministerio turismo Haiti

Pero… y qué de la miseria escandalosa y de la desigualdad atroz que uno ve en la calle (que al turista promedio con seguridad espanta). Balmir Villedrouin dice que sí, que es verdad, que la miseria está ahí y es sangrante y que a ella también le duele. “Pero algún día la industria turística tiene que empezar a andar y es necesario cambiar la mentalidad. Podemos seguir hablando todo el tiempo de miseria y no iremos a ninguna parte, eso no va a ayudar a Haití. O podemos empezar a trabajar…”.

 3.  El presupuesto de Educación de Haití es exiguo, no llega al 4 % del PIB, mientras que el turismo aporta hoy muy poco (sobre un 5 %) al presupuesto nacional, que es de 3.270 millones en 2014. El horizonte que queda por delante es inmenso, coinciden la ministra de Turismo y el padre jesuita Ambroise Gabriel.  

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