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La tiranía del éxito y del fracaso

EL PAÍS EL PAÍS 08/06/2014 Rosa Montero

A raíz de la muerte de ese gran campeón que fue Yago Lamela, los medios han vuelto a desempolvar una vez más la larguísima lista de damnificados del deporte. Los famosos juguetes rotos. Al parecer Yago ha muerto de un infarto, pero cuando dejó la competición atravesó por un periodo depresivo que requirió su ingreso en un psiquiátrico, hecho que fue ampliamente reflejado en la prensa. Tal vez ésa sea la principal diferencia, el handicap mayor en la existencia de los famosos: que sus debilidades y sus derrotas son un espectáculo público. Curiosamente, el ciclista Chava Jiménez murió también de infarto en el año 2003 mientras se encontraba ingresado en una clínica por una depresión. Los dos estaban en la treintena, eran fuertes, habían sido atletas de élite. Pero la vida les rompió literalmente el corazón. A veces el cuerpo es de una elocuencia ensordecedora.

Y hay más, claro. Muchos más. Como Jesús Rollán, el mejor portero de waterpolo del mundo; o como el futbolista Robert Enke, o el boxeador Urtain. En fin, para qué seguir. A primera vista se diría, en efecto, que los atletas de élite compran más papeletas para la rifa de la desesperación. Reflexionando un poco sobre ello, sin embargo, creo que su experiencia está mucho más próxima a la del resto de los humanos de lo que nos creemos. Sólo que ellos son empujados obsesivamente a llevarlo todo más al extremo, como llevaron hasta las fronteras de lo imposible su propia resistencia, su sacrificio y su aguante.

Casualmente, mientras moría Lamela yo estaba leyendo las pruebas de un libro formidable que saldrá en España el 1 de septiembre: Open, la autobiografía del tenista Andre Agassi, un texto hipnotizante que me mantuvo una noche despierta hasta las siete de la mañana. Tras acabar Open, me reafirmé en algo que ya sospechaba desde hace mucho tiempo: que el éxito y el fracaso forman la columna vertebral de nuestras vidas. O mejor debería decir los éxitos y los fracasos, siempre múltiples, a menudo simultáneos, un agitado rosario de emociones acerbas.

Ser amado o ser rechazado por sus padres es el primer éxito o el primer fracaso que tiene que asumir un niño. Probablemente nunca seamos queridos del todo tal como nosotros deseamos (todo éxito está empañado de fracaso); seguramente el rechazo no será tan permanente ni tan total como nos tememos (todo fracaso está teñido de esperanza). Pero desde lo más remoto de nuestra infancia empezamos a construirnos como siervos de esos dioses crueles. Triunfar, o creer que triunfamos en algo, nos da la vida. Mientras que el fracaso es tanático, letal, es una sensación que mimetiza a la muerte. Aún peor: si el fracaso se nos desmesura en la cabeza y adquiere proporciones gigantescas, uno preferiría morir antes que afrontarlo. Tal vez eso es lo que les pasara a algunos de los juguetes rotos.

El poder esclavizador que los conceptos de éxito y fracaso tienen sobre nosotros se multiplica además por un malentendido: por la extendida creencia de que uno es un triunfador o un perdedor. Como si el éxito y la derrota fueran destinos únicos, irreversibles, absolutos y finales. Nada más erróneo que eso; no creo que exista ni haya existido en el mundo una sola persona que sólo sea un triunfador o un perdedor. En cada momento de nuestras vidas acumulamos una colección de aciertos y de errores. Quiero decir que todos tenemos éxito en algo y fracasamos en algo; la vida es precisamente eso, una ondulación constante, compleja, mudable. Una suma de opuestos.

El libro de Agassi rezuma el angustiado dolor del tenista ante cada uno de sus fracasos, empezando por el del amor paterno. Pero no creo que su sufrimiento sea mayor que el de tanta gente humilde y anónima. La mujer que comete un error fatal en el trabajo y que es despedida de malos modos puede sentir que la tierra se le abre bajo los pies del mismo modo triturador que un deportista de élite cuando pierde en el momento cumbre de su carrera. ¿Qué es lo que les sucede a los atletas para que parezcan más frágiles y se vean más afectados? En primer lugar, han alcanzado una fama descomunal siendo por lo general muy jóvenes y estando poco preparados para digerirla. Además, como ya he dicho antes, fracasan en público y ante millones de testigos, y lo que más enloquece de la derrota es la humillación que conlleva. Por último, y quizá lo más importante, están tan obsesionados por el deporte, tan entregados a ello, que en sus días apenas hay lugar para nada más. Por fortuna para él, Agassi demuestra en su libro que se ha liberado, que ha crecido. Sobrevivió a la tiránica, falsa dicotomía del éxito y el fracaso, y comprendió por fin que se viven muchas vidas en cada vida. Ojalá esta verdad esencial no nos fuera tan difícil de aprender.

@BrunaHusky, www.facebook.com/escritorarosamontero, www.rosa-montero.com

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