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La velocidad del otoño

Logotipo de Notodo Notodo 14/12/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "La velocidad del otoño" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "La velocidad del otoño"

El último montaje de Magüi Mira vuelve a tratar el tema de la vejez con La velocidad del otoño, de Eric Coble, que se acaba de estrenar en el Teatro Bellas Artes de Madrid. Y de nuevo acompaña a la directora Lola Herrera, después de la espléndida En el estanque dorado (que fue protagonizada también por un Héctor Alterio que curiosamente acaba de pasar por el mismo escenario con otra función de senectud, El padre). La tercera edad está que arde, y demuestra que su calor llega más que el de muchos jovenzuelos.

"¡Soy una mujer peligrosa!", grita Lola Herrera cóctel molotov en mano mientras recibe a su hijo en la ficción, Juanjo Artero, que entra por la ventana después de 20 años sin verse. Y es que la buena mujer se ha atricherado en su palacete amenazando con quemarlo todo si sus otros dos hijos siguen insistiendo en hacerla salir de allí. Pero el tercer hijo en discordia aparece subiendo por su árbol favorito para ejercer de negociador. La velocidad del otoño habla del paso del tiempo y de las siempre complicadas relaciones familiares.


Una función clásica con pequeños detalles que se salen del teatro burgués al uso (el hijo en cuestión es gay, la protagonista muy cuerda no está tampoco que digamos), y Magüi Mira guía con extrema elegancia su desarrollo. Nada se sale de tono con un decorado a medio camino entre lo figurativo y lo conceptual que nos aleja de los decorados de cartón piedra de otras funciones del estilo. Esa iluminación y ambientación musical operística completan la sensación de intimidad y refinamiento del asunto. Que por mucho que Lola Herrera suelte algún exabrupto de vez en cuando o que Juanjo Artero se quede en camiseta sin mangas, no nos engañan.

Y es que la elegancia viene de serie en esta gran dama del teatro, que aquí vuelve a demostrar que ese nombre sólo lo reciben las que lo merecen. La nívea presencia de Lola Herrera invade el escenario, regalando un personaje algo excéntrico y encantador que adora la belleza y el arte. Elegancia, elegancia y elegancia. Herrera maneja a su antojo los tiempos teatrales para hacer fluir la función con delicadeza y llevarla por donde le da la gana. Juanjo Artero por su parte se enfrenta a Herrera (aunque no es la primera vez), saliendo airoso del reto (lo que ya es todo un logro) aunque cierto es que en algún momento se le va un poco de las manos el personaje.

Una función exquisita, bien hecha y recomendable para un amplio público (porque uno ya sabe que no va a ver nada que le rompa los esquemas, evidentemente) que versa sobre temas más que reconocibles y que además demuestra que Lola Herrera sigue siendo una mujer peligrosa. Tanto o más que un cóctel molotov.

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