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La victoria final de la saudí que inició la rebelión al volante

Logotipo de El Mundo El Mundo 02/10/2017 LEYRE IGLESIAS

Manal al Sharif nunca escuchó una canción entera hasta que cumplió los 20 años. (Una, quizá convenga señalarlo, de los Back Street Boys). De pequeña, derretía en el horno las cintas de música pop de su hermano porque eran haram (prohibidas). Desde los 10 años, ya se cubría el cuerpo con la abaya y el niqab para agradar a sus maestros religiosos; sólo sus ojos permitían adivinar que debajo de aquellas telas negras estaba ella. Así que quién iba a pensar que un día

Manal sería la mujer que asombraría al mundo atreviéndose a lo imposible

.

Conducir, y grabarse conduciendo, en Arabia Saudí.

© Proporcionado por elmundo.es

Agarrada al volante de su coche en aquel vídeo de mayo de 2011, Manal, de 32 años, decía: «Las cosas van a cambiar, si Dios quiere». Y lo harán, antes de lo esperado. A última hora del martes pasado, el rey Salman bin Abdulaziz dictó un decreto que, a partir de junio, permitirá emitir licencias de conducir para las saudíes. Manal, que inició la rebelión de las conductoras saudíes subiéndose a la ola de internet, no ha podido evitar las lágrimas de alegría. Aunque el precio que ha pagado por su osadía no se lo devolverá nadie.

Lo cuenta en un libro recién publicado, Daring to Drive: A Saudi Woman's Awakening (Atreverse a conducir: el despertar de una mujer saudí). Su historia es la de una mujer que jamás cuestionó la discriminación en el reino islámico -ellas no pueden estudiar, trabajar, alquilar un piso, viajar o abrir una cuenta sin el permiso de su guardián: marido, padre, hermano o incluso hijo- hasta que algo cambió en su cabeza.

Tenía 30 años. Ya divorciada y con un hijo (Aboudi), había estudiado y se había convertido en la primera mujer que trabajaba en seguridad informática en Arabia Saudí. Lo hacía como consultora en la petrolera Aramco, que le brindó la oportunidad no sólo de vivir junto a su hijo en el compound de la empresa (las urbanizaciones para expatriados occidentales en cuyos límites las mujeres sí pueden conducir), sino de trabajar un tiempo en EEUU. Allí se tiró en paracaídas, allí conoció a judíos y a gays, a los que antes despreciaba, y allí se sacó el carné de conducir. El empujón final lo recibió, cuenta, de vuelta a casa.

Fuera de los compounds ni las saudíes ni las extranjeras pueden ponerse al volante, así que dependen de sus guardianes o bien de taxistas o chóferes que a menudo abusan de ellas o bien les exigen grandes sumas de dinero. Una noche en la que nadie podía ir a buscarla, Manal tuvo que soportar el acoso de varios hombres e incluso la persecución de un desconocido. Entonces, llorando en la calle «como una niña», dijo basta.

Leyó de cabo a rabo el Código de Tráfico de Arabia Saudí para ver qué prohibía exactamente

. Y descubrió que «nada, absolutamente nada, indica que sea ilegal que las mujeres conduzcan». Así que se decidió. «Voy a conducir».

De la más odiada a la más influyente

Tras entrar en contacto con otras mujeres tan hartas como ella, lanzó en Facebook y Twitter una campaña (Woman2Drive) en la que llamaba a las saudíes a conducir por las calles el 17 de junio de 2011. Con velo y no como protesta sino de forma «natural». Era difícil. Ya en 1990,

47 mujeres desafiaron la prohibición

y sus vidas fueron arruinadas. Alguna otra mujer lo había intentado después, en solitario. Esta vez era distinto: incluso en la patria del wahabismo, tenían a su alcance el poder de las redes sociales. Podían contactar con desconocidas. Manal haría de avanzadilla: otra activista la grabaría con su iPhone.

Aquel jueves de mayo la informática se movió libremente por Corniche Street, la calle más grande de Khobar. Mientras explicaba el sinsentido del veto, entró y salió por el aparcamiento de un supermercado, pasó por delante de la comisaría... Los hombres la miraban atónitos. Pero ningún policía la paró. En un día el vídeo Saudi girl driving (chica saudí conduciendo), de ocho minutos, superó las 800.000 visitas. La página de Facebook, los 12.000 seguidores. Su rostro y su nombre aparecieron en medios internacionales (la llamaban la Rosa Parks saudí) e inundaron el Twitter nacional. Eran los inicios de la Primavera Árabe y las redes sociales ardían.

El sábado dio un paso más. Condujo el coche de su hermano acompañado por éste, su mujer y el hijo de ambos. Pero aquel día acabó mal. Manal fue detenida, luego liberada, después arrestada en su casa por la policía secreta, interrogada durante seis horas y enviada a una penosa prisión de mujeres por «violar el orden público». Hasta para salir de la cárcel, nueve días después, necesitó la firma de su hermano. Manal se comprometió a no conducir más, pero su calvario continuó. Se convirtió en diana de las mezquitas; era inmoral, era prostituta, era una espía. «La mujer», dice, «más atacada en Arabia Saudí».

Su familia lo pagó. Su hermano abandonó el país ante el «acoso» que sufría. A su hijo tuvo que cambiarle de colegio. En su empresa la degradaron. Según cuenta en sus memorias, se vio forzada a dejar primero el empleo y después Arabia Saudí; allí no había trabajo para ella. Estaba demasiado expuesta: seguía reclamando cambios, hablando con medios internacionales, recibiendo premios de derechos humanos...

La revista Time llegó a reconocerla como una de las 100 personas más influyentes del mundo

. Y su ejemplo prendió. Tras su hazaña, se estima que aquel junio de 2011 unas 50 mujeres condujeron por el país. Algunas la emularon colgando sus vídeos en YouTube y varias fueron detenidas. El goteo, año a año, fue aumentando, al tiempo que informes oficiales del reino decían que conducir daña los ovarios, de modo que los bebés de estas mujeres nacen con «problemas clínicos».

Hoy Manal al Sharif ya no vive en Khobar sino en Sídney, con su nuevo marido, Rafael, brasileño, y su segundo hijo, Daniel Hamza, este sí nacido en libertad hace tres años. Pero el cuento de la saudí luchadora no tiene final feliz, o no del todo.

A sus 38 años da charlas contra la discriminación, pide la «ciudadanía plena» para las féminas en el reino de las «menores de edad», se ha quitado el velo y defiende la libertad de las musulmanas para hacerlo. Pero en Arabia Saudí sigue su hijo mayor, con la familia de su ex marido. Allí el hombre tiene la ley de su parte para quedarse con la custodia ante un divorcio. Ella puede ir a visitarlo, siempre temiendo problemas por figurar en la lista de vigilados, pero no puede ir acompañada de su hijo pequeño, porque las autoridades saudíes no la reconocen como su madre. Al ser Rafael extranjero, ella necesitaba el permiso del Estado para casarse con él. No lo obtuvo.

«Se habla de que en un futuro lejano dejarán a las mujeres conducir», escribía Manal. Hoy celebra que su sueño ya no es un sueño sino un plan. Según ha relatado a The New York Times, en junio cogerá su coche, cruzará la frontera saudí, atravesará el desierto y llegará hasta la casa de su pequeño Aboudi, al volante.

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