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Las últimas mareas de coca en las rías

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 08/06/2014 Elisa Lois

Después de años burlando a la policía, la unidad antidroga de Greco logró al fin dar caza en 2009 a la mayor organización dedicada al transporte de cocaína cuando quedó descabezada tras la inesperada muerte de su jefe, el lanchero Manuel Abal Feijóo, Patoco, de 38 años. La Operación Tabaiba, con 26 procesados, consiguió frenar el período de máxima actividad de las planeadoras que se recuerda en Galicia para la introducción de cargamentos que eran fletados por cárteles sudamericanos para vender en España y el resto de Europa.

 La Audiencia Nacional acaba de señalar para el 23 octubre el que será el mayor proceso abierto en España contra las redes de transportistas de cocaína. Una investigación que marcó un punto de inflexión en la lucha contra el narcotráfico con una medida judicial sin precedentes: el procesamiento de proveedores de lanchas, motores y todo el material de avituallamiento que demandaba el grupo para acometer las descargas de cocaína por lo que están implicados 10 presuntos colaboradores que se enfrentan a elevadas condenas de hasta ocho años y multas de 600 millones de euros.

La Fiscalía Antidroga solicita para los principales acusados penas que suman más de 200 años de prisión y multas superiores a los 4.000 millones de euros. Entre ellos figuran varios familiares del difunto Patoco que tras su muerte tomaron las riendas de la organización para asumir los últimos encargos que había dejado pendientes su antiguo jefe.

Con los mejores y más sofisticados medios marítimos, la banda llegó a ser la más cualificada empresa de servicios para los cárteles sudamericanos, contando con docenas de embarcaciones ultrarrápidas equipadas con los mejores instrumentos de navegación y experimentados lancheros para hacer los portes con una media de edad de 35 años.

La potente compañía de Manuel Abal comenzó a funcionar a principios de 2000 haciendo descargas para organizaciones asentadas en las Rias Baixas. Pero la demanda de trabajo llegó a ser tan grande que Patoco decidió dar un paso más y encargar la mejor lanzadera que jamás se haya incautado y que en apenas día y medio alcanzaba al buque nodriza en mitad del Atlántico.

Los dos últimos transportes de cocaína que tenía previsto desembarcar el grupo, entre el 11 de enero y el 26 de febrero de 2009, de 7,4 toneladas de cocaína de gran pureza, valoradas en 270 millones de euros, acabaron por arruinar a la banda y marcaron el final de una década de absoluta impunidad de los narcos.

Tras la muerte de Patoco en accidente de moto cuando regresaba de una reunión nocturna con su intendencia para cerrar uno de los transportes, la banda caía dos meses después en una redada policial, lastrada por los compromisos heredados con traficantes colombianos. Pero no solo la muerte del patrón precipitó la captura de todo el grupo, sino también de la que fue su gran inversión (un millón de euros) para construir la mayor narcolanzadera intervenida en Europa y que, tras su hallazgo en Nigrán, acabó poniendo al descubierto todos los entresijos de la organización. La lancha, construida en Italia, de 18 metros y siete motores de 300 caballos cada uno, pasó a integrar la flota de la Guardia Civil cuyos cometidos es interceptar los barcos pirata en el Océano Índico.

El último desembarco marcó el final de los grandes empresarios del transporte de la ría de Arousa cuando en medio de un enorme despliegue policial eran interceptadas tres toneladas de cocaína que acababan de alijar en una playa de Muxía (A Coruña). A pocos metros de allí los agentes sorprendían al histórico Andrés García Gesto, Lulú, en un estado lamentable por las heridas producidas en su intento de alcanzar el acantilado donde los lancheros habían dejado los 122 fardos de droga.

La planeadora apareció ardiendo en una playa de Ribeira y su piloto, Baltasar Durán, era detenido una semana después de permanecer escondido en un piso de Santiago. Tras los arrestos en cadena, la policía localizaba al último peso pesado, Juan Carlos Fernández Cores, Parido, parapetado detrás de un armario en su casa de Cambados.

Los efectos incautados por la policía en la redada contra la organización confirmó la enorme y costosa infraestructura que tenía para operar en el narcotráfico. La flota se componía de 15 embarcaciones de entre 8 y 14 metros de eslora, 31 motores, seis remolques, cinco lanchas neumáticas y decenas de depósitos de gasolina con 30.000 litros de combustible.

E. L.

La obsesión de Patoco con los sistemas de seguridad retrasó la redada de la banda casi dos años. Cuando iban a hacer un porte de droga, Abal entregaba terminales nuevos a sus empleados para evitar que estuviesen intervenidos y solo les permitía hablar por el teléfono móvil para informar de sus posiciones empleando siempre contraseñas: “calvos” y “tiburones”, para referirse a traficantes colombianos; “belén”, nombre con el que se identificaban los lancheros; “hay marcas”, para advertir de controles policiales o “mi novia” que era la lanzadera.

Patoco contaba con un subgrupo de personas solamente dedicado a la contravigilancia de los barcos y aviones de Aduanas, de la Guardia Civil y de la Policía en las carreteras próximas a las zonas de descarga y de las cinco naves donde escondía las embarcaciones, situadas en la desembocadura del río Ulla. “Vamos a echar una partida de billar” era el mensaje que enviaba el jefe para convocar una reunión.

En un día normal de descarga, Patoco desplegaba a sus subordinados durante 24 horas. En la lanzadera zarpaban a las seis de la madrugada su hermano, Benito Abal, y Baltasar Vilar Durán con otros tres tripulantes. El barco iba repleto de víveres: Una caja con barras de pan, 25 latas de conservas variadas, otras tantas latas de cerveza, 76 litros de agua y 6 packs de refrescos, según un informe policial.

Gregorio García Tuñón, Yoyo, que tomaría las riendas del grupo junto a José Manuel Gondar Otero tras la muerte del jefe, tenía que comenzar la guardia al anochecer en el perímetro del aeropuerto de Peinador, siempre acompañado por su hijo Pablo. Luego comprobaba que los barcos de Aduanas estuviesen amarrados en el muelle de Teis (Vigo) y terminaba la ronda en el puerto de Vilagarcía, donde se citaba con Patoco en la cafetería del Naútico, desde donde coordinaba a los lancheros y la retirada de los fardos en las playas.

José Vázquez Pereira, Nando y Ramón Fabeiro Torres, se situaban en el aparcamiento del McDonalds de Vilagarcía, atentos para dirigirse a la nave de Catoira y ayudar a ocultar la lancha cuando regresaba de alta mar.

Mientras tanto, los hermanos Rogelio y Gabriel Fabeiro esperarían con una planeadora en una batea a la narcolanzadera para remolcarla sigilosamente río arriba, con los motores apagados, y llevarla a su escondite donde les esperaban José Vázquez Lago, su hijo José Ángel y José Ramón Rey.

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