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Las dos emboscadas independentistas en las que cayó Rajoy

Logotipo de El Confidencial El Confidencial 04/10/2017 Isidoro Tapia

“No ha habido un referéndum de autodeterminación en Cataluña”. En su comparecencia del domingo por la noche, el presidente del Gobierno insistía, con su lógica leguleya, en que no había tenido lugar un referéndum. Tenía razón, pero es que durante semanas Rajoy ha perseguido un fantasma que no existía. El Govern nunca pretendió organizar un referéndum con bases jurídicas y garantías homologables a los que hubo en Escocia o Canadá. El 1-O no era una consulta sino una emboscada. No era un referéndum 'de' autodeterminación, sino 'para' la autodeterminación. El referéndum no era el fin en sí mismo, sino un instrumento para alimentar la pira independentista.

Haría bien Mariano Rajoy en abandonar su racionalismo naíf de registrador de la propiedad, aquel que piensa que solo existe lo que está en la ley, y lo que no está no existe, y leer a Mark Thompson ('Enough Said: What’s Gone Wrong With the Language of Politics'): sin censo, sin campaña electoral, sin apoyo internacional y sin dos colectivos políticos participando en la convocatoria, nunca hubo riesgo de un verdadero referéndum. El 1-O iba de otra cosa: de crear la narrativa que tan eficazmente funciona en la era de Twitter (casta vs. gente, arriba vs. abajo, 'crooked Hillary' vs. América). En este caso: urnas frente a pelotas de goma, democracia frente a violencia. Cinco años después, el 'procés' ha conseguido, por fin, la foto que tan desesperadamente necesitaba para salir de su atolladero.

La segunda emboscada fue la de los Mossos: hasta el mismo domingo por la mañana, hicieron creer que se disponían a acatar las órdenes judiciales, cerrar los colegios e impedir el referéndum. En realidad, lo único que hicieron en los días previos fue fomentar la ocupación de los colegios, al advertir con generosa publicidad que no actuarían si la presencia ciudadana ponía en riesgo sus actuaciones. Una vez conseguido el objetivo de llenar los colegios de fervorosos voluntarios, el domingo por la mañana decidieron quitarse de en medio, y solicitaron por escrito la intervención de la Policía Nacional y los guardias civiles, que con un número sensiblemente inferior se vieron desbordados por el número de colegios y la afluencia de los votantes.

Rajoy y Zoido cayeron en la zanja cavada por los independentistas no fruto del azar, sino como consecuencia de los errores acumulados durante las semanas previas. Algunos de ellos forman parte del manual básico de cualquier proceso de negociaciones:

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, durante la declaración institucional del domingo. (EFE) © EFE El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, durante la declaración institucional del domingo. (EFE)

-Escalonar las respuestas durante una crisis. Henry Kissinger advertía sobre los riesgos de ir escalonando las respuestas durante una crisis, porque esta dinámica solo favorece a la parte que tiene menos que perder. Si el Gobierno de Rajoy hubiese aplicado el art. 155 hace un mes, tras la esperpéntica sesión del Parlament, que aprobó dos leyes en manifiesto desacato del Tribunal Constitucional, no hubiésemos llegado al día de ayer.

La gestión política en torno al art. 155 ha sido nefasta: fue un error mayúsculo de Rafael Hernando afirmar durante el verano que el Gobierno renunciaba a utilizarlo (como también fue una deslealtad del PSOE anunciar que no apoyaría su aplicación). Incluso si no se pensaba aplicar, su utilidad residía en que 'se podía' emplear, que existía la amenaza creíble de hacerlo. Pero es que además el art. 155 es modulable, y ofrece un catálogo amplísimo de medidas a adoptar, desde las más suaves (dar instrucciones directas a las autoridades autonómicas) a las más graves (suspenderlas de sus funciones y sustituirlas por otras). La timidez en las decisiones de Rajoy (siempre demasiado poco y demasiado tarde) podrá funcionar para navegar con el rumbo largo, pero es una terrible brújula durante las tempestades.

-Generosidad en el fondo, firmeza en las formas. Según el propio Kissinger, las negociaciones secretas con Le Duc Tho para poner fin a la guerra de Vietnam solo se desbloquearon cuando los americanos utilizaron una presión negociadora máxima en las formas (jugando con astucia la carta del 'loco Nixon' que amenazaba con bombardeos indiscriminados) con una actitud generosa en el fondo, yendo en muchas cuestiones más allá de las demandas norvietnamitas (eso sí, siendo inflexibles en un par de puntos críticos).

Para entendernos, según Kissinger, Rajoy debería ser inflexible en las formas, aplicando por ejemplo el art. 155 o la inhabilitación inmediata de los cargos implicados en la convocatoria y organización del referéndum, pero generoso en la oferta política de fondo, por ejemplo, proponiendo reformar el art. 2 de la Constitución o incluso abriéndose a negociar un referéndum pactado. Es decir, exactamente lo contrario de lo que ha hecho hasta ahora.

-Mantener abiertas las puertas de salida. Otra regla básica de las negociaciones es no taponar por completo las salidas al adversario. Hacerlo es una invitación a que se inmole, a que siga luchando hasta el último aliento. El Gobierno debe aplicar la ley con el mismo rigor con el que abre la puerta de salida a todos aquellos que quieran bajarse del 'procés'. De nuevo, Rajoy ha hecho exactamente lo contrario: aplicar la ley con lenidad (¿alguien entiende que un presidente autonómico que firma un decreto de convocatoria de un referéndum declarado ilegal siga siéndolo? ¿O que los responsables políticos de los Mossos no hayan sido inmediatamente suspendidos de sus funciones después de su escandalosa pasividad para impedir el referéndum?), pero al mismo tiempo ha cerrado las rendijas políticas por las que asomaban las contradicciones internas del independentismo (PDeCAT vs. ERC, ERC vs. CUP, etc.).

-La 'doctrina Powell'. EEUU entendió hace tiempo los riesgos del uso limitado de la fuerza, y, al menos hasta que quedó atrapada en la posguerra iraquí, limitó sus intervenciones militares a aquellos casos en los que su superioridad era incontestable. No se puede sacar a la Guardia Civil a la partida si no se tiene la absoluta certeza de que cuenta con el número y los medios suficientes para impedir un espectáculo como el vivido el domingo. Antes de llegar a este punto, hubiese sido mejor que Rajoy compareciese el sábado por la noche para anunciar que, después de que el Govern admitiese la patraña del censo universal, lo del domingo no era un referéndum sino una fiesta de la sardina, y que por lo tanto los catalanes la podían disfrutar con júbilo y provecho. Tal vez hubiese puesto en riesgo su posición personal, pero a cambio hubiese salvado la integridad de lo que le gusta llamar la “nación más antigua de Europa”.

¿Y ahora qué? Ahora, por primera vez en cinco años, pienso que es posible que Cataluña acabe independizándose. Si así sucede, será gracias a la locura de unos y la irresponsabilidad de otros, pero, también, a la desinteresada ineptitud de aquellos que constitucionalmente estaban llamados a defender la unidad de España.

*Isidoro Tapia es economista y MBA por Wharton.

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