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Las preguntas

EL PAÍS EL PAÍS 08/06/2014 Juan Cruz

Ahora lo que está de moda es responder; todo el mundo tiene una respuesta, y ésta tiene más prestigio si la dices rápido, como una ametralladora.

Pero el mérito está en las preguntas. En una conversación una pregunta bien hecha lo cambia todo, háblese de lo que se hable. Demasiado tiempo llevamos hablando de lo mismo. Hay países, o ciudades, en los que uno se enreda en una circunvalación y de ahí no sale; tiene que haber algo, un destello, para que se acabe la siesta.

Hay ciudades, como Lisboa o La Habana, en las que todas las calles conducen a las mismas plazas, obsesivamente. Y hay países, como Irlanda, en los que uno (decía Samuel Beckett) se pasa todo el día dándole vuelta a la isla aunque uno ya no viva en ella. España es uno de esos países en los que, aunque te vayas, sigues estando aquí más allá de su realidad y de tus sueños.

Decía James Joyce (y esta cita se la debo al poeta y crítico Tono Masoliver) que ya que no podemos cambiar de país cambiemos de conversación. Éste es uno de esos momentos. Treinta y nueve años después, el Rey ha abdicado, y su hijo y heredero, don Felipe, será rey enseguida. Ésta es la posibilidad de un cambio de conversación, el momento, además, de nuevas preguntas.

Los que conocen al hombre que va a reinar saben que don Felipe pregunta bien. Pues cuando pregunta mira a aquel al que interroga y espera a que termine la respuesta con la presencia de ánimo propia de una persona educada: va diciendo sí con la mirada, luego con la cabeza, hasta que al final dice gracias, como si le hubieras regalado un dato sin el cual su vida hubiera sido otra. Esta manera de preguntar es muy útil para contribuir al gobierno de los países, de las ciudades o de las casas, pues es contraria a la de aquellos que preguntan tan solo para corroborar sus respuestas.

La conversación que se inicia puede resultar más nutritiva que esta que hemos estado viviendo,  porque parece que aquel hombre que ahora abdica había visto obturadas sus posibilidades de escucha

Imagino, pues, que la conversación que se inicia puede resultar más nutritiva que esta que hemos estado viviendo, no como consecuencia de la manera de preguntar (o de responder) del Rey que sucedió a Franco, sino porque parece que ya aquel hombre que ahora abdica había visto obturadas sus posibilidades de escucha o de respuesta. Y le han sobrevenido a este país cuestiones que si alguien no escucha bien la realidad se va a ensañar con nuestra yugular. Y la yugular de un país es el sitio más peligroso entre todos sus accidentes corporales. Menudo lío hay, como para no escucharlo.

Ahora bien, no será el rey futuro el único que tiene que ponerse a escuchar, por supuesto, pues reina y no gobierna. Así que es el Gobierno el que ahora ha de arremangarse e imitar al heredero, que ha hecho su carrera preguntando y por tanto escuchando. Hay ruidos, muchísimos ruidos, un sonido ensordecedor, fruto de miles de conversaciones cruzadas que se parecen (como decía José Ortega Spottorno) al sonido que podría producirse en vísperas del fin del mundo. Y eso no queremos, no queremos el fin del mundo, ¿a que no el fin del mundo?

En un grafito el poeta Jorge Enrique Adoum vio en Quito esta reflexión, de la que ya les hablé aquí un día: “Cuando teníamos las respuestas nos cambiaron las preguntas”. Aquí se han desbaratado las respuestas, pero sería bueno que alguien volviera a hacer las preguntas. El rey nuevo será capaz de crear ese clima, me parece. 

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