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Las quiméricas amigas y sus hijos

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 30/05/2014 Javier Ocaña
Naomi Watts y Robin Wright en un fotograma de 'Dos madres perfectas'. © Proporcionado por ElPais Naomi Watts y Robin Wright en un fotograma de 'Dos madres perfectas'.

A veces las películas no tienen por qué ser verosímiles; basta con que sean perturbadoras, ya sea por lo que cuentan o por cómo lo cuentan. Y aunque pensar lo que hubiera podido hacer alguien como Roman Polanski con un material como el de Dos madres perfectas entra en el terreno de la ilusión, y en el de la quimera, lo cierto es que a la luxemburguesa Anne Fontaine su historia le viene enorme, sobre todo porque nunca encuentra el tono, salvo en los tres planos finales, los únicos que sobrecogen. Quizá la novela, y sobre todo la prosa, de Doris Lessing, la autora del texto original, uno de los cuatro cuentos incluidos en su volumen Las abuelas, lo consiguieran, pero su adaptación cinematográfica, expuesta desde el realismo, sólo parece una colección de subterfugios para evitar tener que narrar lo que convertiría la película en una casa de barro insostenible ya desde su premisa: dos amigas íntimas que establecen relaciones sexuales y sentimentales cada una con el hijo de la otra sin que su amistad se resquebraje.

DOS MADRES PERFECTAS

Dirección: Anne Fontaine.

Intérpretes: Naomi Watts, Robin Wright, Xavier Samuel, James Frecheville, Ben Mendelsohn.

Género: drama. Australia, 2013.

Duración: 112 minutos.

Fontaine, la autora de la curiosa Limpieza en seco y de la inane Coco, de la rebeldía a la leyenda de Chanel, y su reputado coguionista, Christopher Hampton, cargan su relato de elipsis que por un lado ayudan, al hacer menos extraña la relación cotidiana, pero por otro dejan meridianamente claro que se están escapando por la tangente. Y aunque el miedo a la vejez pase por el relato como interesante subtexto, la imperturbable interpretación de los dos jóvenes, como dos moles sin carisma en sendos personajes planos en desarrollo, y la cobardía de Fontaine, que coloca en estos papeles a dos treintañeros (y no veinteañeros) que por un lado hacen menos provocadora la relación, y por otro la hacen simplemente inviable (¿hijo de Naomi Watts?), acaban enterrando las posibilidades dramáticas de la película.

Unas oportunidades que no estaban ni en el deleite con las secuencias de surf ni en los bailecitos horteras en mancomunidad, sino en la inquietud y, sobre todo, en la posibilidad, tan perturbadora como polémica, del replanteamiento de las relaciones afectivas desde una órbita ajena al estándar establecido durante siglos.

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