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Las recientes abdicaciones en Bélgica y Holanda mostraron el camino

EL PAÍS EL PAÍS 02/06/2014 Lucía Abellán, Isabel Ferrer
El rey Juan Carlos bromea con la entonces reina Beatriz de Holanda durante una cena oficial en el Palacio Real en Ámsterdam (Holanda) en 2001. © ED OUDENAARDEN El rey Juan Carlos bromea con la entonces reina Beatriz de Holanda durante una cena oficial en el Palacio Real en Ámsterdam (Holanda) en 2001.

Bélgica vive con especial interés las novedades de monarquía española, casi como una secuela de los últimos momentos del rey Alberto II. Con algo más de un año de retraso, la abdicación de don Juan Carlos recuerda en buena medida a la de su entonces homólogo belga. Tanto el ejemplo de Alberto II como el de la reina Beatriz de Holanda, que cedió el trono a su hijo Guillermo en abril de 2013, habían normalizado el gesto de abdicar como un modo de renovación de las monarquías contemporáneas. Desde entonces, todas las miradas apuntaban al monarca español como el siguiente en la lista.

Alberto II se fue en medio de escándalos fiscales, amorosos y problemas de salud

En julio de 2013, Alberto II decidió abdicar en su hijo, también llamado Felipe, tras unos años marcados por la debilidad física del monarca, algunos borrones fiscales que empañaron la imagen de la realeza y ciertos episodios amorosos del pasado que emergieron poco antes de abandonar la jefatura de Estado. De forma paralela a estos episodios, la prensa belga ha relatado pormenorizadamente los escándalos que acosaban al rey de España para concluir que minaban la excelente imagen que había tenido hasta el momento y que debía dejar paso a su hijo Felipe.

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Al igual que en España, la monarquía ofrece una importante imagen de solidez en Bélgica, un país muy dividido. Pero la Corona belga llevaba tiempo sufriendo turbulencias. En primer lugar, la reina Fabiola fue acusada de crear una fundación para sus herederos que le permitía evadir el impuesto de sucesiones. Más tarde el Gobierno recortó la elevada asignación que recibía la Casa Real en momentos de crisis. Las reverberaciones de una hija secreta y de la historia de amor que llevaba asociada acosaron al rey cuando la que había sido su compañera sentimental en la sombra durante 20 años decidió relatarlo. Finalmente el rey esgrimió su mala salud para dejar el trono a los 79 años. Y pese a todos los temores sobre la inestabilidad venidera, Bélgica ha acogido bien a su nuevo monarca, que en su estreno carecía de la popularidad de Felipe de Borbón en España.

Menos tormentosa resultó la abdicación en Holanda. Cuando Beatriz, siguiendo la senda de su madre Juliana y su abuela Guillermina, la anunció el 29 de enero de 2013 tenía 75 años, llevaba 32 en el trono y Holanda estaba inmersa en las celebraciones del 200º aniversario de la monarquía. “Es un momento precioso para tomar distancia”, dijo la reina. Vestida de azul oscuro, con pocas joyas y en la esquina de un salón palaciego, animaba así a sus compatriotas a dar la bienvenida a su hijo y nuera, Guillermo Alejandro y Máxima de Holanda.

Beatriz de Holanda siguió la senda de sus antecesoras al renunciar al trono

Pero el relevo conllevó cambios en su posición constitucional. Antes del acceso de Guillermo al trono, el Parlamento holandés decidió tomar las riendas de la formación de Gobierno. Esos momentos de consulta eran los favoritos de la antigua reina Beatriz. Hasta entonces, el monarca podía nombrar a políticos de su confianza para que guiaran un proceso que ha llegado a prolongarse meses dado el sistema de mujer muy preparada intelectualmente cuyo rigor y ritmo de trabajo eran legendarios. El rey Guillermo ya no podrá llamar a palacio a los políticos, pero si las negociaciones para cerrar una coalición se encallaran en el futuro, los diputados que le han apartado podrían pedir su presencia.

Desde entonces, Guillermo Alejandro y Máxima han demostrado que su hora había llegado. Son populares, están imprimiendo poco a poco su sello a la monarquía y no han cometido errores graves. No ha habido crisis políticas ni revueltas sociales, situaciones extremas donde un monarca constitucional puede dejar su sello mediador. Así que, de momento, el consenso es amplio: lo están haciendo bien. Guillermo y Máxima cumplieron el pasado abril un año en el trono de su país, con una popularidad que ronda el 80%.

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