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Las tres balas que no mataron al niño fusilado

Logotipo de El Mundo El Mundo 04/10/2017 JAVIER ESPINOSA

Si la masacre de My Lai será siempre recordada como un símbolo de la brutalidad del ejército norteamericano en Vietnam, la que se abatió sobre la aldea birmana de Tula Toli merece ocupar el mismo rango

en la reciente historia de los Rohingya.

Aunque sólo tiene 16 años, Mohamed Ayaz debería estar muerto. Como el resto de su familia. Al menos, esa la intención de los militares birmanos que le acribillaron a tiros. El menor todavía porta las cicatrices de los tres proyectiles. Uno de ellos le atravesó el brazo de lado a lado. El otro se le incrustó en la espalda. El tercero le alcanzó en el pecho, a la altura del corazón. La herida del torso sigue siendo una pura llaga. Tuvo suerte de que la munición era de muy pequeño calibre. Eso y su determinación por sobrevivir le salvaron de pasar a engrosar las estadísticas. "Todavía tengo la camiseta con los agujeros", precisa el muchacho.

Sentado en el centro de asistencia que ha construido la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) en medio de la maraña de miles de chozas y toneladas de barro que conforman el campo de refugiados de Kutupalong, Mohamed se expresa de forma pausada pese a su terrible experiencia.

Asegura que todo ocurrió "el día anterior al Eid". Este año esa fiesta musulmana se celebró el 31 de agosto. Los residentes de Tula Toli nunca pudieron sumarse a la festividad. O estaban muertos o huidos. "Los militares y los budistas (grupos de vigilantes) llegaron muy temprano por la mañana. La mayoría de los habitantes huyó hacia un río. Nos escondimos junto al cauce, pero al cabo de una hora nos descubrieron", rememora el chiquillo. Entonces comenzó la escabechina. Primero les hicieron alinearse y ponerse de rodillas. "Después comenzaron a disparar", añade.

Los impactos le tumbaron en el barro y su instinto le dijo que debía quedarse inmóvil. Así estuvo otra hora mientras que la razzia continuaba y Tula Toli ardía bajo la acometida. "Hubo más gente que se escondió entre los muertos pero los budistas regresaron al cabo de un rato. Buscaban uno por uno a los que seguíamos vivos para rematarnos con cuchillos", indica. Al escuchar los gritos de las primeras víctimas, los que fingían se levantaron y se lanzaron al agua, Mohamed entre ellos, intentando cruzar a la otra orilla. Los budistas -refiere el adolescente- alertaron a los militares, que se habían alejado de ese lugar llevándose a varias chicas. Mohamed no aclara cuáles eran sus intenciones pero repite en al menos dos ocasiones que eran "las más guapas".

© Proporcionado por elmundo.es

"Estaba un poco lejos y sus disparos no me alcanzaron. A otros si les dieron y se ahogaron. Los asesinaron mientras nadaban", precisa. La matanza continuó durante horas. Pese a sus heridas, Mohamed llegó a la otra orilla y se ocultó entre la maleza. Desde allí pudo ver como asesinaban a su madre y su hermana. "Las mataron a golpes con palos. Eramos 7 en la familia. Yo soy el único que está vivo. A mi padre y mis otros tres hermanos los asesinaron a tiros", rememora. El relato del menor de edad coincide con el de otros muchos supervivientes de Tula Toli. Todos ellos hablan de

fusilamientos multitudinarios, ejecuciones con machetes, niños de teta que fueron lanzados al río

, cadáveres incinerados con gasolina y violaciones generalizadas. Human Right Watch recogió un testimonio en el que una joven Rohingya, Hasina, dijo que los uniformados tiraron a su bebé a una hoguera donde ardían otros cuerpos y lo quemaron vivo.

"No sé cuántos murieron pero fueron cientos. Tenían acorralado a un grupo de madres que intentaban proteger a sus bebés. Se los quitaron y los tiraron al agua. Yo conté 4 ó 5 bebés ahogados. Quemaron a otras muchas personas. Rociaron los cadáveres y a los que estaban heridos con combustible y les prendieron fuego", detalla. Mohamed llegó renqueante hasta la siguiente aldea junto a los pocos que habían evadido el trágico destino de Tula Toli. Allí le untaron las heridas con pasta de dientes.

Los aldeanos le acompañaron en su huida hasta el río Naf y desde allí cruzó a Bangladesh, donde fue atendido en un hospital de Médicos sin Fronteras.

El espeluznante relato de Mohamed forma parte de la infausta memoria que comparten ya toda una legión de niños Rohingya que han recalado en Bangladesh desde el pasado 25 de agosto impelidos por brutal campaña de limpieza étnica que lidera

Birmania

desde esa fecha.

La crisis de los Rohingya es básicamente un episodio protagonizado por menores de edad ya que Unicef estima que un 60 por ciento de los más de 480.000 refugiados que han recalado en Bangladesh son niños. Es decir, cerca de 288.000 pequeños destinados a engrosar el conglomerado de desposeídos. Esos guarismos podrían alcanzar cifras difíciles de asumir de aquí a fin de año si continúa este éxodo. Save the Children calcula que antes de que llegue 2018, los campos podrían acoger a 600.000 menores de edad.

Los pequeñines desnudos correteando por la podredumbre que se prodiga por recintos como el de Kutupalong, Balukhali, Leda o los muchos campamentos informales que han surgido a lo largo de la costa de Coxs Bazar son ahora una visión tan recurrente como desmoralizadora. Aunque la adversidad también tiene escalas y Mohamed ocupa la más baja de las posibles. Integra ese conglomerado de los que como él mismo asume "no tienen nada", ni siquiera familia.

Según Jean Lieby, jefe de la unidad de protección infantil de Unicef en Bangladesh, su organización ha identificado ya al menos a unos 1800 niños "separados". Esa es la terminología que usa esa agrupación al no poder confirmar de forma concluyente que todos ellos son huérfanos. Dhaka piensa que esa cantidad es muy superior y el ministro de justicia Nuruzzaman Ahmed afirmó esta semana que pueden ser hasta 6.000. Recientemente, la OIM reunió a todos los chiquillos sin padres que había conseguido identificar sólo en Kutupalong. Les hicieron formar en hileras y les sacaron una fotografía. En la instantánea casi ninguno sonríe.

Rashed tampoco lo hace. Su "madre" adoptiva, Shamsida, de 25 años, dice que no suele jugar con el resto de los pequeños y pasa casi todo el tiempo en silencio. "Antes no paraba de llorar", apostilla. Cuando habla, el niño de "4 ó 5 años" -ni él mismo sabe la edad exacta que tiene, algo habitual en la comunidad Rohingya- lo hace mirando al suelo de la habitación, con la mirada ausente.

"Les dispararon a mis padres. Sólo me salvé yo".

"¿Quiénes?"

"Los soldados. Eran muchos".

"Después quemaron la casa. Yo me escondí en la casa de la vecina (Shamsida)", narra en una voz tan apagada que el traductor tiene que acercar la cabeza a sus labios para entender lo que dice.

El pequeñín acaba de llegar a Shahparir, la isla situada en el punto más extremo del litoral que comienza en Coxs Bazar y que continúa recibiendo la afluencia de refugiados. No es el único huérfano que llegó esa noche hasta las costas de Shahparir. En otra de las habitaciones de la mezquita de Bahar Ulum, donde se han reunido los cientos de refugiados que recalaron hace horas en el territorio bangladeshí, se encuentra Mohamed Rafik, de 12 años.

El chiquillo intenta aferrarse a una débil esperanza. Asegura que no sabe si sus padres están "vivos o muertos", pero la narración de su experiencia hace intuir que no alberga muchas expectativas. Los soldados habían rodeado el caserío dos días antes, señala. Les obligaron a quedarse en el interior de las chozas de barro. "Si sacabas un pie de la puerta te apuntaban con sus armas. Todos los niños estábamos llorando. Teníamos mucho miedo", evoca el pequeño, que no cesa de mover las manos mientras dialoga.

A Mohamed difícilmente se le olvidará la última conversación con su progenitor. "Somos 4 hermanos, dos chicos y dos chicas. Yo soy el más pequeño. Mis padres son un poco viejo y no pueden andar deprisa. Mi padre nos reunió, nos dio arroz y nos dijo: intentar huir a un lugar seguro, no penséis en nosotros y vivir vuestra vida".

Cuando los militares empezaron a avanzar prendiendo fuego a las casas y disparando, el cuarteto salió de la vivienda a la carrera. La fortuna no sonrió a Shanjida Begum, su hermana de 18 años. Un proyectil la dejó tirada en tierra. "Murió a mi lado. Mis padres se quedaron en la casa. Cuando miramos atrás estaba ardiendo".

Durante la estampida Mohamed perdió el contacto con el resto de sus hermanos. Vago dos días por las colinas y floresta circundante comiendo mangos que arrancaba de los árboles. Mientras caminaba se encontró con su antiguo profesor de colegio y éste fue quien le ayudó a llegar hasta Shahparir, pero sigue sin saber el paradero de sus otros dos hermanos.

Las imágenes que se apelotonan en el cerebro de estos críos semejan ser imposibles de digerir para su corta edad. Unicef y varias agencias locales han establecido 42 Centros de Protección Infantil (CPI) en los campos sitos al sur de Coxs Bazar. Pequeños chamizos de caña pintados de vivos colores donde decenas de ellos juegan entre globos.

En el de Kutupalong, sus tutores les han instado a dibujar flores y casas. Pero otras muchas veces, sus ilustraciones son menos apacibles. Los voluntarios de estos CPI coleccionan decenas de dibujos de monigotes que ametrallan a otros o les cortan el cuello, cabañas cubiertas por trazos rojos (fuego) y helicópteros disparando contra aldeas.

Astafa intenta olvidar en ese entorno sus vivencias más recientes. Un empeño casi imposible ya que con sólo 12 años de edad es ahora la responsable de sus otros 4 hermanos: Hasina, de 2 años, Mohamed Sohal de 3; Mohamed Anas, de 4, y Nur Hasina de 5. Otras dos féminas y dos varones de su familia fueron ejecutados por los militares. Lo mismo que sus padres. "A unos les dispararon y a otros los mataron con cuchillos", menciona.

La mera huida durante jornadas a través de junglas y montañas

constituye una peripecia impropia de quienes deberían estar disfrutando de sus primeros años de vida y no lidiando con tragedias de este calado. La chica alude a recorridos por caminos "con un montón de cadáveres", otros que "flotaban en los canales", hambre y sed. "Ahora vivimos con algunos vecinos de la aldea", agrega. Aunque no se conocen, Rokeya tiene muchas cosas en común con Astafa. Comparten casi la misma edad. Ella ha cumplido una década de vida y también es la más "adulta" de lo que resta de su familia. "Pudimos ver como mataban a nuestros padres escondidos en los arrozales", reseña.

La muchacha tampoco puede desprenderse de la visión de los "cadáveres con las manos atadas y los ojos vendados" que se encontró durante los 3 días que marcharon por la espesura hasta alcanzar la costa birmana. "Las aldeas estaban quemadas y los cuerpos tenían muchos cortes", aclara. Dhaka planea construir dos recintos de acogida independientes para varios miles de huérfanos como Rokeya, Astafa, Mohamed Ayaz o Rashed en las localidades de Ukhia y Teknaf, al sur de Coxs Bazar.

Las autoridades admiten que los pequeños corren ahora el riesgo de ser víctimas de las mafias locales especializadas en prácticas tan habituales en esta zona como el tráfico ilegal de menores, matrimonios apañados o empleo en condiciones de casi esclavitud. "Si viven con adultos es posible que se les haga daño o que terminen implicados en actividades criminales", reconoció Zillar Rahman, un alto cargo del ministerio de Justicia bangladeshí a la prensa local. Bajo la presión de la avalancha humana, la simple idea de lidiar con las heridas mentales de estos miles de chiquillos semeja ser un objetivo que ni siquiera es ahora una prioridad.

"De momento tenemos que poner orden en este caos", sentencia Jean Lieby, de Unicef.

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