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LeBron James, a los pies del Monte Rushmore

El Mundo El Mundo 05/06/2014 ANDRÉS ARAGÓN

En la intimidad de la derrota en las Finales de 2007, Tim Duncan abrazó a LeBron James en los pasillos del pabellón y le susurró al oído unas palabras a medio camino entre el consuelo y la evidencia. «Algún día la NBA será tuya». En los siete años que han pasado desde aquel primer desengaño ese aliento se ha quedado corto para un hombre que reconoce con una franqueza aplastante que su objetivo último es convertirse en «uno de los mejores jugadores de baloncesto de todos los tiempos, si no el mejor». Aquel muchacho que quizá llegó demasiado lejos demasiado pronto buscará desde la próxima madrugada el tercer anillo de campeón en sus quintas Finales, de nuevo contra aquel primer rival. Los Miami Heat volverán a defender su corona contra los San Antonio Spurs.

La memoria del sexto partido de las últimas Finales todavía hierve en la sangre de los Spurs, que perdieron una renta de cinco puntos en 28.2 segundos en lo que se considera de manera casi unánime como la derrota más cruel en la historia de la NBA. La imagen que pervive es el triple de Ray Allen, pero la actuación dominante de LeBron James en los dos últimos partidos tapó por fin aquella herida que había abierto el lejano 2007. El título estrechaba además los lazos del de Akron en su desafío con la historia: sólo Bill Russell (1961, 1962, 1963) y Michael Jordan (1991, 1992) habían conseguido encadenar dos MVP y dos anillos consecutivos.

Ese desafío vivió hace unos meses un episodio tumultuoso, cuando unos periodistas de la NBA preguntaron a LeBron James cuál era su particular Monte Rushmore del baloncesto (los cuatro mejores de la historia). «Yo voy a ser uno de los cuatro mejores, eso seguro. Y si no quieren que este ahí, ya pueden ir encontrando otro sitio en esa montaña. Alguien tendrá que caerse, pero eso ya no me toca a mí decidirlo», retó, en unas declaraciones que muchos tomaron como un desacato contra el pasado. Sólo con 29 años, James suma dos oros olímpicos (2008, 2012), dos anillos de campeón (2012, 2013), cuatro premios al MVP de la temporada (2009, 2010, 2012, 2013) y dos MVP de las Finales (2012, 2013).

De esa historia hablaba también LeBron James semanas antes de que empezara la nueva temporada en una conversación con la ESPN. Sobre todo de esa que desde que tenía 15 años le mantiene ligado a Michael Jordan. «Es el mejor de la historia. Lo mejor que tenía es que nunca tenía miedo a fracasar y creo que esa es la razón por la que triunfó: nunca tuvo miedo de lo que dijeran, nunca tuvo miedo de fallar el último tiro, de perder el balón. Nunca tuvo miedo», explicaba. ¿Lo tiene LeBron James? «Creo que ese es uno de mis mayores obstáculos. El miedo a fallar. Deseo tanto triunfar que a veces tengo miedo a fallar».

Para hacer efectivo su reinado, LeBron James tuvo que dejar Cleveland para viajar hasta el sur de Florida, una circunstancia que ahonda el choque de culturas de estas Finales. Durante estos días pueden verse en San Antonio vallas publicitarias en las que puede leerse el lema «Construidos contra comprados»: mientras que los Spurs levantaron su columna vertebral a través de la formación de jugadores seleccionados en el draft, los Miami Heat responden a una magistral maniobra de ingeniería de mercado que orquestó Pat Riley en 2010 para juntar en el mismo equipo a Dwyane Wade, Chris Bosh y LeBron. El rendimiento de esa máquina empieza a reclamar símiles imponentes.

«Estamos compitiendo contra el Michael Jordan de nuestra era, contra los Chicago Bulls de nuestra era», alegaba hace unos días Frank Vogel después de que su equipo, los Indiana Pacers, chocara por tercer año contra el dominio sádico de los Miami Heat. Desde la formación del actual Big Three, han ganado 14 de los 15 cruces de playoffs y en todos lograron al menos un choque a domicilio. Pero no es en las grandes cifras, sino en los 48 minutos de partido, donde se esconde la tiranía del equipo de Erik Spoelstra, una perfecta maquinaria defensiva que estrangula al rival, un ataque muy fluido y el mejor jugador del planeta.

Si hay un equipo armado para hacer frente a esa trituradora son los San Antonio Spurs, un monumento al baloncesto colectivo construido en torno al movimiento de balón. Éxito continuado construido sobre los hombros de uno de los mejores entrenadores de la historia, Gregg Popovich, y Tim Duncan, esa leyenda que hace siete años susurraba verdades al oído del vencido, ambicioso siempre, pero respetuoso con la historia. «Sin Michael Jordan, yo no hubiera existido».

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