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Lecciones del caso Uber

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 26/09/2017 Santiago Carbó Valverde
Una mujer sostiene un teléfono con la App de Uber en Londres © DANIEL LEAL-OLIVAS Una mujer sostiene un teléfono con la App de Uber en Londres

La revolución tecnológica digital puede ser la primera que venga históricamente impulsada por un aire de democratización. No sin pegas. La economía colaborativa abre un universo de posibilidades para acceder a servicios acabando con el poder de monopolio de ciertos colectivos , pero el ajuste no es simple. Las posibilidades ligadas a esta economía tal vez se han exagerado, en la medida en que en ocasiones se ha asegurado que algunos servicios serían gratuitos cuando, en realidad, una vez y otra se demuestra que nada es gratis.

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Como indica el propio concepto, las ventajas surgen de compartir recursos en torno a tecnologías de la información: la producción, el conocimiento e, incluso, la financiación. Un caso conocido es el de Uber. Su reciente prohibición (preliminar y sujeta a recurso) en Londres —debido a problemas de seguridad y de control— ha reabierto una polémica que había llegado a ser muy agria e, incluso, violenta. Este revés para Uber —empresa que ya había estado en las noticias por una importante crisis de carácter corporativo en el último año— ha ocurrido además en Londres, símbolo de la globalización y liberalización donde, sin embargo, el sector del taxi tradicional es uno de los más poderosos de Europa.

No faltan argumentos a favor y en contra de esta clase de nuevos operadores en el transporte público y en otros servicios. Parece obvio que empresas como Uber suponen una pérdida de rentas para los titulares de licencia de taxi que, en algunos casos, han excedido la naturaleza de esa concesión. El resultado es que esas licencias aumentaron su valor de forma desproporcionada y ahora parece lógico que resulte un drama para muchos taxistas enfrentarse a la caída abrupta del valor. No es la primera vez en la historia que un cambio tecnológico genera una disrupción sectorial con un importante ajuste en las rentas.

Tampoco faltan argumentos legítimos para los taxistas. Ellos deben superar determinadas pruebas de conocimientos y de idoneidad para el puesto. Sus taxis deben cumplir ciertos requisitos de calidad y de aseguramiento. Pero ninguna de estas cuestiones parece insalvable para los nuevos competidores.

Puesto que los clientes de Uber evalúan y puntúan a los conductores, estos también se ven sujetos a escrutinio. Cierto es que las reseñas de los consumidores imponen unos estándares más laxos, en particular sobre cuestiones de difícil observación por los clientes: condiciones laborales, estándares de información sobre rutas, facturaciones o seguros de responsabilidad, todas ellas cuestiones críticas en el proceso abierto en la capital británica.

Por otro lado, si Uber y plataformas similares no ofrecieran ventajas no serían los preferidos de muchos usuarios, ni generarían medio millón de firmas en su defensa en 24 horas, como ha sucedido en Londres. Una regulación homogénea puede ser ineficiente si elimina las ventajas de los nuevos canales. Pero una deficiente regulación puede acabar siendo un problema en términos de seguridad y protección del consumidor.

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