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Letizia, un princesa sin guion

EL PAÍS EL PAÍS 18/05/2014 Jesús Rodríguez
La princesa Letizia en 2012 en Asturias. © Carlos R. Álvarez (Wirelmage) La princesa Letizia en 2012 en Asturias.

A la Princesa no le importa confesar que ella y su marido tienen caracteres dispares. Don Felipe tiende a la calma, la reflexión, la moderación y el equilibrio; nunca dice una palabra que no deba; rara vez pierde los nervios y se toma el tiempo que sea necesario antes de tomar una decisión. Le cuesta lanzarse. Toda su vida ha sido un estricto, solitario y minucioso aprendizaje diseñado a conciencia por otros, que culminará cuando ocupe la Jefatura del Estado: el oficio de la familia desde hace cinco siglos. Ella, por el contrario, es hiperactiva, expansiva, impaciente, apasionada, espontánea y dura de pelar. Más de altibajos. Para ganársela hay que convencerla. Y no siempre es fácil. Es capaz de soltar un taco con la maestría borbónica de su suegro. Proyecta frescura y cercanía. Su andadura vital, muy de clase media, de ascensor social, ha estado marcada por la normalidad y el esfuerzo. Por eso cree profundamente en la meritocracia por encima de la política de cuotas: es el resumen de su propia biografía. Letizia ha luchado; se ha pateado la calle, viajado en autobús hasta el extrarradio, estudiado en colegios públicos; conoce la olla a presión de la universidad y los sinsabores del mercado laboral; la separación de sus padres y un divorcio en su anterior existencia. Y, al final, el triunfo profesional. Felipe ha contemplado desde niño a los poderosos del planeta sentados en el salón de casa. Ella presenció el golpe del 23 de febrero por televisión en el pisito ovetense de los Ortiz Rocasolano; él pasó toda aquella negra noche en el Palacio de la Zarzuela junto su padre, el Rey.

Doña Letizia aclara que esa disparidad de orígenes y talantes ha sido positiva y que propicia que ambos se complementen a la perfección en el terreno profesional (en su papel de futuros reyes) y como pareja. Cada uno cumple su papel; cada uno aporta lo que domina. Y el cóctel funciona; las piezas encajan. Ambos aman la vida y sus pequeños placeres. Hoy, diez años después de su boda, son socios, cómplices y compañeros de viaje en un oficio que solo ellos conocen; difícil de explicar; basado en la absoluta ejemplaridad, utilidad, austeridad, principios y discreción de una familia y en el hecho de que el material sensible del Estado del que son receptores no podrá jamás traspasar los muros de piedra de su casa, colgada sobre las 16.000 hectáreas del Monte de El Pardo, entre escoltas, ciervos y encinas. Un hogar en el que piensan continuar en el futuro. Porque lo han construido ellos.

Más allá de su distinto origen y formación; de sus diferentes gustos, amistades, estilo y método de enfrentarse a la vida, hay un espíritu que comparten de perfeccionismo y autoexigencia; una profunda admiración mutua (en cualquier conversación, ella prefiere hablar más del Príncipe, al que define como una persona honesta, que vale la pena y está haciendo un trabajo impecable por su país, que de sí misma) y un proyecto común que decidieron sin intromisiones de nadie. Y del que la piedra angular era construir una familia normal (su burbuja a la que rara vez acceden los adustos funcionarios de la Casa de Su Majestad el Rey) y conseguir que sus hijas, al margen de las funciones institucionales a las que iban a estar llamadas en el futuro (especialmente la infanta Leonor, la segunda en la línea de sucesión), crecieran como unas niñas felices y ajenas al espectáculo mediático que aún sigue provocando la monarquía (quizá porque esa luminaria forma parte de su esencia y capacidad de atracción). Y que sigue proporcionando oxígeno económico a muchos medios de comunicación; incluso entre los que se definen como serios. Una portada con Letizia vende. Un cotilleo, mucho más. Una imagen comprometida haría rico a un paparazzi.

Según la Princesa, lo han logrado. Son una familia feliz. Han superado esa primera prueba. La pareja trae y lleva a sus hijas al colegio, a 10 minutos de su casa. Y la madre se pelea con las hijas porque destrozan a diario un par de leotardos. Leonor y Sofía están creciendo alegres, estudiando en el mismo colegio en que lo hizo su padre y contemplan con naturalidad lo que ocurre a su alrededor. Lo demostraron el pasado 2 de mayo, cuando asistieron junto a sus padres a la ceremonia de las bodas de plata de la graduación de don Felipe en la Academia General del Aire: una celebración emocionante para los oficiales de los tres Ejércitos y donde participan sus familias e hijos en un ambiente relajado. Era su primer acto oficial. Y lo aprobaron sin fisuras inclinando la cabeza como ordena el ceremonial ante la bandera bajo un sol de justicia levantino. Un gesto que se habían preparado en casa de la mano del general Emilio Tomé, de 61 años, uno de los hombres de confianza del Príncipe desde 1985. Hoy, según una persona del entorno inmediato de la pareja, la escena que mejor describe la vida de los Príncipes de Asturias cuando cae la tarde es: “Baños, cenas, cuentos, mimos, besos, duérmete yaaaa, apaga la luz, hasta mañana”.

Doña Letizia suele recalcar con guasa que Leonor y Sofía lo han tenido más fácil que ella: han nacido dentro del oficio, lo ven con naturalidad, no les causa ninguna sorpresa que su abuelo sea el Rey. Ella aterrizó en ese mundo a los 31 años. Ella tuvo otra vida. Quizá por eso, a la hora de protegerlas y evitar su excesiva exposición pública, el Príncipe esté permanentemente en guardia. Nadie sabe mejor que él lo que supone ser un niño diferente, observado por todos, rodeado de adultos, silencioso, sujeto a la adulación y los usos cortesanos, siempre a la sombra de un padre triunfador: el hombre que devolvió la democracia a los españoles. Don Felipe no quiere que esa historia se repita con sus hijas. Son lo más importante para él. Como dijo el día de su boda, en unas palabras absolutamente personales y sin el visado (como es preceptivo) del Gobierno: “Aspiramos a fundar una familia. Y queremos alcanzar el necesario equilibrio entre lo público y lo privado, entre las obligaciones —que lo son de por vida— y la legítima y necesaria vida familiar; sabiendo que nuestro trabajo requiere una serenidad, una dedicación, una constancia y una mesura tales que permitan hilar el tiempo político con el tiempo humano”.

Aquel gris 22 de mayo de 2004, tras abandonar la catedral de Nuestra Señora de La Almudena bajo una cortina de lluvia, Felipe y Letizia no lo tenían fácil. Una persona de su entorno reflexiona sobre el estado de ánimo de la nueva Princesa de Asturias en aquellos primeros días: “Ser libre y anónima es algo que (casi) nadie entiende porque nadie lo ha perdido. No ser libre, estar permanentemente cuestionada, vigilada, no poder trabajar en lo que era una vocación, es algo que también es difícil de comprender porque a (casi) nadie le ha pasado eso todo junto. Y seguramente esa situación no despierte mucha empatía en la gente, porque es incomprensible e inimaginable, pero Letizia se metió en ese lío exclusivamente por amor”.

Para continuar, no existía un libro de instrucciones sobre la misión de la nueva Princesa como no la había tampoco de su marido; no había tradición, experiencia, costumbre ni precedentes. La monarquía había sido instaurada democráticamente en España tras la aprobación de la Constitución de 1978, pero en su funcionamiento y el perfil de sus miembros colaterales todo estaba por hacer. La nueva monarquía española recogía retazos de las tradiciones y liturgias del pasado (como el mando supremo de las Fuerzas Armadas por parte del Rey), pero partía de cero en todo lo demás. Sus precedentes inmediatos remitían a antes de la Guerra Civil. La institución no había experimentado la puesta al día de las monarquías europeas tras la II Guerra Mundial, que, para sobrevivir, se habían bajado del trono, aburguesado, mezclado con los ciudadanos y hecho más transparentes, austeras y útiles. Los usos de la Corona española en los siglos XIX y XX no servían por tanto de guía.

Todos los ojos estaban fijos en los Príncipes de Asturias. Pronto se convirtieron en el centro de atención. En especial la recién llegada. Se les exigía mucho, pero nadie (ni siquiera el Gobierno) sabía muy bien el qué ni el cómo. Felipe, Letizia y su pequeño equipo inmediato (apenas media docena de personas al frente de las que estaba Jaime Alfonsín, un abogado del Estado que se acerca a los 60 años) tenían que llenar de contenido esa misión no escrita. La Constitución no decía nada al respecto. Tampoco existía un estatuto o ley orgánica que marcara el camino. El horizonte profesional/vital de los Príncipes era tan etéreo como el que se concentra en estas dos frases que se repetían continuamente para explicar su trabajo: “Servir a España” y “ser un símbolo”. ¿En qué consistían esos postulados tan pomposos? (como todo el lenguaje que rodea a la monarquía). La pareja lo tradujo en ser los empleados de un servicio público (según define el Príncipe), sin horarios ni vacaciones, y donde hay que estar siempre dispuesto a dar lo mejor de uno mismo (esfuerzo, ejemplo, solidaridad, influencia, capacidad de representación) a través de las pequeñas y grandes acciones de la vida; de los actos públicos y de los privados, para que el país y sus ciudadanos se beneficien a corto o medio plazo de ese trabajo. Para conseguir un Estado más próspero y cohesionado. Para elevar el prestigio internacional. Para ser un paño de lágrimas de los que sufren, ya sea la madre de un niño con una enfermedad incurable o unos ancianos españoles en una recepción en algún rincón recóndito del mundo.

“Ser un símbolo”. “Servir a España”. Dos ideas que el Príncipe llevaba programado en sus genes pero que la Princesa debía metabolizar a toda prisa. Lo hizo. El resultado es un trabajo hecho a conciencia por la pareja, pero repleto de intangibles; difícil de traducir en hechos inmediatos, pero que se puede adivinar en aspectos concretos, como dar una imagen de estabilidad institucional del país, representarle dignamente en el exterior (estableciendo incluso relaciones especiales con Latinoamérica, Oriente Medio y sus primos de las otras monarquías), abrir puertas, crear un ambiente propicio para atraer inversiones y turistas, proporcionar voz y visibilidad a los que no la tienen e impulsar la excelencia, la lengua y la cultura. No hay que olvidar que la Corona es uno de los elementos más reconocibles y prestigiosos de la marca España; un poderoso símbolo visual muy reconocible fuera de nuestras fronteras. Y todo envuelto en algunas cuestiones (nuevas en el marco de la monarquía) que preocupan al Príncipe, como son la transparencia y los principios éticos de la institución. Cuando presentó su Fundación Príncipe de Girona, en diciembre de 2011, la definió como “honesta y transparente”; no daba puntadas sin hilo: con esa reflexión se colocaba en las antípodas del Instituto Nóos, de su cuñado, Iñaki Urdangarín, cuya sede social en Barcelona había sido registrada por la policía unos días antes.

Ese es su trabajo. Lo llevan a cabo sin red ni guion. Cuando sea Rey, cuando asuma la Jefatura del Estado, Felipe de Borbón añadirá a esa etérea retahíla las amplias funciones constitucionales inherentes a su posición; no así ella, ya que la Constitución deja claro en su artículo 58: “La Reina consorte o el consorte de la Reina no podrán asumir funciones constitucionales, salvo lo dispuesto para la Regencia”. Él será el jefe del Estado y ella, su consorte; su complemento y una pieza clave en la representación de la institución y de la Nación. Puede ser mucho. Depende de ella. Así lo ha hecho la Reina Sofía durante casi 40 años, hasta tener una capacidad de influencia y visibilidad dentro y fuera de la institución y dentro de la maquinaria de la Zarzuela, muy superior a su condición de reina consorte.

Hoy, la Reina alcanza junto al Príncipe las mejores calificaciones de popularidad en las encuestas bisemanales que encarga la Casa. En un escalón inferior está el Rey. Doña Letizia es la peor valorada, aunque aprueba. La Princesa no termina de sintonizar con la opinión pública.

Una de las primeras normas de Letizia cuando llegó al Palacio de la Zarzuela como Princesa en mayo de 2004 fue no entrar en el territorio de la Reina. Doña Sofía, a través de su fundación y también de sus propios intereses vitales, alcanzaba ámbitos tan dispares como la enfermedad de Alzheimer, la música clásica, la cooperación internacional o los microcréditos. Letizia tenía que encontrar su sitio. Sin hacer sombra a nadie. Como el Príncipe. A ellos les tocaba esperar.

Lo primero fue conocer la Casa. Con bloc y bolígrafo Letizia recorrió durante semanas cada una de las once dependencias básicas de la estructura de La Zarzuela, desde Seguridad a Comunicación pasando por Protocolo y el Gabinete de Planificación; también conoció a los 11 hombres (no hay mujeres en los puestos ejecutivos) a cargo de la nave bajo la autoridad férrea del Rey (que constitucionalmente nombra y releva sin dar cuentas a nadie a sus colaboradores). Su media de edad es de 60 años, tres son diplomáticos, otros tres, militares; el resto, dos oficiales de la Guardia Civil, un abogado del Estado y un interventor del Estado. La mayoría ha hecho toda su carrera en la Casa. Letizia era la última en llegar. Algunas personas del microcosmos de la Zarzuela no la tratarían bien. Tomó nota.

En 2005 y 2007 Doña Letizia aseguró con dos hijas la sucesión al trono. Cumplió con la institución. Y comenzó a reflexionar sobre cuáles eran los nichos (como ella los define) en donde podría centrarse y ser más útil. Hoy, los ha encontrado en el entorno de la educación, la innovación, las enfermedades raras y la que en los últimos tiempos consume en gran parte las energías, la nutrición, un asunto en el que colabora con la Organización Mundial de la Salud y la FAO, a cuyas reuniones de trabajo asiste en Ginebra. A su lado, como apoyo, los 150 miembros de la Casa, pero, especialmente, José Manuel Zuleta, de 53 años, aristócrata y coronel de caballería, con el que curiosamente ha logrado entenderse a la perfección y hoy es uno de sus incondicionales. Zuleta (que trabaja en Zarzuela desde hace casi 30 años) solo se lamenta que el trabajo de la Princesa no sea más conocido y reconocido por la opinión pública. Y que siempre parezca más importante lo que lleva puesto que lo que hace. En el entorno inmediato de ella se lanza esta reflexión: “Su condición femenina parece que solo es relevante cuando se convierte en un valor comercial para los medios de comunicación que utilizan esa imagen. Todo eso pervierte por completo la labor institucional que desarrolla.

Letizia comenzó a contar con su propia agenda en 2007. Desde su llegada a La Zarzuela, ha asistido a 190 actos oficiales en solitario y ha tenido 107 audiencias en las que se ha reunido con más de 2.000 personas, a los que hay que sumar los 1.516 que ha compartido con el Príncipe y las 248 que han recibido juntos. A esa actividad hay que sumar 73 viajes a 38 países.

Sin embargo, la gran tarea de los Príncipes empezaría a partir del accidente del Rey en Botsuana, en abril de 2012, y las sucesivas operaciones quirúrgicas que llegaron a continuación, nueve en tres años. Un espacio de tiempo en el que asumieron (intentando no hacer sombra al Monarca, que es el único que posee todas las potestades constitucionales de forma indelegable) en muchas ocasiones la representación del Estado.

Fueron tiempos convulsos para la monarquía española, marcados por las desavenencias dentro de la Familia Real y, en concreto, por el caso Urdangarin, que condujo a declarar como imputada por primera vez en la historia a una hija del Rey, la infanta Cristina, hermana de su marido y en los comienzos de la relación entre los Príncipes, fiel aliada de Letizia. Esos tiempos de camaradería han quedado muy lejos. El 8 de febrero de este año, doña Cristina viajaba a Palma y se sentaba en el banquillo ante el juez José Castro. Esa misma noche, a su vuelta a Madrid, la Infanta se reunió con toda su familia, en el Palacio de la Zarzuela, para darles cuenta de lo sucedido. En ese grupo no estaba la Princesa; tampoco en la cena posterior, en la que solo participaron la Reina y sus dos hijas, Elena y Cristina. Según fuentes de la Zarzuela, “la Princesa nunca ha perdonado a sus cuñados cómo han puesto en peligro a la institución y a la propia posición de su marido. Al Príncipe le da pena su hermana, sabe que lo está pasando mal y es un sentimental y la Reina tira mucho en ese sentido de mantener a la familia unida contra viento y marea; sí, el Príncipe estuvo en esa reunión familiar de febrero, pero fue una excepción. Los Príncipes se han negado rotundamente a aparecer a su lado. No lo han hecho en público ni tampoco en privado. El Príncipe nunca supo de los negocios de su cuñado. Una actuación que va en contra de toda su visión ética del mundo y de cómo ve el futuro de la monarquía, que si quiere perdurar tiene que ser útil e intachable”.

La monarquía de Felipe y Letizia será distinta. Con una estructura más pequeña, moderna, abierta y transparente. Y sin preferencias del varón sobre la mujer para acceder al trono. El Príncipe no lo oculta. En otras de sus palabras, estas en Barcelona, en 2011, expresaba esa idea: “Quiero hacer realidad mi deseo firme y permanente de adaptar y de adecuar la institución a los tiempos que vivimos en cada momento, impulsando un proyecto que une nuestra historia con el futuro, que engarza nuestra tradición a un espíritu de vanguardia y progreso”.

Para empezar, se espera una necesaria puesta al día de toda la maquinaria de la Corona, en la que hoy abundan los militares, los guardias civiles y los policías; con unas abultadas plantillas de escoltas y profesionales del protocolo y que carece, por ejemplo, de una unidad de análisis y estrategia. En la Zarzuela todos trabajan sin guion.

Algunos miembros de la Casa contemplan en un plazo no muy lejano el momento en que el Rey pase el relevo a su hijo. Un observador pone el foco en 2015, el año en que Urdangarin será juzgado, en que Leonor cumplirá 10 años y 40 el Rey al frente de la Corona.

Para visualizar cómo será el estilo de Felipe y Letizia, nada mejor que echar un vistazo al viaje que hicieron a Estados Unidos en noviembre de 2013. Fue la escena que mejor representó la madurez de la pareja como Príncipes y como personas. En Miami, en la capital del poder latino en el mundo, atractivos, cercanos y con un inglés perfecto, fueron aclamados durante minutos por el auditorio del Teatro Olympia. Don Felipe, exultante, lanzó un vibrante “Buenas noches, Miami”. Ella sonrió cómplice. Ese será su estilo.

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