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Lo que nadie contó de Vietnam, la primera ciberguerra de la historia

El Confidencial El Confidencial 06/03/2016 David G. Ortiz

Películas como 'Apocalypse Now' y 'La chaqueta metálica' han grabado en las retinas occidentales la imagen de una guerra de Vietnam sucia, con tropas que se arrastran por el barro y se abren paso a duras penas, con sangre en las botas, por los campos de arroz de la nación asiática. Lo que Hollywood no ha reflejado es la otra cara del conflicto, la que marcó la transición entre la guerra de trincheras con lucha cuerpo a cuerpo, como la que vemos en el cine, y el campo de batalla moderno, en el que las operaciones se ejecutan desde una sala con aire acondicionado frente a la pantalla de un ordenador.

Para combatir a los vietnamitas, Estados Unidos no solo reclutó a miles y miles de soldados, muchos de los cuales jamás regresaron a sus hogares o lo hicieron con secuelas de por vida. Científicos e ingenieros también jugaron un papel clave en la contienda más famosa de la Guerra Fría, desarrollando innovaciones tecnológicas que, supuestamente, cambiarían el curso de la guerra.

Entre 1968 y 1973, la potencia norteamericana invirtió unos 1.000 millones de dólares en la operación Igloo White, una iniciativa secreta que ha pasado a la historia por dos razones: que inauguró la era electrónica de los conflictos bélicos y que fue, como casi todos los experimentos pioneros, un auténtico fracaso.

A cargo del proyecto estuvo un grupo de genios visionarios, unos 45 científicos procedentes de las más prestigiosas universidades que llegó a ser conocido como los Jasons (apodo que acuñó la esposa de uno de sus miembros por el mito griego de Jason y los argonautas). Formaban una división casi independiente que estuvo financiada por ARPA, el germen de la actual DARPA, la agencia del Gobierno estadounidense que investiga tecnologías militares futuristas.

El plan: cortar los suministros

Estados Unidos tenía un plan para revertir el curso de la guerra. Si no podían derrotar a los aguerridos guerrilleros del Viet Cong, que controlaban buena parte de Vietnam del Sur, lo mejor que podían hacer era impedir que luchasen. Si cortaban los suministros que los combatientes recibían del Norte a través de la famosa Ruta Ho Chi Minh, obligarían al mandatario vietnamita a sentarse a negociar.

(Foto: Corbis) © Proporcionado por El Confidencial (Foto: Corbis)

Para impedir que armas, refuerzos y avituallamiento se desplazaran libremente, el Secretario de Defensa de aquel entonces, Robert McNamara, pensaba construir una valla. Iba a ser una barrera física, convencional, pero los Jasons tenían un plan más avanzado, sobre todo para los estándares de 1966: propusieron crear una red de sensores que funcionara como un muro virtual, detectando todo movimiento de tropas y vehículos por la frontera.

La sede de operaciones se estableció en Tailandia, en la Nakhon Phanom Air Base, por aquel entonces el mayor edificio de todo el sureste asiático. Desde aquel lugar repleto de comodidades que parecía la sede de un gigante tecnológico, y no desde la jungla vietnamita, se libraría la batalla “limpia” que, según los Jasons y sus partidarios, iba a decantar la guerra. Enormes monitores a color que mostrarían información en tiempo real sobre la Ruta Ho Chi Minh y aún más grandes ordenadores IBM 360 eran las armas que utilizarían para ese lance.

Al mismo tiempo, la red de sensores que compondría el muro virtual se estaba desplegando sobre el terreno. Docenas de carísmos y futuristas sensores se enterraron en el suelo vietnamita camuflados entre la vegetación. Los había acústicos, para tener oídos en el campo de batalla; sísmicos, para detectar el traqueteo de los vehículos; de radiofrecuencia, detectores de metal y hasta químicos, capaces de distinguir el olor de la orina y el sudor humanos para delatar la posición del enemigo.

Era la tecnología más avanzada de la época y, sin embargo, presentaba varios problemas comunes y algunos particulares, propios de cada artefacto. En primer lugar, no eran suficientemente robustos para ser lanzados desde un avión (de hecho, las pérdidas ocasionadas por dispositivos rotos durante el aterrizaje fueron escandalosas), así que la mayoría tuvieron que instalarse desde tierra.

Además, las baterías se agotaban demasiado rápido, por lo que debían reemplazarse con frecuencia. Esto se solucionó reemplazando las de níquel-cadmio (como las pilas de tu mando a distancia), que solo duraban dos semanas, por las de iones de litio (como las de tu móvil), que aguantaban hasta dos meses. También se fabricaron sensores que podían desconectarse a distancia para ahorrar energía.

Otros inconvenientes no tuvieron tan fácil solución. Por ejemplo, la dificultad de discernir cuándo un sensor estaba detectando a un enemigo y cuando a un civil inocente. ¿Cómo saber si el detector de metales había localizado a un guerrillero con un arma o un campesino con una pala? ¿Cómo saber si el vehículo que estaba delatando el sensor sísmico era un camión con suministros para el enemigo o el tractor de un aldeano indefenso? Fue el principal quebradero de cabeza de los trabajadores de la Nakhon Phanom Air Base y aún sigue siendo la mayor preocupación en nuestros tiempos, a pesar de lo mucho que ha evolucionado la contienda electrónica.

Sabotaje enemigo

(Foto: Corbis) © Proporcionado por El Confidencial (Foto: Corbis)

La operación se complicó más aún cuando el Viet Cong comprendió el funcionamiento de la valla virtual y comenzó a boicotearla. Entre otras cosas, los combatientes colocaban cubos llenos de orina junto a los sensores para ocasionar falsos positivos y desviar los bombardeos estadounidenses a lugares donde no servían para nada.

Aunque todos estos problemas restaron efectividad a las operaciones de Igloo White, el verdadero hándicap fue otro: los sensores tenían una capacidad muy limitada para transmitir sus hallazgos, de tal forma que era necesario enviar drones a sobrevolar la valla virtual para que recogieran la información y la mandaran a Tailandia.

Costó asumir que aquel proyecto de 1.000 millones estaba fracasando, pero finalmente se decidió cambiar de rumbo: ya que los aviones tenían que intervenir igualmente, salía más rentable vigilar desde los cielos, con aeronaves no tripuladas provistas de sensores ópticos, de radiofrecuencia o infrarrojos. Los datos que recogían, además, eran más fiables. Para los combatientes del Viet Cong no resultaba tan sencillo manipularlos.

Que el experimento fracasó es una obviedad teniendo en cuenta el resultado de la guerra. Aunque las Fuerzas Áreas estadounidenses afirmaron que hasta 75.000 camiones habían sido destruidos en la Ruta Ho Chi Minh gracias a la red de sensores, estimaciones de la CIA que se conocieron años más tarde revelaron que tan solo unos 6.000 camiones fueron interceptados antes de llegar al Sur.

Algunas cosas han cambiado desde los años 60 y ese primer intento de alejar la guerra de las trincheras, pero algunos de los problemas que causaron aquel fracaso siguen hoy en día sin solución. Si algo demostró Vietnam, además de que las batallas del futuro se librarían desde salas con aire acondicionado, es que la contienda electrónica no es necesariamente más “limpia”.  

(Foto: Corbis) © Externa (Foto: Corbis)
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