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EL PAÍS EL PAÍS 06/06/2014 Juan José Millás

Imaginemos un hospital en el que los enfermos viven pendientes de la salud de sus médicos; un parvulario donde los críos han de poner orden y enseñar canciones infantiles a sus profesores; un hogar en el que los hijos pequeños salieran a trabajar todos los días mientras los padres se van al instituto… Un mundo al revés, en fin, que hasta ahora venía siendo materia para la ficción y que de súbito ha saltado a la realidad. Ahí nos vemos usted y yo, ciudadanos de a pie, como se dice, agobiados por los problemas internos de la monarquía, del PSOE, del PP y de las instituciones en general. Quienes tendrían que estar las 24 horas del día dándole vueltas a cómo resolver nuestros problemas, que son muchos, andan de acá para allá completamente atribulados por conflictos internos, ajenos del todo a lo que ocurre al otro lado de sus despachos, donde millones de contribuyentes hacen cola a las puertas de las oficinas del INEM, o malviven con salarios de Liliput, o han de salir al caer a la noche, como ratas, a buscar en los contenedores de basura algo que llevarse a la boca. Significa que nuestros próceres parecen médicos enfermos, profesores ignorantes, legisladores sin conocimientos, cuando no pura y simplemente peña que va a lo suyo, aunque cobran con puntualidad un sueldo del Estado. Lo nuestro, lo de los ciudadanos que cruzamos las calles por el paso de cebra, es horrible. Ya no nos extraña que se repartan sobresueldos, ni que tengan cuentas en Suiza, ni que amnistíen a los defraudadores, ni que pillen a un miembro del Constitucional borracho en una moto, ni que una política en activo se dé a la fuga ante la presencia policial. Nos hacemos cargo, créannos, de sus problemas con el escalafón, con el alcohol, con la autoridad, con la familia, con el dinero negro, pero los que necesitamos atención somos nosotros.

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