Al utilizar este servicio y el contenido relacionado, aceptas el uso de cookies para análisis, contenido personalizado y publicidad.
Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

Lorca y Kerouac en Copacabana

El Mundo El Mundo 10/06/2014 ORFEO SUÁREZ

Copacabana, en realidad el nombre de una virgen, se ha convertido en una de las palabras que evocan más rápidamente la exuberancia, que proponen a ciegas una explosión de los sentidos. Por ello, despertar súbitamente en mitad de la noche en una casa en la que se ha entrado a oscuras, y toparse con Lorca, Kerouac, Doris Lessing, Chomsky o Zweig produce una desorientación mayor a la del jet lag. Alguien se ha equivocado. Soy yo. Malditos tópicos.

La decoración tiene un aroma modernista y las lámparas art decó se suceden en las estancias donde abundan los libros, viejos, en varios idiomas. Es posible leer a Lorca en francés, también a Reinaldo Arenas, recuperar una versión original de Margaret Mitchell, 'Gone with the wind', descubrir a Camoes en su idioma o volver, una vez más, a Primo Levi. Me asalta un súbito deseo de conocer quién habitó esta casa, de imaginar al personaje que se sumergía en semejantes ejercicios de introspección mientras a una calle se producía la mayor extroversión posible por el rugir de las olas y los cuerpos. ¿Qué mente escogió este paradisíaco lugar para torturarse con Kerouac? El recuerdo de que Zweig, una de las mejores cabezas del centro de Europa, escogiera también Brasil para quitarse la vida, me lleva a preguntarme si también lo haría.

Por un momento pienso en el gran artículo que sobre ese personaje imaginario escribiría Pedro Cuartango, compañero y amigo, que es capaz de hacer pasar en 30 líneas a buena parte de la filosofía alemana por un plato de patatas con chorizo. Esa capacidad de hacer ciencia de lo más cotidiano me produce una envidia absolutamente insana, tanta como la que empiezo a sentir por el propietario de esta casa. Llamo a Cuartango para provocar la suya. También a mi padre, a Juan Diego, porque sé que cualquier lector querría sentirse en mi lugar. Lo confiesan.

Pregunto al portero, pero es inútil. La agencia que lo ha alquilado tampoco da razones del propietario. Son las normas. Los vecinos de enfrente me dicen que apenas lo conocieron, pero al cerrar la puerta, descubro un pequeño y desfigurado grabado en la madera de su puerta. Me acerco. Es el candelabro judío, para siete velas. ¿Fue judío?, me pregunto. Es una pista. Lo siguiente que deduzco es su educación francesa. Es el idioma en el que existen más libros.

Copacabana, a la que dio su nombre un santuario levantado por pescadores de origen boliviano, en honor a una de sus patronas, fue el lugar donde la ilustrada burguesía criolla, educada en los colegios de París, levantó sus casas en la segunda y tercera décadas del pasado siglo. Eso explica la decoración, la supervivencia de algunos muebles que huelen como lo hacía 'donde la abuela'. Conservarlos es como conservar una parte de quienes convivieron con ellos, de quienes quisimos, algo que lamentablemente olvidamos en las casas impacientes en las que lo tiramos todo. Nuestro personaje no lo hizo.

© Proporcionado por elmundo.es

Buena parte de la comunidad judía más pudiente se desplazó, asimismo, a estas calles para convivir, tiempo después, junto a los nazis que dejaron atrás su identidad pero jamás su pasado, sus crímenes. Era una época de cócteles en el Copacabana Palace, hotel tan literario como el Orient Express, ahora reformado y acechado por quienes ofrecen sus cuerpos sin hacer preguntas a su alma.

De pronto, recuerdo una fascinante novela sobre ese tiempo de Chico Buarque, escritor además de músico. Se llama 'Leche derramada'. Cuenta de qué forma lo intenta recordar un octogenario afectado por alzheimer, recluido en un sanatorio y torturado por la mujer que lo dejó, cuya piel canela y su pelo panocha es lo más nítido que logra recomponer en su memoria. Hijo de un burgués adinerado, amigo de dictadores, el viejo cruza la tortura de su presente, desasistido por su hija y su nieto, con el libertinaje de un tiempo en el que no había "amantes avaros en caricias y calefacción", como le sucede en el sanatorio.

Quien aquí vivió tampoco lo fue en palabras. Son tantas las que se encuentran en esta casa que sería posible dejar el fútbol por un tiempo, olvidar que esto es Copacabana. Quizás para comprender a nuestro personaje sólo haya que buscar en sus libros, en Kerouac: "Bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca". Sigamos, pues, a la pelota.

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más el El Mundo

image beaconimage beaconimage beacon