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Los únicos diez momentos que debes conocer de la gala de Eurovisión

EL PAÍS EL PAÍS 11/05/2014 ICON

Una mujer de generosos pechos y escote aún más generoso agarra un palo con ambas manos y mientras se muerde el labio inferior lo lleva rítmicamente arriba y abajo. Sutileza japonesa. No hablamos de un vídeo porno de los años setenta sino de la actuación de la representantes de Polonia, Donatan & Cleo, que supuestamente simulaban estar batiendo mantequilla. Ataviadas con una suerte de trajes regionales jibarizados cantaban una especie de rap que ya nadie recuerda, porque lo único que ha quedado fijado en el córtex de los que contemplaron en directo semejante espectáculo de destape folclórico fue una cosa. O más bien dos. Que los palabras de honor, corsés y wonderbrapowerpush sean el uniforme reglado de la gala es una cosa. Pero aquel nivel de obviedad fue otra. Si se hubiesen tirado un cubo de agua helada encima al menos podrían haber dicho que era un homenaje a Flashdance.

La escuela de opinión que consideró ignominioso el inglés de Ana Botella al defender Madrid como una capital olímpica encontró una mina en la presentadora que dio los puntos en nombre de España. No solo porque el inglés era lo suficientemente imperfecto como para reavivar ese instinto carpetovetónico de linchar al que no es bilingüe, sino porque encima hubo una pausa en la que la presentadora vaciló, como si no supiera lo que estaba haciendo o como si estuviera sintiendo la que se le venía encima.

Ruth Lorenzo salió con el pelo mojado, se cambió de vestido en el último momento porque el que había elegido no cumplía con la normativa del concurso, y cantó Dancing in the rain como si el mañana fuera a dejar de fabricarse. Quedó la décima (con 74 puntos), 16 puestos por delante que El sueño de morfeo, sus predecesores en el festival, y en el mismo lugar que Pastora Soler. La murciana fue votada por 17 países. Albania fue el más generoso y le otorgó 12 puntos. El Reino Unido, donde reside, solo cinco. “Esos no saben lo que es la furia española, ya verás cuando vuelva”, declaró la cantante tras conocer su resultado. Portugal, nuestro aliado histórico, sorprendió al no tener en cuenta a la representante española. La geoestrategia europea no es lo que era. El décimo puesto de Lorenzo resulta por desgracia algo fácilmente olvidable. Ni fío, ni calor. Recordamos las grandes victorias (Salomé, Masiel) y los desastres estrepitosos (Remedios Amaya, El sueño de morfeo), pero todo lo que está en medio termina difuminándose. Salvo gloriosos temas como Bailar pegados, Gwendoline o Europe’s living a celebration, la canción con la que Rosa obtuvo en 2002 un séptimo puesto que todavía no hemos logrado superar.

Sucede hasta con los mejores que al repetir una tarea una y otra vez sin muchas variaciones, se pierde algo del entusiasmo original. En el caso de Jose María Íñigo, que desde el Düsseldorf de 2011 ha asumido la sisífica tarea de comentar las victorias de otros en Eurovisión, no es una cuestión tan de blanco y negro. Cuando nuestra Ruth Lorenzo terminó su interpretación, por ejemplo, el presentador anunció con académico valimiento: "No se puede cantar mejor", y repitió esa frase dos veces. También le dio las gracias a todos los países que le dieron un punto a España. No se puede hablar de una pérdida de entusiasmo en ese sentido.

Photo © Reuters

Sin embargo, sí que se pudo percibir una cierta dejadez al hablar de los demás. Al principio, cuando intentó describir el papel de los acróbatas en la balada de Azerbayán. "Bueno, todo sea por el espectáculo", resumió con un tono que le recriminaba al pueblo, ese hoi polloi con la capacidad de retención de un tuit, que necesite un estímulo visual para apreciar con las canciones del sacrosanto festival. El #IñigoEsceptico resugiría en varias descripciones venideras. También generó frases como "Bueno, dicen que la belleza eslava es famosa en todo el mundo", incrédulo ante el criterio del planeta. Nada de esto superó, no obstante, cuando intentó hacer suya la clasificación del grupo francés: "Ellos la etiquetan como electrorockraaap... o algo así". A partir de ahora, antes creerse algo, haga una prueba de algodón: Piénselo con la voz de Íñigo, a ver cómo suena.

Conchita Wurst y Jose María Íñigo juntos, prueba de que el selfie aún es capaz de hacer grandes cosas por el progreso de la humanidad y que su valor documental es objetivamente superior a las connotaciones narcisistas que arrastra la práctica.

La imagen no solo ofrece la posiblidad de juntar a dos iconos de una noche en una yuxtaposición imposible pero lógica a la vez: también recuerda al espectador que hay gente real detrás de estos eventos, que están tan institucionalizados que parecen no tener cabida para espontaneidades de este tipo.

Que sí, que ya sabemos que ya nadie (excepto los italianos, los franceses y los ingleses) canta en su propia idioma. Pero cuando los holandeses The Common Linnets aparecieron travestidos como Johnny Cash y señora (June Carter) en mitad del escenario, mirándose fijamente a los ojos con sus guitarras al hombro interpretando una versión mal disimulada de Every breath you take de Police, la sobredosis de referentes estuvo a punto de arruinar una de las actuaciones favoritas de la noche. En una edición dominada por el llamado efecto Frozen y por temas que parecían ideados para llevar las clases de spinning a su punto álgido, Calm after the storm surgió como una alternativa más clásica aunque no por ello aburrida. Como la periodista Puri Beltrán definió en su cuenta de Twitter, Holanda Rosenvinge y Nacho Vegas gustaron y quedaron en una segunda posición que supo a medalla de oro. Porque ¿Quién puede competir con Austria Internacional en la Superbowl de la posmodernidad?

Sabe uno que ha alcanzado el codiciado estatus de icono cultural cuando se empiezan a generar memes a su imagen y semejanza. Así sean unos que le conviertan a uno en el origen de una religión incierta. Si hasta el portal Buzzfeed opina que es rentable tener abiertas varias páginas dedicadas a las virtudes de uno, ese uno puede considerarse estrella. Y eso es lo que le ha pasado a Conchita este fin de semana,

Nadie lo dijo mejor que una cuenta en Twitter que desde hace años parodia la figura de Jesucristo. En plena gala, publicó una foto de Conchita con el subtítulo: "¿Mamá?".

Cuando ya parecía que no podíamos ser testigos de más surrealismo, puestas en escena joseluismorenistas y ostentaciones de cartón piedra (fundamentalmente porque las actuaciones de los 26 participantes habían terminado) van los tres presentadores de la gala y se marcan un videoclip, totalmente gratuito e indescriptible, sobre los doce puntos que constituyen la nota máxima que un país puede otorgar a otro. Como si de un vídeo de Barrio Sésamo se tratase, los presentadores (que hasta entonces se habían ganado nuestro respeto por su buen inglés y estilismo aceptable) nos relatan las bondades de este número. Su cancioncilla de campamento llega acompañada de imágenes impagables como la de un breakdancer bailando delante de Jesucristo y sus apóstoles en la última cena. Por si a alguien le quedaba alguna duda sobre las sustancias bajo cuya influencia fue ideada semejante performance los guionistas deciden incluir una broma sobre China y Ban Ki-moon (Secretario general de Naciones Unidas), que es originario de Corea del Sur. Festival de Eurovisión, festival del humor.

Aún cuando la matemática hizo imposible que ganara nadie más, Conchita Wurst seguía poniendo cara de incredulidad cada vez que recibía un punto. Se sospecha que algo de ficción podía haber en el asunto.

Parecía cantado. Conchita Wurst poseía varios de los requisitos imprescindibles para triunfar en Eurovisión: un tema con crescendo épico, su buena dosis de polémica y una imagen claramente identificable (y por ende parodiable). En un certamen de música que, en los últimos años, ha alcanzado la categoría de fenómeno posmoderno, presentar a una diva barbuda vestida como una novia de Ellie Saab es jugar sobre seguro. Cierto que Conchita tiene innegables capacidades vocales pero su canción Rise like a phoenix no resultaba memorable ¿La prueba? Pocos eran capaces de tararear su estribillo una vez terminada la retransmisión del festival. Todo lo contrario de lo que sucedió con Euphoria, de Looren, ganadora en 2012, o con Diva, el tema que encumbró en 1998 a la transexual israelí Dana Internacional. Pero, como gustan decir en los realities, el público ha hablado y lo ha hecho alto y claro. Europa ha lanzado un mensaje a través de esta votación que, tal vez no se corresponda con el de las elecciones del 25 de mayo (o sí). A Europa le gustan las divas (un tanto sobreactuadas), le gusta la tensión dramática y las barbas. Y es tolerante. O eso dice.

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