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Los 500.000 votantes de los que depende el futuro de Cataluña a partir del 1-O

Logotipo de El Confidencial El Confidencial 27/09/2017 Isidoro Tapia

Como la universidad de Barcelona hace unos días, en la primavera de 1968 un tumultuoso grupo de estudiantes ocupó el campus de Columbia, en la parte norte de Manhattan. En su última novela, Paul Auster, que vivió aquellos días como estudiante universitario, los relata a través de los ojos inquietos de su protagonista, un joven judío que estudia literatura mientras hace de reportero para la gaceta universitaria.

Las protestas pronto se extendieron al resto de universidades del país, dividido por la guerra de Vietnam y el choque cultural entre padres e hijos que caracterizó la década de los sesenta. El Partido Demócrata vio explotar las protestas en sus propias manos. Víctimas de la división interna, los demócratas perdieron las elecciones de noviembre de 1968 ante Richard Nixon, y después optaron por el camino más previsible: girar a la izquierda. Entre sus nuevas banderas, exigieron la reducción de la edad mínima para votar de 21 a 18 años, como guiño a las demandas estudiantiles.

La verdadera sorpresa se produjo cuando Nixon, ya presidente, recogió el guante, que en 1971 se convertiría en la 26ª enmienda de la Constitución americana. A fin de cuentas, lo normal era que los jóvenes votasen en masa por los demócratas, lo que hacía inexplicable el apoyo de Nixon. Pero el olfato político de Nixon era tan agudo como, en ocasiones, degenerado. Había advertido en la sociedad americana una mayoría silenciosa: la que no protestaba, la que no abrazaba la contracultura, la que vivía con perplejidad una década que había abierto en canal a la sociedad americana, como años más tarde inmortalizaría con su majestuosa sencillez el Vietnam memorial en Washington DC. Una mayoría silenciosa, por cierto, que no era simplemente generacional (hijos contra padres). Porque, también entre los más jóvenes, Nixon ganaría con claridad las elecciones de 1972.

Tiremos de analogía histórica para plantearnos varias preguntas sobre el desafío independentista: ¿existe una mayoría silenciosa en Cataluña? Y si existe, ¿cómo es de grande? ¿Y hacia dónde puede moverse a partir del 1-O?

Una de las consecuencias del ya largo lustro de proceso soberanista, es que los colores grises en Cataluña prácticamente han desaparecido. Cerca del 70% de los electores tenía decidido de antemano su voto en las últimas elecciones autonómicas catalanas en 2015, según el CIS. En comparación, esta cifra fue del 65% en las autonómicas de 2012 y del 60% en las de 2010. Con el tiempo, cada uno de los bandos se ha hecho más firme en sus convicciones, no menos.

De manera similar, el bloque de abstencionistas ha caído en picado: si en las autonómicas de 2010 se abstuvieron más de dos millones de catalanes (un 40% del censo), en las de 2015 apenas lo hicieron poco más de un millón (un 20%), cerca por tanto, de lo que se conoce como abstención técnica.

Una vecina de Barcelona escoge una papeleta en un colegio electoral. (EFE) © EFE Una vecina de Barcelona escoge una papeleta en un colegio electoral. (EFE)

Además, la mayor parte de los que dudaron sobre el sentido de su voto lo hicieron entre opciones dentro de un mismo bloque (por ejemplo, entre la CUP y JxSi, o entre el PP y Ciudadanos). Los verdaderamente indecisos entre opciones independentistas y no independentistas apenas representaron, según el CIS poselectoral, un 6% de los electores (unos 300.000). No obstante, es conocido que los votantes suelen reafirmarse en sus decisiones justo después de votar (un sesgo cognitivo frecuente conocido como “de la confirmación”). Reajustando por este factor, podemos cifrar en unos 500.000 los electores indecisos.

La primera conclusión es por tanto esta: no existe un Cataluña una mayoría silenciosa. Si acaso, es una minoría, unos 500.000 electores, un 10% del electorado. Sin embargo, no es el final de la historia: como veremos a continuación, se trata de una minoría cuya importancia puede ser determinante.

¿Quiénes son los indecisos? ¿De dónde proceden? El independentismo (como todos los movimientos revolucionarios) es una compleja paleta de colores: a efectos de análisis, podemos agruparlos en cinco grandes grupos, en función de su origen político: están los anarquistas, de vieja tradición en Cataluña, ahora arropados bajo el manto de la CUP; también los independentistas de toda la vida, tradicionalmente votantes de ERC; en tercer lugar, el pequeño y mediano comerciante que constituía el núcleo de CiU; un cuarto grupo es el antiguo votante del PSC e ICV, entre los que cabría hacer dos subgrupos. Por un lado, los votantes urbanos de estudios superiores, y por otro los votantes del cinturón industrial. Y, finalmente, están los votantes nuevos: los que han alcanzado la mayoría de edad en plena fiebre independentista, y los que no votaban en las elecciones autonómicas y han empezado a hacerlo.

Existe la creencia generalizada de que el independentismo se ha nutrido del voto del PSC, tal vez porque han sido muchos los antiguos dirigentes socialistas que se han pasado a las filas independentistas. Pero se trata de un fenómeno más propio de cargos políticos que de votantes. En las elecciones de 2010, el PSC recibió unos 570.000 sufragios. En 2012, unos 520.000. Y en 2015, prácticamente los mismos 520.000 votos. Es decir, que el trasvase de voto socialista al independentismo ha sido muy limitado, como mucho unos 50.000 votos, una gota de agua entre los cerca de 2 millones que apoyaron a JxSi o la CUP.

¿Cuáles han sido, entonces, los principales caladeros independentistas? En primer lugar, la altísima retención del voto nacionalista (el 90% de los antiguos votantes de CiU y prácticamente el 100% de los de ERC –la mayor parte votando a JxSI, y el resto a la CUP-). Y, en segundo lugar, los votantes nuevos: los independentistas obtuvieron en las últimas elecciones cerca del 60% del voto más joven, y algo más del 50% entre los electores que no habían participado en los comicios anteriores.

Parece difícil que los votantes más jóvenes se bajen del carro del 'procés'. Están hipermovilizados: cerca de un 85% participó en las autonómicas de 2015 (en comparación, apenas un 60% lo haría en las elecciones generales celebradas dos meses después). Viven el 'procés' con el romanticismo propio de los sueños juveniles imposibles. Buscan la playa debajo de las piedras, como tantos otros hicieron antes que ellos. La principal diferencia es que, al contrario que los silenciosos jóvenes de Nixon o los que hicieron dimitir al inagotable De Gaulle, los jóvenes de hoy tienen un peso demográfico muy reducido en términos electorales. Podrán convertirse en un símbolo, pero ya no son una base electoral capaz de cambiar mayorías.

Lo que nos deja con la segunda bolsa de interés: el casi millón de votantes que tradicionalmente se abstenía en las elecciones autonómicas. Los que votaban a Felipe en las generales pero se quedaban en casa en las elecciones a la Generalitat. Los mismos que en 2008 llevaron en volandas a Carme Chacón. Es dentro de esta bolsa donde se encuentra la minoría silenciosa de los indecisos.

¿Por qué decíamos medio millón de indecisos cuando tradicionalmente hubo un millón de abstencionistas en las elecciones autonómicas? En primer lugar, porque algunos de estos famosos abstencionistas, después de varias décadas de serlo, lógicamente han fallecido (y han sido sustituidos por jóvenes mucho más activos, como ya hemos señalado). Otros se ha han convertido a la causa independentista. Algunos con la fe del converso, pero muchos son “independentistas instrumentales”: apoyan la independencia como instrumento para conseguir otra cosa: un sistema sin las (no pocas) insuficiencias institucionales españolas, o un atajo para desembarazarse del Gobierno de Rajoy; y, finalmente, están los “independentistas tácticos”, lo que se suben al 'procés' como estrategia negociadora, para conseguir un pacto fiscal más favorable para Cataluña, o un reconocimiento nacional que la coyuntura política de la transición (con la soga golpista siempre latente) no hizo posible.

¿Hacia qué lado se puede mover esta minoría silenciosa? Contemplo básicamente tres escenarios: que repitan jugada, que apoyen al PSC o a Podem. Dependiendo de hacia dónde se muevan, el equilibrio de mayorías en el Parlament puede alterarse sustancialmente.

El escenario “uno” es el de la ruptura. Una vez abortado el 1-O, Puigdemont convoca elecciones anticipadas. Los partidos independentistas obtienen un apoyo similar y reeditan su mayoría absoluta, tal vez juntos o en armónica división de siglas, ahora seguramente liderados por Junqueras. El choque continua. Una espiral permanente de acción-reacción hasta que las costuras revienten por algún lado.

El escenario “dos” es el favorito de Pablo Iglesias: ya sea porque los independentistas pierden la mayoría absoluta o porque, sin perderla, optan por una mayoría de color político distinto, deciden sumar a Podem a su bloque de gobierno. Nace el “procés 2.0.”, con una vocación más social que nacionalista. Una especie de proceso constituyente en Cataluña, con ERC, la CUP y Podem al mando. Como señalaba, el sueño hecho realidad de Pablo Iglesias. Cataluña, otra vez en nuestra historia, como banco de pruebas de la revuelta social en España.

Y, finalmente, en el tercer escenario, el PSC consigue atraer gran parte de los votos indecisos y es capaz de articular a su alrededor una mayoría de gobierno. En un improbable caso, alcanzando un pacto a tres con Podem y Ciudadanos, una prueba piloto de lo que voluntariosamente se ha llamado las fuerzas del cambio, el escenario tantas veces perseguido por Pedro Sánchez. O, alternativamente, con un pacto transversal entre bloques, una especie de reedición del tripartito de izquierdas, con ERC, Podem y PSC de compañeros de coalición. Este, seguramente, el escenario preferido por Iceta y los socialistas catalanes.

¿Existen otras alternativas? Es improbable. Aunque las encuestas indican que Ciudadanos tiene todavía margen de subida en Cataluña, no parece suficiente para que los naranjas puedan alcanzar una mayoría “constitucionalista” junto con el PP y el PSC (a la que además, difícilmente el PSC se sumaría). En Cataluña, Ciudadanos se percibe como un partido muy escorado hacia la derecha (7.48 en una escala de 1 a 10, mientras en el conjunto de España obtienen un 6.45). Recordemos que Ciudadanos nació en Cataluña a la derecha del PP, denunciando el contubernio entre populares y nacionalistas. Lo que le sirvió para crecer con vigor y posteriormente resituarse a la izquierda del PP en el resto de España. Pero este pecado original le impide ser profeta en su tierra, constituye una rémora insalvable para abordar con éxito la conquista de los votantes del cinturón rojo de Barcelona.

¿Y cuál es el escenario más probable, el 1 –el preferido por Junqueras-, el 2 –el de Pablo Iglesias- o el 3 – ya sea el de Sánchez o el de Iceta-? El postelectoral del CIS de las últimas autonómicas catalanas da algunas pistas: casi la mitad de los votantes que hemos definido como indecisos dudó entre Podem y un partido independentista (JxSi o la CUP), mientras fueron muchos menos los que se plantearon apoyar al PSC. Una segunda pista es que si el PSC siempre tuvo dificultades para movilizar a esta bolsa de abstencionistas en las elecciones autonómicas, no se entiende por qué podría lograrlo ahora. Así que me inclino a pensar que bien el escenario 2 –el de Pablo Iglesias- y en menor medida el 1 –el de Junqueras-son los que más nítidamente se perfilan en el horizonte. Para los que nos estábamos cansando de la sopa del procés, aquí tenemos la segunda taza.

*Isidoro Tapia es economista y MBA por Wharton.

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