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Los azules y los mares de Sorolla

El Mundo El Mundo 12/06/2014 VANESSA GRAELL
© Proporcionado por elmundo.es

Hay en el azul del mar violetas, bermellones, amarillos de Nápoles, rojos venecianos, verdes esmeralda. El azul de Joaquín Sorolla se hunde en el cobalto, el ultramar, el cerúleo, el Prusia. El pintor se sumerge en ese azul, lo satura con otros colores o lo matiza con un blanco puro. Nadie como Sorolla pintó el mar: al alba, al atardecer, bajo el sol cenital del mediodía, en tardes lluviosaso mañanas luminosas. Con su caballete plantado en la arena, Sorolla pintó hasta la saciedad el Mediterráneo, en esa playa suya, el Cabañal, la de los recuerdos de infancia y en la que vería jugar a sus hijos. Más allá de un impresionismo del que fue coetáneo, Sorolla captó los reflejos, las transparencias, los espejos que dejan las olas en la arena, las refracciones de los cuerpos que se disuelven en el agua.

La magna El color del mar -llamada a ser la exposición de la temporada en Barcelona-aterriza en CaixaForum hasta el 14 de septiembre con 80 obras de Sorolla, la mayoría procedentes de su casa-museo en Madrid. Esta retrospectiva monográfica reúne todos los mares de Sorolla: el puerto de San Sebastián, la costa escarpada de Jávea (Alicante), las playas valencianas, las calas de Mallorca, Biarritz, Zarauz, Lloret de Mar, incluso los canales de Venecia...

«A menudo Sorolla se refería a 'La pobre miseria de los colores', que no le bastaban para plasmar la naturaleza bajo la acción siempre cambiante de la luz. Su desafío era captar el agua en movimiento, esos mil reflejos y transparencias que pintó en sus innumerables estudios del mar, en las notas de color, como él las llamaba», explica Consuelo Luca de Tena, directora del Museo Sorolla. Esas notas de color, pequeñas tablas o cartones, suponen ejercicios de estilo en los que Sorolla capta el efecto fugaz de la luz sobre el mar, puro color y fluidez, sin horizontes ni paisajes, sólo agua y la textura de la pincelada como movimiento. «Es una pintura muy rápida, muy moderna», añade Luca de Tena.

Una modernidad que contrasta con el clasicismo de la primera obra de la exposición, una Marina de 1880, academicista, en la tradición de los vedotisti, que Sorolla pintó con tan sólo 17 años, con una pincelada aún contenida. Pero pronto se revelaría su estilo a través de la explosión y el dominio del color. «Tanto lo dota de una densidad matérica como lo diluye como una acuarela. No depende de su evolución, sino del tema que trata», apunta Luca de Tena. Y en la Cala de San Vicente de Mallorca, donde se retiró a descansar en 1919, pintó fluidos paisajes que parecen una aguada casi acuarelada en contraste con atardeceres absolutamente matéricos, de densas pinceladas en unas visiones exquisitas que el pintor consideraba «impresiones muy ligeras». Ligeras en contraposición al monumental encargo de la Hispanic Society de Nueva York (14 murales sobre su Visión de España, que ejecutó entre 1913 y 1919). Ese encargo acabó de consolidar su fama mundial, aunque en 1900 ya fuera distinguido en París con el Grand Prix de la Exposición Universal.

Sorolla se confesó siempre como un pintor naturalista. Por eso rechazaba la vanguardias, que a su juicio se alejaban de la representación de la naturaleza. Siempre pintó a plein air. Varias fotografías a gran escala muestran al pintor en la playa, a pleno sol, con un elegante traje y sombrero, pintando cuadros de gran tamaño. En CaixaForum, por primera vez, se han abierto ventanales en las salas de exposición para dejar entrar la luz natural. Una luz que Sorolla amortiguaba a base de blancos, que matizan los colores. El escritor Ramón Pérez de Ayala consagró su uso del blanco: «En España hemos tenido dos grandes pintores de blancos: Zurbarán, de blancos en un interior, y Sorolla, de blancos a plena luz y bajo el sol». Blancos que acentúan esa joie de vivre que desprenden sus lienzos.

Otro escritor, Blasco Ibáñez, que conoció a Sorolla en la playa de la Malvarrosa, puso palabras a sus pinceladas acuáticas, en uno de sus cuadros más célebres, Nadadores, Jávea (1905):«El cuerpo moreno del nadador tomaba, al descender, las transparencias de la porcelana».

En algunos cuadros como Playa de Biarritz o Mar de Zarauz, el paisaje prácticamente desaparece bajo la pincelada: «La forma queda en un segundo plano, es la pura belleza del color, que se sobrepone al motivo. Sorolla se deja arrastrar por la propia naturaleza física de la pintura», señala Luca de Tena.

El color del mar huele a salitre y a verano, casi se oyen las olas del Mediterráneo entre los lienzos.

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