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Los cuatro jinetes del Apocalipsis

EL PAÍS EL PAÍS 07/06/2014 Miguel Ángel Bastenier

El castellano de América Latina es positivamente más rico que el de España. En la costa caribe colombiana, aunque los naturales no practican la poderosa ingeniería bucal de Bogotá para pronunciar la d al final de palabra, hablan un español ingenioso, valioso y acucioso, con un acervo de modismos que existieron en algún tiempo en la Península, pero han quedado en el olvido de unas jóvenes generaciones que con 200 o 300 palabras hacen el avío. Recuerdo la primera vez que en un periódico bogotano una secretaria se me dirigía como “su merced”, para comprobar acto seguido que escribía sumercé, lo que, bien mirado, tiene más sentido, porque nadie haría una pausa entre ambas palabras. No es, sin embargo, oro todo lo que reluce.

En el periodismo en lengua castellana, pero más acusadamente en América Latina, anidan cuatro grandes plagas a combatir. Esos cuatro jinetes del Apocalipsis son:declaracionitis; oficialismo; hiperpolitización; y omisión internacional. Definamos aunque, de momento, escuetamente, cada uno de esos conceptos.

La declaracionitis, muy practicada también en España, es la publicación masiva de lo que la gente dice, con gran preferencia sobre lo que la gente hace, entre otras cosas porque es más fácil, porque los que hacen declaraciones lo que quieren es verse reproducidos por los periódicos y demás medios de comunicación. Pero, así, fabricamos diarios tan gélidos como el palacio de hielo de Supermán, en los que numerosos personajes, uno tras otro, toman constantemente la palabra, pero carecen de realidad física, tangible, no existen como sujetos de la acción, porque no hay auténtica acción por ninguna parte.

Fabricamos diarios tan gélidos como el palacio de hielo de Supermán

El oficialismo no es simplemente ir a favor o no del gobierno y de las autoridades de turno, sino publicar todo lo que más o menos remotamente tenga un origen oficialesco, provenga de cámaras de comercio, asociaciones más o menos oficiosas del poder, y no digamos ya comunicados de partidos políticos, multinacionales y ¿quién no? Tomemos casi cualquier diario en el ámbito de la lengua española, especialmente de provincias y contemos las primeras, digamos 8, 9 o 10 páginas, todas ellas presuntamente de información, y calculemos cuántos de esos textos tienen o no un origen oficial. La contabilidad es apabullante. Y con lo que dicen las autoridades no se hacen periódicos sino panfletos.

La hiperpolitización. El parque de lectores en la mayoría de países de América Latina es limitado y en España apenas algo mayor (y en reducción constante), lo que significa que los compradores de diario se hallan prácticamente en su totalidad —pero no siempre y no todos, puesto que hay éxitos como el de un diario popular peruano, que pone una nota al pie a esta generalización— en la mitad superior de la escala social; y ese segmento de la población es quien vive más directamente el fenómeno de la política y por ello al mismo van dirigidos la gran mayoría de los periódicos. Pero ocurre que eso deja fuera a un gran bloque de potenciales lectores de clase media-media (tanto en el soporte impreso como en el digital) que viven más alejados de la política nacional, pero a los que presumiblemente podrían interesar temas de consumo, vida cotidiana, ciencia, salud, etcétera. No directamente políticos, sino todo lo contrario.

Con lo que dicen las autoridades no se hacen periódicos sino panfletos

Y el último caso, el del desconocimiento del mundo internacional, es el que más me duele por mi formación de internacionalista, pero hay que reconocer que no tiene solución generalizadora porque la información internacional, para que pueda rivalizar o superar a los medios audiovisuales, exige un gran desembolso, agenda propia, corresponsales y enviados especiales, lo que, a su vez, solo es posible con un mercado importante, nutrido, y de buen desempeño económico, lo que no es precisamente frecuente. Así y todo, España conserva una cierta tradición de información mundial y europea que en América Latina solo encuentro su equivalente en Buenos Aires, y se hace lo que se puede, aunque no sea nunca suficiente.

Este es un temible cuadrunvirato a batir, que podría, quizá, hacer interesante el consumo de prensa, digital e impresa, a un público más amplio, aunque es evidente que la creación de un mercado verdaderamente masivo solo cabe esperarla de los sistemas educativos, de calidad y gratuitos como reclaman los estudiantes chilenos. Al mismo tiempo, estas cuatro plagas del periodismo en español podríamos integrarlas en un contenedor de más vastas proporciones que llamo el chip colonial, dinásticamente emparentado, como su nombre indica, con los tiempos en que América, las Indias, fueron colonia. Pero ese sería el siguiente capítulo, de lo que espero que sea una larga serie.

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