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Los enemigos del pueblo

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 26/09/2017 Pere Vilanova
Pintadas y carteles, colocados por los independentistas en el negocio de los padres de Albert Rivera. © EUROPA PRESS Pintadas y carteles, colocados por los independentistas en el negocio de los padres de Albert Rivera.

Deberíamos prestar más atención a pequeños incidentes que suelen ser síntomas serios de algo más. Por un lado los carteles aparecidos en Lérida, atribuidos a sectores juveniles de Arran, y que los dirigentes de la CUP avalan explícitamente. Se trata de señalar con posters callejeros como “enemigos del pueblo” a diversos líderes políticos, concejales, etc. que tienen en común pertenecer al campo no soberanista. Ha sucedido al menos en dos ocasiones recientemente y ello plantea un problema de fondo. La tendencia de señalar y denunciar públicamente, con amenazas de “segundo nivel” (“senyalem-los” , “enemics del poble” y cosas parecidas), ha sido en la historia reciente una constante en por ejemplo la kale borrokay en la Historia no tan reciente lo propio de movimientos como las Juventudes Hitlerianas o el comunismo soviético. Y ello en nombre del pueblo, entidad que cuando más abstracta más discutible es. En este caso por razones obvias: la mitad (y un poco más) de los catalanes no independentistas no “son” el pueblo. Pues ¿qué son? Cuerpos extraños a este discutible unificador de voluntades. Son “no pueblo” o peor aún “otro pueblo”.

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Un segundo síntoma es si cabe más indigno, acosar (aunque sea con carteles y pintadas) a familiares de líderes políticos, en este caso los padres de Albert Rivera, es mucho más grave. Extiende a los familiares la agresividad dirigida al político. Y cabe preguntarse ¿en qué medida los padres de este señor serían “culpables” de lo que hace o dice el hijo? Esto, en versión mucho más dramática lo han hecho en Italia las Bridadas Rojas, en Euskadi ETA, y en Italia la Mafia lo sigue haciendo. Hay un colapso moral total en este tipo de acciones, pues además del mal que hacen, liquidan de paso el concepto de ciudadano como sujeto político y titular exclusivo de sus hechos y dichos. Y esto sin entrar en por qué el señor Rivera tiene más o menos derecho de estar en política que los señores Puigdemont, Turull, Pablo Iglesias o el vecino de abajo.

El tercer síntoma es relativizar estas actitudes, que están mal más allá de toda duda, con el argumento más falaz de todos, y que se resume en “¡pues mira lo que hacen ellos!”, que se supone es igual o peor. Incluso en conversaciones con amigos muy cercanos nos encontramos a menudo con este problema. Y hay que volver a explicar algo muy elemental. Si “tu bando” acaba igualando lo peor de lo que atribuyes al “bando contrario”, ¿dónde queda la superioridad moral de tu causa? Aquellos que cierran sus oídos a esto, aunque sea como tema a debatir, ya han perdido la referencia más importante, y es que en política todo es cuestión de fines y medios.

Curiosamente, ha habido algún caso en que por fortuna si se ha activado una condena unánime y muestras de apoyo transversales de todo el abanico político. Cuando Inés Arrimadas fue acosada de modo innoble y Anna Gabriel amenazada de modo igualmente innoble, todas y todos las defendieron. Fue un rayo de luz que respondía a una exigencia moral ineludible. ¿Porque son mujeres? Seguramente, lo cual indica un leve pero esperanzador progreso en el apoyo a la mujer en general, cuando cada día cada periódico te da muestras de lo lejos que estamos de un mínimo de equidad ante el agravio que padecen todas y por ello deberíamos reprobar todos (y todas).

Si “tu bando” acaba igualando lo peor de lo que atribuyes al “bando contrario”, ¿dónde queda la superioridad moral de tu causa?

En realidad, ni siquiera sospechamos lo que ganaría el tejido moral y social del momento en que vivimos si unos y otros aplicásemos esta aproximación, la de defender al contrario, al “otro” cada vez que es acusado, señalado, vilipendiado, de algo que cuando afecta a “tu” campo es señalado como una agresión descomunal, brutal, total. Ante todo esto escuchamos alguna objeción. Es aquello de que “no hay para tanto”, lo hemos oído y leído repetidamente, que no hay que exagerar, que por suerte a día de hoy no ha habido ninguna desgracia importante, ningún acto violento “relevante”. La ética esta “aquí”, la violencia está “allá”. Esto es otro síntoma más: conviene autoconcederse toda la superioridad ética en la confrontación. Mal argumento, porque seguimos sin saber en qué nivel de violencia activaríamos quizá las defensas morales, y uno prefiere no esperar. Lo peor es siempre enemigo de lo malo.

Lo más desalentador es que todo esto es sabido y conocido, en términos racionales, desde hace siglos, pero cada vez descubrimos que a partir de un cierto nivel de confrontación, volvemos todos a la casilla de salida.

Pere Vilanova es catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona.

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