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Los españoles

Notodo Notodo hace 4 días José Angel Sanz
Imagen principal del artículo "Los españoles" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Los españoles"

Hay una larga tradición de historiadores extranjeros que han puesto sus ojos en la historia de España con especial acierto. Sobre todo, en la Guerra Civil española, que aún hoy origina más desacuerdos que una II Guerra Mundial, que duró el doble y contó muchas más víctimas, sobre sus causas, desarrollo y consecuencias. El británico Paul Preston, considerado el gran referente del estudio sobre Franco y el franquismo, o el estadounidense Stanley George Payne encabezan una amplia lista. A la nómina hay que sumar al portugués Gabriel Magalhães, aunque el suyo es un perfil más ensayista, sociológico y político, una aproximación más personalista al fenómeno español. En este 2016, con el poco retórico título de Los españoles ha resumido sus profundas reflexiones sobre nuestro país.

Novelista y catedrático de Estudios Portugueses y Españoles, además de ensayista, Magalhães aclara pronto que su vinculación con nuestra patria tiene que ver con sus estancias en diversos puntos de la geografía nacional, del País Vasco a Barcelona o Salamanca, entre otros muchos. Nacido en Luanda (Angola) y profesor actual en la Universidad de Beira Internacional, en Covilhã, Magalhães es un convencido de la convivencia y el diálogo constructivo entre los españoles, a los que en Portugal suelen contemplar inmersos en sus disputas vociferando, agarrados a una permanente y excesiva teatralidad.

La tensión es la palabra que mejor define a los españoles, que parecen aferrados a su idea de confrontación a toda costa, ignorando deliberadamente que lo que tienen en común es mucho más que lo que les distancia. De esa crispación, como un auto-antídoto, ha brotado ese rasgo tan del ruedo ibérico que es “la fiesta de estar juntos”. Nuestro valor, nuestro optimismo por mal que vengan dadas.


Magalhães explica la diversidad española, y lo hace con la lupa puesta en la sucesión de culturas que han poblado la piel de toro; íberos, celtas, romanos o musulmanes, por solo mencionar a los más importantes llegaron acompañados de su religión, su cultura y sus costumbres. Recopila algunas influencias sin las que no habría quien entendiera la nación moderna en la que nos hemos convertido, tantas veces baqueteada por independentismos y luchas intestinas.

También sirve Los españoles para desmontar el mito de las naciones eternas. Ese armazón sentimental al que algunos se aferran, olvidando que las naciones son trenes en marcha que no paran de cambiar de acuerdo con los vientos de la historia. Ni la Hispania romana, ni siquiera la España de Felipe II, por mucho que en su imperio nunca se pusiera el sol, estuvieron alguna vez cerca de ser uniformes y homogéneas. Ni la cristiandad, que llegó desde Roma y prosiguió con los visigodos, logró coser la piel de toro de una vez y tuvo que hincar la rodilla ante la convulsión árabe del 711. Ahí arranca nuestra conexión africana.

Magalhães es un convencido de que la convivencia de varias lenguas como el catalán, el vasco, el gallego y otras, con el castellano, es la mejor medicina para mejorar la convivencia. Que todos los españoles pudieran hablar, además del castellano, al menos una de esas otras lenguas sería el mejor bálsamo y produciría un notable enriquecimiento de la vida pública, una ampliación de los horizontes vitales. Aunque semejante argumento se tope de frente con el fatalismo con el que suele zanjarse la cuestión. ¿Deberíamos tumbar el Obradoiro de Santiago porque no se llama ‘taller’? ¿O renegar de la Sagrada Familia? ¿Y del Guernica o de Salvador Dalí?

Lejos de bandos hispánicos, Los españoles es un llamamiento a la cordura, una imprescindible visión externa de nuestras muchas virtudes lejos de la certidumbre fatal que nos impregna tantas veces. Una apelación serena a levantar la cabeza, mirar al que está al lado y ponerse en su lugar antes de caminar juntos en la misma dirección.

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