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Los expertos no saben

EL PAÍS EL PAÍS 24/05/2014 Elvira Lindo

No soy practicante del twitterismo, aunque tengo presencia en Twitter, pero siempre controlada con mano de hierro por un amigo que, conociendo ciertos momentos míos de impulsividad, no me deja engancharme en ninguna gresca del universo cibernético. ¿Cercena mi amigo mi libertad de expresión? En absoluto, tan solo demuestra que conoce el medio más que yo, ya que trabaja como community manager para ese tipo de estrellas que tienen millones de seguidores en todo el mundo. Mi amigo añade el componente de prudencia allí donde sabe que yo lo voy a perder, y yo lo asumo convencida de que mis lectores no perderán nada por no saber lo que opino a partir de las doce de la noche o en momentos de calentón emocional. Por eso me extraña tanto que las personas que tienen más responsabilidad pública que yo metan la pata con tanta frecuencia. Habiendo tantos asesores como hay en los partidos y en las instituciones públicas, ¿no los hay para contener las tonterías que pueden salir de los móviles?

El problema del Twitter es como el de la limpieza de la vía pública, que hay personas que deberían llevar siempre un basurero detrás de ellas para ir recogiendo la mierda que van dejando. Yo hago lo posible por no enterarme, por ejemplo, de los chistes xenófobos que se hicieron a cuenta de la victoria del Maccabi de Tel Aviv en el partido de baloncesto contra el Real Madrid. Hago por no prestar oídos a barbaridades que afectan seriamente a mi estado de ánimo, pero una vez que una anda conectada, la información se cuela como el agua en una presa que se desborda. A raíz de este asunto y de los sórdidos comentarios que sucedieron a la muerte de la presidenta de la Diputación de León, el Gobierno quiere penalizar algo que los jueces no tienen aún muy claro que pueda controlarse judicialmente.

Sobre insultos e injurias podrían explayarse actores, escritores o presentadores de televisión, pero mientras se considera que su tipo de fama lleva en el sueldo incorporados tanto el elogio como el insulto, los políticos tiemblan cuando los improperios se dirigen a ellos, apelan entonces a la estabilidad del sistema democrático para atajar la violencia verbal y ponen en marcha al sistema judicial para buscar soluciones inmediatas a aquello que nadie, ni los expertos, saben cómo se regulará en el futuro.

Entiendo la preocupación, pero no sólo por la clase política, que al fin y al cabo siempre tiene al Estado de su parte; me preocupa más el linchamiento a un individuo desamparado, ese tipo de linchamiento que no es punible, porque no incita directamente a la violencia, pero busca humillar, ofender, derrotar moralmente. Frente a esto, aparecen los expertillos del asunto, los que enseguida nos explican, como si fuéramos idiotas, que al fin y al cabo Internet, las redes sociales, etcétera, no son ni más ni menos que otros inventos que en su momento revolucionaron la vida del hombre: la imprenta, niños, la imprenta; el automóvil, pequeños, el automóvil, nos explican. Y dicho esto, amontonan todos esos inventos como si fueran la misma cosa y cuentan que tanto da, que desde siempre el ser humano tuvo miedo de la innovación tecnológica y opuso cierta resistencia a lo novedoso, pero que la tecnología, queridos niños, no es ni buena ni mala, que es un instrumento en manos del hombre que hace un uso adecuado o perverso de ella. Vaya, vaya.

Aunque parezca mentira, se leen cosas que se asemejan a aquellas redacciones de colegio en las que teníamos que dar cuenta de lo buena que había sido la incorporación de la electricidad en nuestras vidas. Y es que los que abominan de los inventos tecnológicos pueden ser tan paternalistas e irracionales como los que los defienden. Para empezar, poco tiene que ver la repercusión de la imprenta con Internet, aunque sólo sea por el tiempo en que una y otro han tardado en implantarse. Cuatro siglos necesitó la imprenta para tener relación con la vida diaria de la gente; una rapidez abrumadora en el caso de la presencia de las redes en nuestras vidas. Unos inventos no pueden compararse a otros. El caso del automóvil merece un capítulo aparte: su reinado absoluto ha contribuido al desmembramiento social de muchas ciudades americanas.

En el terreno cibernético todavía no sabemos cómo va a afectar a las relaciones humanas. De momento, ya hay estudios psicológicos que apuntan al poco contacto visual que establecen los viajeros de los transportes públicos, absortos como están en la vida de sus pantallitas. A algunas opiniones que se vierten en las redes se las compara muy gráficamente con los exabruptos que ciertos individuos oscuros pronuncian acodados en el mostrador de un bar, pero que yo sepa, lo que un tipo expresa en un garito de su barrio tiene un público limitado y no va a ninguna parte. Es más, el cliente sereno siempre ha huido del que, suelta la boca por efecto del vino, opina más allá de lo que otros quieren escuchar. Es decir, que no es verdad que esto que ocurre haya ocurrido antes. Esto que ocurre es nuevo. Siempre se han hecho bromas crueles en la sagrada intimidad, pero hoy día los usuarios no saben calibrar la repercusión de sus palabras porque las emiten protegidos por el anonimato y la soledad. Y quien diga que sabe a qué nos conduce esto, miente.

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