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Los gemelos que salvaron el ego del viejo Hollywood

EL PAÍS EL PAÍS 07/06/2014 Daniel García López
Howard y Austin en las escaleras de otro lugar mítico del 'glamour' londinense: el restaurante The Ivy. © Edu Torres Howard y Austin en las escaleras de otro lugar mítico del 'glamour' londinense: el restaurante The Ivy.

A la edad en que muchos postadolescentes británicos se van a Salou para explorar los límites del consumo de cerveza, Austin y Howard Mutti-Mewse cogieron un avión rumbo a California para almorzar con Ginger Rogers, compartir barbacoa con Frank Sinatra, tomar una copa en el jardín de Bob Hope y, en general, alternar con un granado elenco de estrellas octogenarias. Era 1991 y los gemelos tenían 19 años, pero llevaban desde los 12 carteándose con prácticamente todo lo que quedaba del viejo Hollywood. En ese tiempo intercambiaron correspondencia con Douglas Fairbanks Jr., Lana Turner o Katharine Hepburn, y charlas telefónicas con Tony Curtis y Marlene Dietrich (que llamaba a las tres de la mañana y les mandaba fotos suyas envueltas en viejos cartones de medias Christian Dior para que no se arrugaran). Lo que empezó como correo de fans desembocó en una particular amistad con los protagonistas de la era dorada del cine.

Austin y Howard han recogido las cartas, las fotos, los viajes y las llamadas en I used to be in pictures (ACC Editions), un volumen que, a diferencia de los típicos libros sobre Hollywood, está lleno de historias inéditas, sobre todo, gracias a las estrellas menos conocidas. Una de estas escenas tiene como protagonista a Mildred Shay, una guapa heredera y starlet, acorralada en el baño por Errol Flynn, el ídolo de principios del cine sonoro, quien termina eyaculando sobre su “bonito vestido verde” (en palabras de la propia Shay); o la ocasión en que Marlon Brando, tras la muerte de James Dean en 1955, le mandó una corona de flores a Maila Nurmi –íntima amiga del fallecido y a quien culpaba de su muerte– con un una nota que decía: “Tú también estás muerta”. (Nurmi se hizo famosa en los años cincuenta gracias a Vampira, un alter ego televisivo similar a Morticia Addams, pero mucho más sexy).

Una de las mejores cosas del libro es la particular visión de su tiempo que tenían las estrellas. Estaban completamente en otro planeta.

AUSTIN: Anita Page [La melodía de Broadway, 1929] recibía cartas de amor de Mussolini, propuestas matrimoniales incluidas. Ella se refería a él como “ese hombre que era amiguete de ese otro hombre”. ¿Quién, Hitler?, le preguntamos, y respondió: “¡Ah, sí, claro!”. Esa gente estaba tan protegida en su mundo, tan aislada… Lo único importante eran ellos, que hubiera alguien más era una anécdota.

Los gemelos Austin y Howard Mutti-Mewse dan una lección de dandismo en el salón de la sastrería Hardy Amies, Londres. / Edu Torres

Hay grandes historias, como la de Joy Hodges, la estrella de Service DeLuxe, y Ronald Reagan.

HOWARD: Joy y Ronald venían de Des Moines, Iowa. Eran amigos. Cuando ella se hizo famosa, en los años treinta, él todavía estaba en la radio, y le pidió ayuda para abrirse camino en Hollywood. Joy le consiguió una audición en Universal, pero fracasó, y cuando ella descubrió que había hecho la prueba con gafas, le dijo, indignada, que cómo se le ocurría, que ningún hombre en Hollywood llevaba gafas excepto Harold Lloyd. De modo que le consiguió otra prueba en Warner Brothers, él siguió su consejo y fue un éxito. Años después, ella se jactaba de que si no le hubiera dicho que se quitara las gafas, Reagan nunca habría sido una estrella, y por tanto, tampoco gobernador de California, y mucho menos presidente. Pero Joy tenía para todos. Durante una cena en la Casa Blanca, le dijo a Gorbachov que tenía que derribar “ese muro”, y desde que cayó el muro de Berlín, ella presumía de haber acabado con el comunismo.

En su periplo por Los Ángeles, Palm Springs y aledaños, los Mutti-Mewse recorrieron asilos públicos, lujosos centros de retiro y todo tipo de casas con piscina. Dentro, el guion solía parecerse menos a la épica trágica de El crepúsculo de los dioses que al de una escena de Las chicas de oro (imagine a Joy Hodges despachándose sobre su amiga Ginger Rogers, con quien estaban a punto de reunirse en el Thunderbird Country Club, un elitista resort para jubilados: “Me gustaría que hiciera terapia. Come demasiado Häagen-Dazs y se va a salir de esa silla de ruedas”).

Los hermanos nacieron en un acomodado suburbio de Sussex (primero Austin y, cinco minutos después, Howard). Su padre tenía un negocio de seguros y su madre era ama de casa. No es el entorno más parecido a las soleadas colinas de Hollywood y, de hecho, Austin y Howard no habrían sabido romper el hielo con Anita, Ginger o Maila si no hubiera sido por las tardes de sábado que pasaron viendo películas antiguas en casa de su abuela, Violet. Y sobre todo, por sus impecables modales. “Para ella, antes de abrir un regalo había que tener escrita la nota de agradecimiento”, bromea Howard. Nunca hubo un consejo mejor. Cuando a los 12 años le escribieron aquella primera carta a Lillian Gish, la diva de los años diez, y ella les contestó, Violet les obligó a responder al momento. La actriz, feliz al enterarse de que tenía unos admiradores tan jóvenes, les sugirió que escribieran a su amiga Colleen Moore, otra reina del cine mudo, que a su vez les puso en contacto con Douglas Fairbanks, Jr. “Fue como una bola de nieve”, admite Howard.

Veinticinco años después de aquel primer viaje a California, sus vidas se han visto inevitablemente entrelazadas con las de las estrellas con quienes contactaron de niños. Y no solo porque, en muchos casos, entablaran duraderas amistades, hayan organizado exposiciones en su honor –la última, sobre el fotógrafo Frank Worth, en 2002– y se hayan convertido en una suerte de biógrafos oficiosos. “Nuestro interés en ellos ha llegado a definir quiénes somos ahora, e incluso lo que hacemos”, asiente Howard, que, al igual que su hermano, trabaja en la industria que más ama la nostalgia: la moda. Él es responsable de comunicación en Dockers, y su hermano, consejero en Hardy Amies y otras firmas británicas de sastrería.

¿Qué impacto creen que tuvieron en las vidas de esas personas?

A: Una actriz nos dijo que le habíamos devuelto la juventud. No creo que fuéramos los únicos que les escribían, pero todos sus fans tenían su edad. Era esa juventud, y que fuéramos ingleses y además gemelos, lo que les atraía.

Visitaron a decenas de estrellas y se interesaron por sus biografías y por sus carreras, pero pocas veces ese interés fue recíproco.

A: Dependía del ego. Ginger Rogers no te preguntaba, claro que no. Bob Hope, en cambio, sí. Algunos de ellos seguían manteniéndose inquietos, así habían logrado aceptar el ocaso de su carrera, mientras que otros eran famosos, y solo querían hablar de eso. Cuando íbamos a residencias de ancianos ellos sabían que el tiempo de visita era limitado, así que querían aprovecharlo al máximo. Estabas hablando con alguien y otra persona se acercaba, te cogía de la mano y preguntaba: “¿Eres uno de los gemelos? Hemos oído que están interesados en el viejo Hollywood. ¡Yo también salía en películas!”.

Alguna actriz intentó seducirles.

A: Una Navidad mi mujer y yo llevamos a Mildred Shay, que ya era una buena amiga, con nosotros a casa de mis padres. Estábamos sentados a la mesa y, de repente, le dice a mi madre: “¿Sabe? ¡Todavía no le he visto el pene!”. Mi madre la mira sin saber qué decir y ella continúa: “No he visto una polla desde 1987, cuando mi marido murió. ¡Lo único que le pido es que me la enseñe, para que no se me olvide cómo son!”.

¿Cuántos de ellos habían logrado mantener su estilo de vida?

H: Algunos habían invertido bien, mientras que otros gastaron como si nunca se fuera a acabar.

A: Pero la fachada seguía ahí, aunque las chaquetas de los hombres estuvieran raídas y los vestidos de las mujeres hubieran conocido tiempos mejores. Y el maquillaje. Todo decía: “Todavía parezco una estrella”.

H: Recuerdo a Mildred, cuando la acompañábamos de vuelta a California. Estábamos en salidas de Heathrow y ella no paraba de mirar a su alrededor. Le preguntamos si le pasaba algo y exclamó: “¡Todo el mundo parece venir del supermercado!”. Íbamos coger un vuelo transatlántico y para ella lo adecuado habría sido despedir al avión con una mano enguantada.

Así que el glamour existe.

A: Ginger Rogers lo irradiaba, era como una supernova. Percibías que toda la historia del musical americano estaba sentada ante ti. O Liz Taylor. Incluso aquellos actores menos conocidos lo tenían, había algo muy poderoso en ellos.

¿Y hoy quién lo tiene?

H: George Clooney posee ese aura, ese misterio.

A: Ya en los años ochenta, Bette Davis decía que Meryl Streep era un fenómeno. Que si tuviera que entregarle a alguien su corona de reina de Hollywood, sería a ella.

A: Hay una gran diferencia entre el sistema de hoy y el de antes. Entonces, los estudios creaban estrellas, muchas de ellas sin sustancia, pero Meryl Streep, además, es una buenísima actriz. Beverly Roberts nos dijo una vez que no tenía ni idea de por qué le llamaban edad de oro de Hollywood. ¡La mayoría de las películas eran horribles!

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