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Los 'herederos', al timón de Europa

El Mundo El Mundo 02/06/2014 EDUARDO ÁLVAREZ

En la historia de las monarquías europeas, 2013 marcó un punto de inflexión definitivo. Aquello de «¡el rey ha muerto, viva el rey!», fórmula ritual con la que solía saludarse la llegada de un nuevo monarca al fallecimiento de su antecesor, dejaba paso a otra fórmula, más acorde con el siglo XXI, que cabría reescribir como «¡el rey se jubila, viva su sustituto!».

Eso fue lo que ocurrió el año pasado en dos de las familias reinantes de la Vieja Europa: la de Holanda, primero, y la de Bélgica, meses después. Se dio la circunstancia, además, de que en el mismo año abdicaron también nada menos que -monarca absoluto de ese Estado, que lo es, llamado Vaticano- y un soberano árabe, el emir de Qatar. Lo nunca visto: cuatro dirigentes con corona que la traspasaban a la vez.

Sin embargo, lejos de lo que suele considerarse, las abdicaciones son relativamente frecuentes en las monarquías. El ejemplo más claro lo tenemos en España, con un larguísimo historial de renuncias al trono desde la Casa de los Austria. Y en el entorno europeo, el siglo XX fue pródigo en jubilaciones de monarcas.

Volviendo al caso de Holanda, ningún súbdito de la Casa de Orange se sorprendió cuando en enero del año pasado, el actual rey Guillermo Alejandro. Porque la hoy princesa Beatriz no hacía sino seguir con lo que se ha convertido ya en una tradición en su país, puesto que sus predecesoras también abdicaron al llegar a una edad en la que el peso de la corona se convierte en una carga demasiado pesada. Así, Beatriz llegó al trono tras la abdicación de su madre, la reina Juliana I, cuando cumplió los 70 años. Y Juliana comenzó a reinar tras la renuncia en 1948 de su progenitora, la añorada reina Guillermina.

En ninguno de estos casos las abdicaciones fueron traumáticas ni supusieron terremoto institucional alguno. Al revés. Beatriz de los Países Bajos contaba con un altísimo índice de popularidad al despedirse de su pueblo:más del 75%. Un año después, ese porcentaje incluso lo han superado los actuales soberanos, en no poca medida gracias a la profesionalidad y el carácter de, en la que confía plenamente el 80% de los holandeses, según un sondeo publicado en abril por TNS.

La fortaleza de la Corona de los Países Bajos reside justamente en su capacidad de adaptación sin perder la esencia simbólica de una institución anclada en la Historia y las tradiciones. Y sus sucesivos responsables han entendido que ceder el paso a los nuevos eslabones de la dinastía es un acierto regenerador.

La Corona, símbolo de unión

En su país vecino, Bélgica, la monarquía tiene retos políticos de mucha mayor envergadura y la Corona sigue siendo uno de los pocos símbolos de unión entre esas dos comunidades siempre de espaldas que son los valones y los flamencos. Por eso muchos temieron que la el pasado verano provocara una crisis política. Tampoco fue así. Su sucesor, el hoy , vio cómo su popularidad subía como la espuma al llegar al trono, a pesar de que en el momento de producirse el relevo generacional sólo uno de cada tres belgas le veía preparado para reinar. Hoy, en cambio, el 80% de sus compatriotas se muestra confiado en él, según el último sondeo de Ipsos.

El ex soberano Alberto también tuvo dónde fijarse en su propia dinastía cuando renunció. Porque en 1951 lo había hecho el cuestionado Leopoldo III en favor de Balduino, un gesto con el que no es exagerado decir salvó la Monarquía en un país tan artificial y complejo como Bélgica.

De las 10 familias reinantes que hay en la actualidad en Europa, otro país donde el verbo abdicar se conjuga sin complejos es Luxemburgo. El actual jefe del Estado, el gran duque Enrique de Nassau, llegó al trono en 2000 cuando su padre, el anciano Juan, decidió retirarse a un segundo plano al sentir que su salud se resquebrajaba. Éste también asumió la corona cuando la gran duquesa Carlota abdicó, tras 45 años de reinado. Yella había llegado al trono en 1919 por la abdicación de su hermana, María Adelaida.

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Y en el pequeño principado de Liechtenstein han sido pioneros con una fórmula muy original:el actual soberano, Hans Adam -quien asumió la corona tras la abdicación de su padre-, en 2004 cedió todos sus poderes ejecutivos a su hijo, el príncipe Alois, para poder disfrutar de su edad de jubilación, aunque no renunció a la jefatura de Estado.

Hasta en un país como el Reino Unido se produjo la renuncia más frívola del siglo XX: la de Eduardo VIII para poder dar rienda suelta a su gran amor por Wallis Simpsons.

Tampoco faltan renuncias en otras dinastías como la griega, la búlgara o la italiana. Aunque en ninguna se ha vivido un episodio tan singular como en la de Rumanía. Miguel Ise vio obligado a abdicar en 1947 por el régimen comunista. Pero, tras la caída del Telón de Acero, en 2006 el Gobierno y el Parlamento de su país le restituyeron su título de rey, que hoy ostenta a sus 92 años. Un monarca sin trono que goza de una altísima popularidad, y que, pese a su avanzada edad, no piensa en abdicar.

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