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Louise Bourgeois

Notodo Notodo 19/05/2016 Irene Galicia
Imagen principal del artículo "Louise Bourgeois" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Louise Bourgeois"

La escultora existencialista Louise Bourgeois dijo una vez: “Necesito mis recuerdos. Son mis documentos”. Y con esa frase definió a la perfección el sentido de sus Cells, los recuerdos de su infancia convertidos en estructura simbólica que ahora se reúnen en el Guggenheim en una exposición titulada con acierto Estructuras de la existencia; una introspectiva muestra que trata de introducir al espectador en esos espacios psicológicamente complejos de la memoria de la artista mediante sus míticas celdas realizadas durante la década de los noventa. Su obra, profundamente autobiográfica, formada por obsesiones y memoria y plagada de símbolos, se transforma aquí en entornos íntimos, ocupados por sentimientos a veces contradictorios, que se agrupan formando una iconografía generadora de una emoción sombría que no nos resulta en absoluto ajena.

Su formación en matemáticas, geometría, filosofía e historia del arte explica que concibiera la memoria como una forma de arquitectura. Así, a través de este grandioso y atormentado conjunto de instalaciones laberínticas, con sus puertas de maderas astilladas, muros y adornos de latón, Bourgeois muestra abiertamente las vivencias de sus recuerdos como heridas que nunca cierran, inicia una interpretación más compleja de su pasado y cómo este determina el presente e insiste una y otra vez en arrojar luz sobre el carácter insubordinado de la existencia humana, oponiéndose a las clasificaciones idealistas que tratan de integrar o catalogar a las personas en algún tipo de absoluto.



Su obra habla sobre todo de la poética del espacio doméstico, sin embargo las celdas no tratan solamente sobre el individuo, ella misma explicaba que también encierran una profunda relación con los movimientos sociales contemporáneos. Asimismo estaba muy unida a la problemáticas feministas, pues el mundo del arte, es un territorio que, como ella advertía, es feudo del hombre. Tenía la sensación de que la escena artística pertenecía a los hombres y que ella estaba, en cierto modo, invadiendo sus dominios mediante su rechazo simbólico de las estructuras patriarcales.

A los principios arquitectónicos y espaciales aplica todo un lenguaje de símbolos propios e introduce la participación del espectador en sus instalaciones. Al adentrarnos en alguna de sus celdas y una vez liberados de la sensación de ahogo, empezamos a traducir esos objetos oníricos pero cotidianos que van a ser signos recurrentes: cuerpos desmembrados esculpidos en cera, elementos colgantes, como en el ático de su casa cuando era niña, y piezas de cristal, construcciones frágiles pero capaces de encerrar de manera impenetrable ideas tan personales y al mismo tiempo universales, pues no hay que olvidar que Bourgeois habla de su vida, pero del mismo modo nos remite a nuestra identidad, que también está formada por recuerdos.

Toda su extensa y claustrofóbica producción gira en torno a las emociones que derivan de los recuerdos de su infancia, por ello se ubica en espacios domésticos llenos de objetos que son al mismo tiempo realidad y metáfora de aquello que no se puede decir. Ya decía Bachelard que a través de todos los recuerdos de todas las casas que nos han albergado, y más allá de todas las casas que soñamos habitar, se puede desprender una esencia íntima y concreta que sea una justificación del valor singular de todas nuestras imágenes de intimidad protegida. Y es que puede que la obra de Bourgeois trate sobre sí misma, pero al acercarnos a ella, nos sentimos irremediablemente interrogados sobre nuestro propio pasado.


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