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Luc Sante

Notodo Notodo 01/03/2016 José Angel Sanz
Imagen principal del artículo "Luc Sante" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Luc Sante"

Los mitos son ese inacabable río de significado que impregna por igual historia, cultura y arte. Que inspira épocas y, cada poco, se reinventa en el imaginario colectivo. Que se da la vuelta sobre sí mismo hasta volver, exactamente, al origen. De todos los mitos modernos, quizá el de la ciudad de Nueva York sea el más potente, el más bastardo y por eso uno de los más resistentes. No fue Lorca el primero, ni de lejos, de sus poetas, pero cuántas generaciones hispanohablantes de lectores habremos visto a través de sus versos a aquél gigante tambaleante que se encontró el poeta granadino en 1929. La ciudad de los rascacielos ocupa, intacto, su lugar preponderante en la cultura popular y reina en literatura y cine.

Por eso su intrahistoria, el reverso de la trama, apasiona tanto a tantos. Luc Sante, uno de los escritores que mejor ha sabido trasladar al negro sobre blanco las oscuras vidas paralelas de una ciudad en permanente esplendor y ruina, bucea desde hace años en esa inacabable mina de personajes que es el Nueva York del siglo XX. La editorial Libros del K.O. ya nos acercó a su prosa musculosa y tensa en Mata a tus ídolos (2011), una antología rebosante de personajes que merecerían por sí solos al menos una novela cada uno. Narraciones urbanas en las que la vida se entremezclaba con el arte, la ambición o un modo de vida que describía el espíritu de los pioneros al tiempo que contaba la tramoya de un escenario inmenso.

El Bajos fondos. Una mitología de Nueva York, publicado en 1991, Sante refleja la vida de hampones, camellos, proxenetas y prostitutas, fumadores de opio, pandilleros, borrachos, jugadores y apostadores en peleas de perros, rateros, políticos corruptos, policías corrompidos y, en general, dudosos custodios de la ley y el orden. Conocemos, así, Satan’s Circus o McGurk's Suicide Hall, de nombres lo bastante explícitos como para dar una idea del tipo de historia que no aparece en los libros de la ciudad y que Sante trae al primer plano. Tipos como Chuck Connors o Steve Brody, de esos a los que Martin Scorsese pagaría por conocer.

El mérito de Sante no es solo el del historiador que trae hasta el presente un inframundo que afloraba de continuo a la superficie y se mezclaba con el día a día, sino una especial habilidad para convertir a sus criaturas en cebos de los que es imposible retirar la lectura. Sante tampoco ahorra su personal visión del ‘zeitgeist’ de aquel tiempo, forja de una ciudad, la actual, fruto de aquellos contrastes y quizá solo en apariencia apaciguada. Un libro que se devora, a pesar de sus 527 páginas.

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