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Luis Bolívar y un toro de José Escolar destacaron en el desafío de Las Ventas

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 25/09/2017 EFE
Luis Bolívar torea al natural al quinto de la tarde. © PLAZA1 Luis Bolívar torea al natural al quinto de la tarde.

Una tarde de contrastes y, por momentos, desagradecida con los de luces, fue lo que dio de sí el tercer y último desafío ganadero entre los hierros de Ana Romero y José Escolar, en el que el colombiano Luis Bolívar dio una vuelta al ruedo.

Con algo menos de media entrada, (10.875 espectadores, según la empresa), se lidiaron tres toros de José Escolar, (primero, tercero y quinto), y otros tantos de Ana Romero (segundo, cuarto y sexto), bien presentados y de juego desigual. Al primero le faltó raza y celo; con temperamento, y a menos, el segundo; áspero y sin clase, el tercero; el quinto fue una complicado; con transmisión el quinto, pero solo por el izquierdo, y noble, el sexto.

Iván Vicente: estocada ligeramente tendida y atravesada y dos descabellos (ovación tras aviso); estocada trasera y atravesada (silencio).

Luis Bolívar: gran estocada (palmas); gran estocada (vuelta al ruedo tras petición).

Alberto Aguilar: pinchazo, estocada enhebrada, tres pinchazos más y cinco descabellos (silencio tras dos avisos); estocada trasera y tendida (silencio).

De un tiempo a esta parte la plaza de Madrid ha perdido totalmente el norte. No hay término medio. O se deshace en aplausos fáciles, que, en ocasiones, dan pie a orejitas sin peso, o, directamente, decide ponerse la venda en los ojos para tomar partido por lo que considera bueno, tenga razón o no.

Ese ciego partidismo es igual de dañino que los trofeos regalados, esos con los que tantas veces claman al cielo los mismos que se decantaron a favor de los toros, y perjudicaron a los de luces, que, para ser justos, no estuvieron tan mal como quisieron pintarlo, al menos dos de ellos.

El más perjudicado fue el colombiano Luis Bolívar en su primero, un toro de Ana Romero que no dijo absolutamente nada en varas, un tercio eterno y pesado por el empeño de poner al animal desde el centro del anillo. Al final, el toro se quedó sin picar. Se vio en el arreón que le pegó al subalterno Gustavo Adolfo García a la salida del tercer par de banderillas, estrellándolo violentamente contra las tablas, y en el temperamento que lució en la muleta, donde, además, fue progresivamente a menos.

Dio igual. La gente se puso de parte del toro y obvió lo bien que estuvo Bolívar con él; sobresaliente en las dos primeras tandas de mano baja por el derecho, los seis o siete naturales sensacionales quetrazó, y el aplomo y la torería de un epílogo de nota. Ni un olé. Qué ingratitud. Ni siguiera se valoró la estocada final, de manual. La plaza se deshizo en aplausos al toro en el arrastre, y solo cuatro palmas para Bolívar. Ver para creer.

El quinto, de Escolar, fue un toro de armas tomar, con codicia y mucha transmisión, aunque solo por el izquierdo. Bolívar anduvo esta vez con altibajos, y alternó naturales de buena firma con otros más deslavazados en una labor en la que no acabó de entenderse con su antagonista. Con la espada anduvo otra vez a un gran nivel; y, lo que son las cosas, ahora sí le aplaudieron, tanto que hasta se animó Bolívar a dar una vuelta al ruedo, censurada, como no podía ser de otra forma, por los ‘guardianes’ de la casta.

El primero de corrida, de José Escolar, apenas aportó en el caballo, y, aunque tuvo cierta movilidad en el último tercio, le faltó raza por el lado derecho y mejor estilo por el otro pitón. Iván Vicente anduvo por encima de la condición del astado en una faena solvente y de buen oficio. El cuarto fue un toro complicado que no cesó de pedir el carné a Vicente, quien nada pudo hacer con él. Optó por abreviar y eso no gustó a los ingratos toristas.

Tampoco se prestó el primero de Alberto Aguilar, un ‘escolar’ áspero y sin ninguna clase, que no humilló y repartió tornillazos. Evidentemente, no pudo haber lucimiento, pero sí mucha entrega del torero, que solventó sobradamente la papeleta, sin contar el fallo con la espada. El sexto fue un toro noblote y facilón al que Aguilar tardó en ver, y, cuando lo hizo, ya fue demasiado tarde para remontar.

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