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Música de mierda

Notodo Notodo 19/04/2016 Alan Queipo
Imagen principal del artículo "Música de mierda" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Música de mierda"

“Deseas que tu gusto se vea reafirmado por tus iguales y por las personas a quienes admiras, pero es igualmente importante que el paleto de tu tío crea que eres un idiota porque escuchas rap de mierda. Porque eso demuestra que te ha distinguido de él con éxito y puedes regodearte en la satisfacción que se deriva de tu superioridad”
Esta es la historia del mundo: ser mejor que el otro. Aunque en realidad consista en CREER que eres mejor que otro, que tus gustos son lo más (o lo must), que has nacido para ser tendencia. Es decir, aparentar, posicionarse, buscar un “perfil editorial”, encontrar un grupo de asociación, hacer del postureo tu verdad más racial, conquistar el coolismo. Estar leyendo este artículo y no estar viendo una galería de fotos de los partidos de la Champions League. Hacer lo que crees que tienes que hacer para poder ser como crees que tienes que ser.

Así lo ha visto Carl Wilson, también. Probablemente en algún momento en que se encontró sintonizando la homóloga a Radio Olé en su pisito de Brooklyn u olisqueando un básico del Bershka en alguna tarde de paseo en soledad, o pillándose la edición con extras y escenas eliminadas de Titanic o Siete años en el Tíbet, o echando horas a YouTube viendo videoclips de Céline Dion. En ese momento decidió parar, y coger como “caso de estudio” a la cantante canadiense. A través de ella, elaboró esta tesis, en donde profundiza en el comportamiento de los seres humanos en los que nos hemos convertido, exponiendo nuestras dinámicas, los puntos ciegos de nuestros placeres culpables, el valor que le damos a las cosas que amamos y detestamos, el eterno posicionamiento cultural que te hace estar leyendo esta chapa que te estoy dando y no el arranque de Sálvame Limón.



Esa Música de mierda sobre la que nos habla logra articular un discurso aplicado a nuestros gustos, sobre todo lo que tiene que ver con los gustos artísticos, las bellezas comunes; pero se puede extender casi a cualquier campo: por dónde salimos, a quién votamos, cómo posteamos cosas en las redes sociales, cómo nos vestimos, en qué banco tenemos nuestra cuenta, de qué manera nos movemos por la calle, qué cadena de televisión miramos; y, por encima de todo eso, qué decimos que hacemos. Un ensayo que sirve a modo de ejemplo para articular un discurso explorado en otros libros recientes como La conquista de lo cool de Thomas Frank, ¿Qué fue lo hipster? de Mark Greif, el Indies, hipsters y gafapastas de Víctor Lenore o buena parte de los postulados de reacción estética de Walter Benjamin.

Si alguna vez dudaste de que una figura hortera, vilipendiada desde parte de la opinión pública pero con una aceptación y un clamor popular prácticamente inigualable, podía llegar a servir como instrumento para desarticular las maliciosas y efímeras artes esnobistas, lee este libro: igual dentro de algunos años, podemos caer en la cuenta de que Andy y Lucas o Melendi son nuestros símbolos para desmontar al cultureta medio.

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