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Madrid era una fiesta

El Mundo El Mundo 10/06/2014 LUIS ALEMANY

Existe una noble tradición de crónicas periodísticas sobre los hoteles de las ciudades sitiadas: por ejemplo, el hotel Europa de Belfast durante los 'Troubles', el Saint Georges de Argel en la IIGuerra Mundial o el Holiday Inn de Sarajevo del que Julio Fuentes, reportero de EL MUNDO caído en Afganistán en 2001, escribió algunos párrafos muy evocadores.

"En el tercer verano de asedio los apartamentos alquilados y las pensiones han sustituido al tétrico hotel Holiday Inn, base de operaciones y dormitorio común de la prensa internacional durante los dos primeros años de cerco de Sarajevo. [...]El legendario hotel ha perdido su encanto y muchos le profesan un frío resentimiento. No es sólo su abusivo precio (350 marcos al día, 28.000 pesetas) ni su mortífera situación sobre la Avenida de los Francotiradores. Se trata de su alma espectral y del agobio que produce su estructura circular, sumida siempre en la oscuridad. Vacío de huéspedes, sin los inquilinos lunáticos y la frenética actividad que antes lo animaba, parece un cadáver pudriéndose bajo el sol del verano balcánico".

Hubo una vez en Madrid un hotel que fue el equivalente del Holiday Inn de su tiempo, los últimos años 30. No es un secreto pero tampoco es ningún hito en la memoria de la ciudad. Se llamaba Hotel Florida y estaba en la plaza en la que los turistas salen del metro para dar su primer paseo por el Centro. En Callao, donde El Corte Inglés, donde antes estaba Galerías Preciados. John Dos Passos, Antoine de Saint-Exupéry, André Malraux, Josephine Herbst, Lillian Hellman, e Ilya Ehrenburg fueron residentes de este esquinazo que parece esconderse de la Gran Vía. A veces, subían a la azotea, para ver a las tropas rebeldes que presionaban desde la Ciudad Universitaria. España estaba en guerra.

¿Hay librería en El Corte de Callao? ¿O se han llevado los libros a la tienda de Preciados? Habría sido bonito ver llegar a sus estanterías un título llamado Hotel Florida (de próxima aparición en Turner), obra de la escritora estadounidense Amanda Vaill. La solapa de su edición en inglés (disponible en Bloomsbury) explica que Vaill reconstruye la vida en Madrid de otras tres parejas de famosos habitantes del Florida: Ernest Hemingway y Martha Gelhorn; Robert Capa y Gerda Taro; y, sorpresa, Arturo Barea y la austriaca Ilsa Kulcsar. "Quería a un español en esta historia. Alguien que se jugara algo personalmente, para quien no fuera tan fácil estar en la guerra un tiempo y luegomarcharse a otra cosa», explica Vaill. El subtítulo de su libro anuncia una historia de "verdad, amor y muerte".

Románticos e interesados

Lo de la muerte no merece la pena explicarlo. Lo del amor y la verdad, en cambio, es más interesante: la primera conclusión que tiene el lector de Hotel Florida es que el clásico relato romántico de la Guerra Civil está para refutarlo. ¿Vinieron Capa y compañía a Madrid porque su deseo era estar junto a los que sufrían y soportaban al fascismo? ¿O lo que buscaban era una oportunidad para alcanzar la fama y acelerar sus carreras profesionales?

"Muchas de las personas de las que escribo en 'Hotel Florida' vinieron a España por sus ideales políticos. Creían en la política de la libertad de la República y estaban apasionadamente en contra de los Gobiernos fascistas de Alemania e Italia, que estaban aliados a los rebeldes. Pero algunos de ellos también vieron una oportunidad para relanzar sus carreras: Hemingway y Gellhorn estaban con la República pero, sobre todo, buscaban material emocionante del que escribir; Capa y Taro querían hacer fotografías contra el fascismo pero también esperaban hacer dinero con ellas. A veces, la mezcla de idealismo y ambición profesional distorsionó la manera en la que trabajaron y retrataron la guerra".

Amanda Vaill contesta encantada a las preguntas abstractas. Pero también es capaz de aclarar las cuestiones más concretas. "No, no, que yo sepa, ni Robert Capa ni Gerda Taro se alojaron nunca en el hotel Gran Vía, siempre estuvieron en el Florida menos una vez que Taro se quedó en la Casa de la Alianza", explica para corregir un dato equivocado.

Tan preciso es su libro, que se pueden tocar las paradojas de sus personajes. En una escena, aparece Martha Gelhorn al otro lado de la Gran Vía, en el edificio de Telefónica, entonces sede de la Oficina de Prensa Extranjera de la República. Está furiosa porque sus editores del 'Collier's' le piden "reportajes humanos" y a la escritora, sus órdenes le suenan a desdén y a machismo ¿Es que una mujer no vale para contar una batalla? Gellhorn baja, cruza la calle y, camino del Florida, se consuela en una perfumería. Unas páginas más allá, Gellhorn y Hemingway llegan a un piso de Argüelles desde el que se pueden ver los combates en Ciudad Universitaria. Ernest está encantado con las vistas sobre los tanques y las trincheras. Martha, en cambio, se queda sobrecogida con los restos que dejaron en el salón los habitantes de la casa cuando tuvieron que huir: sus fotografías, los cubiertos, las mantas...

¿Hablamos ya de Hemingway y Dos Passos? El momento culminante en la historia del Florida durante la Guerra es la famosa pelea entre los os escritores, antiguos amigos de siempre, en abril de 1937. El relato de Vaill sobre aquella disputa es más complejo que la versión clásica, que explica el pleito por la desparición del traductor de Dos Passos, José Robles. Vaill describe en su libro cómo Hemingway, polvoriento y cansado, volvió a 'su casa' de la Gran Vía y se encontró con un Hispano Suiza reluciente que anunciaba la presencia de Dos Passos y un par de diplomáticos franceses amigos del último novio de Martha Gellhorn, recién llegados de la capital, Valencia. Era el peor comienzo imaginable para Ernest, el macho de la manada.

"Como ocurrió con muchas de las relaciones personales de Hemingway, el enfrentamiento con Dos Passos fue una cuestión de poder. Supongo que Hemingway siempre necesitaba ser el hombre fuerte en cualquier tipo de relación. Cuando se encontraba con alguien más famoso, cuando tenía que pedir ayuda, se volvía amargo. Y, en verano de 1936, antes de llegar a España, Dos Passos había tenido un gran éxito con una novela política, 'El gran dinero'. Apareció en la portada de 'Time' y Hemingway, que siempre lo había despreciado un poco, todavía estaba enfadado por ese éxito cuando lo vio aparecer por el Florida.Dos Passos hacía preguntas inconvenientes sobre José Robles y Hemingway, que estaba orgulloso de los contactos que había hecho en el Ejército Republicano y en el Gobierno, sabía que su presencia incomodaba a todo el mundo. Sobre todo, sentía que Dos Passos comprometía su estatus", explica Vaill. "Cuando Dos Passos empezó a criticar algunas políticas del Gobierno, Hemingway, que a esas alturas ya era un seguidor ciego de la República, rompió con la amistad".

En el libro hay más explicaciones: Hemingway y Gellhorn convivían despreocupadamente como pareja aunque su relación era adúltera. En Madrid nadie lo sabía o a nadie le importaba hasta que Dos Passos, amigo de la mujer de Hem, apareció por allí y perturbó el plan. Y aún hay que tener en cuenta otros agravios que hoy parecen ridículos: Ernest estaba indignado porque Dos Passos, que sabía que iban a encontrarse en Madrid, no había traído de Valencia más cortesías que un poco de chocolate. ¿Dónde estaba el whiskey, John?

La brigada de las sábanas

¿Se vivía bien en el Florida? ¿Se bebía mucho? ¿Se bailaba? ¿Había prostitutas rondando por el hall? Sí a todo, y bastante.

"Las prostitutas llegaron tras los periodistas. Antes, el Florida era uno de los más lujosos de Madrid, aunque no llegaba a la categoría del Palace o el Ritz [convertidos durante la Guerra en hospitales de campaña]. Su fachada era de mármol y sus salones rivalizaban con otro de los hoteles de moda en Madrid, el hotel Savoy, cuyo edificio todavía está en pie frente al Museo del Prado. Los jóvenes de las familias pudientes de la ciudad iban a su bar. Los jóvenes falangistas de Madrid, vástagos de la alta burguesía, acudían a los bares de estos hoteles y a otros locales, como el restaurante Or-Kompón, en la calle Miguel Moya, 4, detrás del Palacio de la Prensa, donde se compuso la letra del 'Cara al sol' en 1935».

© Proporcionado por elmundo.es

El que habla esta vez es Fernando Cohnen, historiador de Madrid y autor del libro 'Madrid 1936/1939. Una guía de la capital en guerra' (Ediciones La Librería). "El Florida era uno de los pocos sitios de Madrid donde se podía comer decentemente y donde corría el alcohol sin restricciones, a pesar de la hambruna que sufrió Madrid". ¿Prostitutas? Dos Passos escribió sobre la "brigada de entre las sábanas" y Ernest Hemingway habló de las "bitches de guerre".

Y los dos compusieron escenas sobre el desmadre mezclado de pánico que se vivía en el Florida cuando sonaban las alarmas antiaéreas. "Por todas partes se abren de repente las puertas de los balcones que rodean la fuente acristalada. Hombres y mujeres a medio vestir huyen precipitadamente de las habitaciones del frente, arrastrando maletas y colchones hacia las habitaciones traseras. Un camarero con el cabello ondulado sale una y otra vez de varias puertas distintas, siempre rodeando con el brazo a diferentes chicas que ríen o lloriquean. Gran exhibición de despeinados y lencería", escribió el autor de 'Manhattan Transfer', después de un bombardeo

Y en medio de aquel barullo, Robert y Gerda, jóvenes, guapos, enamorados, llenos de talento y de carisma. ¿No dan ganas de encontrar algo oscuro sobre la pareja de fotógrafos? "No he encontrado nada sórdido sobre Capa y Taro, por mucho que he investigado", explica Vaill. "Está claro que son dos figuras muy seductoras y que hay que hacer un esfuerzo para tomar un poco de distancia con ellos. Tenían sus cosas, claro: a Capa le gustaba adornar las historias que contaba para ganarse a su audiencia, por eso siempre hay que buscar muchas fuentes para corroborar sus relatos. Y Gerda Taro estaba muy ideologizada. Eso afectó, sobre todo al principio, la manera en la que hizo su trabajo. Pero los dos se fueron despojando de esas tendencias y acabaron por desarrollar un deseo sincero de verdad. Y eso fue les costó las vidas".

¿Qué tuvo de especial España para atraerlos? "La Guerra Civil fue el debut de avances tecnológicos cruciales: las cámaras fotográficas ligeras y compactas, las películas de 35 milímetros...", explica Vaill. "Por primera vez se podía llevar el equipo al frente. También era la época del huecograbado y de los collages en los periódicos, lo que desarrolló el periodismo activista. Aparecieron los noticiarios filmados que se proyectaban en los cines. Y, claro, hacían falta textos para explicar esas imágenes. Había una audiencia gigantesca garantizada. El periodismo alcanzó en la Guerra Civil una inmediatez y una intimidad nunca vistas".

¿Y qué pasó con el Florida? ¿Cómo pudo ser que alguien tirara alquel edificio hace ahora 50 años justos, obra de Antonio Palacios (el arquitecto del Círculo de Bellas Artes y de muchos de los edificios nobles de la Gran Vía)? ¿A nadie se le ocurrió que aquello era un disparate? "El Hotel Florida sobrevivió a la guerra. A pesar de los innumerables impactos de bombas que mostraba su fachada, fue rehabilitado y estuvo operativo en los años 40 y 50. Su decadencia fue la misma que sufrió todo el país en la etapa negra de la inmediata posguerra. En los años 60 hubo una operación inmobiliaria auspiciada por Carmen Franco, para construir en su lugar el edificio de Galerías Preciados. En aquellos años, cuando comenzó a funcionar la piqueta y la destrucción de palacios y edificios emblemáticos en Madrid, poca gente se atrevía a cuestionar ese tipo de decisiones, que tanto han afectado al patrimonio histórico de la ciudad".

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