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Mariana Enríquez

Notodo Notodo 29/06/2016 Alan Queipo
Imagen principal del artículo "Mariana Enríquez" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Mariana Enríquez"

¿Qué cosas pueden ser tan malas como la calle? Eso parece preguntarse Mariana Enríquez en uno de los últimos fenómenos literarios latinoamericanos: su libro de relatos o cuentos Las cosas que perdimos en el fuego, un compendio de historias que se antojan como el reverso negro de aquella Todos los fuegos el fuego de Julio Cortázar y un ejercicio de literatura que mezcla costumbrismo, crítica social, empoderamiento femenino y paranormalidad épica.

Y es que los once relatos que componen esta baraja de historias nos introducen a través de un lenguaje pseudo-lunfardo y canchero que dota de un dinamismo la narración en los barrios bajos porteños y del conurbano bonaerense no sólo a través de la imaginería sociocultural argentina, sino también de una particularidad sabiduría para tocar palos narrativos como el realismo socio, el relato fantasmagórico, el humor negro o la crónica costumbrista, obligando a devorarse historias en las que conviven policías, guías turísticos o trabajadoras sociales con pequeños asesinos en serie de nueve años, alumnas que se arrancan las uñas, niños de la calle con madres yonkis o adolescentes mancas succionadas por casas encantadas.

Y lo hacen, por un lado, con un componente de denuncia de una serie de mujeres al borde de un ataque de nervios que parecen las protagonistas de la siguiente decena de películas de Pablo Trapero; por otro, de exoneración de la culpa por la vía del apadrinamiento de infraseres; y por otro, con una curiosa capacidad de convertir la irrealidad paranormal y la imaginería del horror más cruel e impredecible en un gancho para superar los terrores cotidianos en terrores superiores.

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