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Mater amantísima

EL PAÍS EL PAÍS 23/05/2014 Jordi Costa

Editada en 1995 como anticipo de su álbum Dispetto, la canción Meravigliosa creatura —que en nuestro país popularizó un anuncio de Fiat Bravo— es uno de los grandes éxitos de la incombustible rockera italiana Gianna Nannini. El tema suena en dos ocasiones —en una escena ambientada en una fiesta pudiente y en los créditos finales, tras la contundente catarsis que cierra el relato— en Madre e hijo, reformulándose como canción de patológico y asfixiante amor materno-filial. Tercer largometraje del rumano Calin Peter Netzer, merecedor del Oso de Oro y del premio de la Fipresci en el pasado Festival de Berlín, Madre e hijo es un melodrama claustrofóbico, que, al mismo tiempo que armoniza con el interés de la nueva ola rumana por recorrer un tejido social con heridas por cicatrizar, parece encontrar inesperados puntos de contacto con recientes aportaciones asiáticas al género orientadas a cuestionar algunos de sus más tradicionales arquetipos femeninos. Por ejemplo, las casi simultáneas Mother (2009) de Bong Joon-ho y Poesía(2010) de Lee Chang-dong, en las que dos personajes extremadamente representativos del melodrama coreano —especialmente en su vertiente de culebrón televisivo: la madre y la abuela sufrientes— tenían que lidiar, de maneras harto contrastadas, con la culpa y el pecado de, respectivamente, su hijo y su nieto.

 La Cornelia Keneres que encarna con mano de hierro Luminita Gheorghiu —actriz a quien el espectador español ha podido ver a las órdenes de Michael Haneke (Código desconocido, El tiempo del lobo) o en títulos clave de la nueva ola rumana (4 meses, 3 semanas, 2 días, Aurora, Más allá de las colinas)— tiene poco que ver con los personajes femeninos de esos dos heterodoxos melodramas coreanos: es una mujer acomodada, en conflicto territorial con su nuera por el dominio afectivo de su hijo, flanqueada por un hombre pusilánime, capaz de moverse en entornos hostiles con la suficiencia de quien sabe que el dinero puede comprar cualquier apaño en un entorno tradicionalmente corrupto. Un accidente de tráfico en el que muere un niño la coloca, no obstante, en el mismo brete que a sus hermanas coreanas en la distancia: limpiar un nombre, gestionar una inocencia que quizá nunca estuvo allí, proteger al cachorro, aunque este se haya convertido en adulto disfuncional.

El director sigue a sus personajes con cámara nerviosa, en tomas largas que atrapan generosas raciones de tiempo real en el ojo del huracán de la incomodidad. Hay muchas escenas que dan medida de la maestría en juego: el tenso diálogo con el conductor testigo en un centro comercial, con esposa e hija burguesas al fondo, por ejemplo. Pero el gran final conquista lo sobresaliente: en especial, cuando Cornelia parece estar entonando la elegía por su hijo muerto —en realidad, por la muerte de sus expectativas maternales— frente a los padres del niño que realmente murió en el accidente.

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