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Mensajes del 25 de mayo

EL PAÍS EL PAÍS 10/06/2014 Ana Palacio

Europa ha vivido recientemente dos elecciones decisivas, con resultados muy distintos. Mientras las elecciones presidenciales en Ucrania han sido ampliamente aclamadas como el fin del comienzo de la transición política de este país, las elecciones al Parlamento Europeo han sido vistas como el principio del fin de la idea de una unión cada vez más estrecha. La opinión pública europea ha reaccionado con contundencia a lo que percibe como excesos de integración. Estas dos elecciones, que tuvieron lugar el mismo día, no son sólo importantes por lo que dicen sobre la situación interna de Ucrania y de la Unión Europea, sino por lo que una comparación entre las dos transmite. Si la UE y Ucrania quieren evitar pasos en falso en el futuro, deben aprender de las lecciones que dejan tras de sí los comicios del 25 de mayo.

Para los ucranios, estas elecciones estuvieron marcadas por el factor riesgo. A raíz de las manifestaciones Euromaidan que provocaron la caída del Gobierno del presidente Viktor Yanukóvich, y tras cuatro meses de Gobierno interino, los comicios se vivieron como una cita con el cambio, a pesar de que Poroshenko se erija como la encarnación misma del sistema tras haber ocupado el cargo de ministro de Economía con Yanukóvich, y de ministro de Asuntos Exteriores con su predecesor, Viktor Yuschenko, así como ser elemento destacado del establishment económico.

Bien analizado, este planteamiento no debería sorprendernos. Los ucranios se decantaron por la sensatez, votaron con la cabeza y no con el corazón. De hecho, los resultados indican que el atractivo de Poroshenko radica en gran medida en un programa centrado en responder a los retos más inmediatos, principalmente aquellos de naturaleza interna. Este programa contrasta con el de sus rivales, sobre todo con el de Yulia Tymoshenko, cuya campaña giró sobre una incorporación rápida a la OTAN y a la UE.

Los ucranios también evitaron la tentación del populismo y del nacionalismo extremo. El mal resultado del partido de la derecha Svoboda y los candidatos del Sector Derecho —que en conjunto lograron menos de un 2% de los votos— debería acallar las afirmaciones rusas sobre la existencia de un régimen fascista en Kiev.

Los ucranios evitaron la tentación
del populismo y el
nacionalismo extremo

Los ucranios confían en que Poroshenko, con su enfoque moderado y su voluntad de negociar, resulte más eficaz en resolver la complicada situación de seguridad del país que cualquiera de sus rivales más apasionados. Mientras que el presidente ruso Vladímir Putin ha rebajado recientemente el tono de su discurso, la violencia persiste, muestra clara del reto a que se enfrenta el país. En este momento delicado, Ucrania está al borde de convertirse en un Estado fallido.

Sin duda, la seguridad es el problema más acuciante, pero ciertamente no es el único. El Gobierno de Poroshenko se enfrenta a la necesidad de revitalizar y fortalecer la economía de Ucrania. Precisa así, en primer lugar, medidas para detener el desplome de la inversión extranjera directa (IED), que cayó un 30% de 2012 a 2013. Asimismo, resulta crítica una mejor gobernanza, lo que supone un gran desafío para un país que ocupa el puesto 144º en el índice de International Transparency en materia de percepción de la corrupción, situándose por debajo de países como Irán y Nigeria.

Las elecciones de Ucrania han sido unas elecciones de construcción. Fueron impulsadas por el reconocimiento por parte de los votantes de los problemas fundamentales a que Ucrania se enfrenta, reflejados en las tiendas de campaña que se mantienen de pie en la plaza de Maidán, la anexión de Crimea y la violencia separatista en la región de Donbas, y aglutinaron su voluntad de construir un Gobierno eficaz. El siguiente paso en este proceso —las elecciones parlamentarias— debería darse en el plazo más breve.

Las elecciones al Parlamento Europeo, por el contrario, representan un mensaje de perturbación. El apoyo a los partidos de extrema derecha y extrema izquierda se basa en los fallos que los ciudadanos atribuyen a Europa, en lugar de en una agenda realista y bien pensada.

Populistas y euroescépticos se han alimentado del descontento de aquellos que se han sentido abandonados por las instituciones de la UE, y que ahora creen que los beneficios de la Unión, tales como la libertad de circulación, ya no son mayores que las cargas, tales como la inmigración o la austeridad. Este sentimiento va aparejado a la reticencia a una mayor integración y al miedo a una permanente ampliación vivida como una pérdida de identidad nacional en la realidad cotidiana. Éstas fueron unas elecciones impregnadas por la nostalgia.

El futuro no tiene vista atrás. La idea de volver al mundo anterior a la UE carece de virtualidad por el simple hecho de que los distintos países europeos no pueden competir aislados en la economía global moderna. Sin embargo, un sentimiento de nostalgia por los tiempos pasados impulsó las decisiones de muchos de los votantes. En resumen, los europeos votaron con el corazón.

Lo que Europa necesita no son reacciones emocionales, sino un debate serio. El problema es que la Comisión Europea y el Parlamento Europeo han fallado reiteradamente a la hora de generar un relato convincente, dejando a los europeos de a pie poco convencidos del valor añadido de la UE.

La Comisión y la Eurocámara han fallado al no lograr
generar un relato convincente

Los líderes nacionales y europeos han fomentado en los ciudadanos la creencia de que la integración es inevitable, lo que no ha hecho sino empeorar la situación. Y aquí es donde las elecciones ucranias tienen algo que decir a la UE. Es evidente que hay una gran diferencia entre los peligros a los que Ucrania y la UE se enfrentan, pero sin duda Europa puede aprender del electorado ucranio. El proyecto europeo es una tarea complicada y ambiciosa. Su viabilidad depende de la atención y del ajuste constantes. A menos que los europeos reconozcan que la Unión no es un hecho, y entiendan el valor de la prosperidad y la seguridad que proporciona, las recientes elecciones pueden llegar a ser no una llamada de atención, sino el canto de cisne para la UE.

Si resulta peligroso ignorar las señales enviadas por el electorado europeo, el mensaje a Ucrania es igualmente crucial. Los ucranios han demostrado que pueden cambiar un Gobierno. Ahora tendrán que trabajar para alcanzar una gobernanza que funcione. En este empeño podrán contar con la Unión Europa. Sin embargo, en Roma y en París, en Lisboa y en Copenhague, los votantes de la UE han dejado claro que esta voluntad de colaboración no es ilimitada y que no están listos para una ampliación más allá de las fronteras actuales. De hecho, el proyecto europeo debe centrarse en digerir lo que ha engullido. Para Ucrania, esto significa centrarse no en una adhesión a la UE en un futuro inmediato, sino en hacer que la relación funcione. Intentar ir ahora más allá y pretender lograr el estatuto de miembro de la UE sería un error táctico.

En última instancia, tanto para Ucrania como para la UE, la lección que debe extraerse de las elecciones del 25 de mayo es que la mejor manera de avanzar es centrarse en el fortalecimiento interno.

Ana Palacio, exministra de Asuntos Exteriores de España y exvicepresidenta primera del Banco Mundial, es miembro del Consejo de Estado de España.
© Project Syndicate, 2014.

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