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Merkel, el peligroso abrazo de la madre protectora

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 26/09/2017 Milagros Pérez Oliva
© Proporcionado por ElPais

Quienes hayan visto Heimat, una crónica de Alemania entenderán mejor por qué Angela Merkel ha sabido proyectarse durante tanto tiempo como una líder indiscutible pese a que muchos de sus rasgos la situarían más bien como una antilíder. Aunque debilitada, ha recibido el aval para un cuarto mandato, con lo que sumará 16 años al frente del Gobierno alemán. ¿Cómo se explica tanta longevidad política mientras muchos de sus colegas europeos han sido barridos por los vientos de la crisis?

La figura de Merkel se acerca mucho a lo que simboliza el personaje Maria Simon, protagonista de Heimat, la serie de culto en la que Edgar Reitz ha querido condensar con un puntillismo cautivador las esencias de la cultura alemana. Como Maria Simon, Angela Merkel es el pilar que sostiene la casa. Ella es la madre, die Mutter. Es la mujer discreta y fuerte que lucha, resiste y acoge para mantener la casa (la patria) en pie. A diferencia de Theresa May o Hillary Clinton, que exhiben un liderazgo más agresivo, el de Angela Merkel es maternal y pausado. Con sus chaquetas siempre iguales y un peinado que no ha cambiado en décadas, Merkel no hace concesiones: ella es ella y no quiere parecer otra cosa. Ella permanece. Como la casa.

En un tiempo, no ya de cambio sino de metamorfosis del mundo, como señala en su última obra Ulrick Beck, los alemanes necesitaban confiar en el valor seguro de un liderazgo discreto pero firme. Sentirse seguros bajo el instinto conservador de Mutti Merkel, la madre protectora. Si lo que predomina es la inquietud por el futuro, el presente pasa a un segundo plano. No importa que la situación objetiva de muchos alemanes haya empeorado, que hayan aumentado las desigualdades y el empleo sea hoy más precario y peor pagado. Tampoco que ella sea la principal responsable de unas políticas de austeridad que han mantenido la economía de la UE al ralentí y han castigado al sur con indiferente frialdad. A los alemanes no les ha ido tan mal y durante todo este tiempo de crisis no han visto en Merkel a la ejecutora de una agenda social regresiva, sino una líder capaz de garantizar la estabilidad y dar la sensación de que alguien estaba al timón cuando las aguas se ponían bravas.

Es el miedo al futuro lo que ha hecho crecer en toda Europa, también en Alemania, una reacción xenófoba. Merkel hubiera podido combatir el auge de la ultraderecha como hizo Nicolas Sarkozy, abrazando parte de su discurso. Pero una madre no se deja llevar por la impetuosidad de sus hijos más exaltados. Mira al horizonte y se mantiene firme, como ella ha hecho con la acogida de refugiados. Merkel ha logrado proyectarse como una líder centrada y centrista, y eso le ha permitido compensar por el centro lo que de todos modos iba a perder por la derecha. El gran perdedor ha sido el partido socialdemócrata, que ni siquiera con el mejor candidato posible, el experimentado Martin Schulz, ha logrado remontar. Gobernar con Merkel es una opción de alto riesgo, como han comprobado primero los liberales y ahora los socialdemócratas. El riesgo de perecer en el abrazo de la madre protectora.

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